Bajo tu custodia

Capítulo 44

No me toques

Habían pasado cuatro días desde que Ariadna volvió a su departamento.

Cuatro días de silencio roto solo por el ruido de la ciudad, cuatro días en los que intentaba reconstruir su rutina mientras su mente no dejaba de volver a Dante.

Esa tarde había salido a comprar algo de comida. Caminaba por la rambla de Pocitos con una bolsa en la mano, el viento del río revolviéndole el cabello. Intentaba sentir que estaba viva, que estaba eligiendo su propio camino.

Entonces lo vio.

Dante estaba parado a unos veinte metros, junto a un banco. No llevaba traje. Solo jeans oscuros y una camisa negra. Se veía más delgado, más cansado, más humano. Sus ojos se clavaron en ella en cuanto la reconoció.

Ariadna se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco violento.

Dante dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo ella retrocedía instintivamente.

—No vine a perseguirte —dijo con voz baja, ronca, como si no hubiera hablado en días—. Solo… necesitaba verte. Aunque sea de lejos. Aunque sea solo para saber que estás bien.

Ariadna apretó la bolsa contra su pecho. Tenía la garganta cerrada.

—Te dije que no quería verte —respondió, la voz temblando pero firme—. Te pedí espacio.

—Lo sé —dijo él—. Y lo estoy respetando. No te estoy vigilando. No tengo a nadie siguiéndote. Solo… hoy no pude evitarlo. Pasé por aquí y te vi. No iba a acercarme, pero…

Se calló. Sus ojos bajaron un segundo a sus labios, luego volvieron a sus ojos.

Ariadna sintió que todo su cuerpo reaccionaba a su presencia. El pulso se le aceleró. La piel se le erizó. El recuerdo de sus manos, de su boca, de su cuerpo sobre el de ella la golpeó con fuerza.

Dante dio otro paso lento.

—Ariadna… —susurró.

—No —lo cortó ella, levantando una mano—. No te acerques.

Él se detuvo inmediatamente.

El dolor en su mirada era tan crudo que casi se podía tocar.

—Solo quiero saber si estás bien —dijo en voz baja—. Si necesitás algo. Si…

—No me toques —lo interrumpió ella, aunque él no había intentado tocarla—. Ni siquiera con palabras. No me mires como si tuvieras derecho a preocuparte. No me hagas esto.

Dante tragó saliva con dificultad. Tenía los puños apretados a los costados.

—Entiendo —murmuró—. Solo… déjame decirte una cosa y me voy.

Ariadna no respondió. Solo lo miró, tensa, con el corazón latiéndole en los oídos.

—Estoy sufriendo —dijo Dante con voz rota—. Estoy sufriendo de una forma que nunca imaginé. Cada día sin verte es peor. Cada noche me despierto buscándote. Cada vez que cierro los ojos te veo llorando en esa casa, diciéndome que te elegí como un secreto. Y sé que lo merezco. Sé que esto es lo que te hice durante años. Pero duele, Ariadna. Duele tanto que a veces no puedo respirar.

Ariadna sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Bien —susurró ella, la voz temblorosa—. Que duela. Que duela como me dolió a mí cuando me dejaste sola. Cuando me ocultaste cosas. Cuando decidiste por mí una y otra vez.

Dante dio un paso más. Esta vez ella no retrocedió, pero levantó la mano otra vez.

—No me toques —repitió, más bajo, casi suplicante—. Ni siquiera intentes consolarme. No quiero tu consuelo. No quiero tu culpa. Solo quiero que te vayas.

Dante se quedó quieto. Tenía los ojos brillantes.

—Está bien —dijo finalmente—. Me voy. Pero necesito que sepas algo antes de irme.

La miró directamente a los ojos.

—Nunca te elegí como un secreto porque no te valorara. Te elegí como un secreto porque te valoraba demasiado. Y eso fue mi mayor error. Estoy aprendiendo eso ahora. Aunque llegue tarde.

Se quedó mirándola un segundo más, como si quisiera grabar su imagen.

Luego dio media vuelta y empezó a alejarse.

Ariadna se quedó allí, parada en la rambla, con la bolsa temblando en su mano y el corazón latiéndole con fuerza.

No lo llamó.

No lo detuvo.

Pero cuando él desapareció entre la gente, ella se llevó una mano al pecho y cerró los ojos.

—No me toques —susurró para sí misma, aunque él ya no podía oírla.

Porque aunque su mente le gritaba que lo mantuviera lejos…

su cuerpo y su corazón seguían traicionándola cada vez que lo veía.




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