Bajo tu custodia

Capítulo 45

El hombre que ya no tiene derecho

Dante caminó sin rumbo durante casi dos horas después de ver a Ariadna en la rambla.

No volvió a su departamento. No llamó a Bruno. Solo caminó por las calles de Pocitos y luego por el centro, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. Cada paso le pesaba como plomo.

“ No me toques. ”

Esa frase se repetía en su cabeza como un latigazo constante. No era solo el rechazo físico. Era la forma en que ella lo había dicho: fría, firme, como si su mera presencia ya fuera una violación.

Se detuvo frente a un bar cualquiera y entró. Pidió un whisky doble y se sentó en la barra, mirando el líquido ámbar sin beberlo.

El hombre que siempre había tenido el control ya no tenía derecho a nada.

Ni a tocarla. Ni a protegerla. Ni siquiera a mirarla sin que ella lo permitiera.

Sacó el teléfono y abrió la conversación vacía con Ariadna. No había mensajes. Solo el último que él le había enviado semanas atrás, antes de que ella le pidiera espacio.

Sus dedos temblaron sobre el teclado.

Quería escribirle. Quería decirle que lo sentía. Que estaba cambiando. Que estaba dispuesto a esperar toda la vida si era necesario.

Pero no escribió nada.

Guardó el teléfono y se terminó el whisky de un trago.

Cuando salió del bar, la noche ya había caído. Caminó de vuelta hacia su departamento, pero a mitad de camino se detuvo en seco.

No quería volver allí. Ese lugar estaba lleno de silencio y recuerdos que lo ahogaban.

Se sentó en un banco de la plaza cercana y se quedó mirando la nada.

Por primera vez en su vida, Dante Verlicchi se sintió pequeño.

Él, el hombre peligroso, el que controlaba todo, el que tomaba decisiones por los demás… ahora no tenía derecho ni a acercarse a la única mujer que había amado de verdad.

Recordó su cara en la rambla: los ojos heridos, la voz temblorosa diciendo “no me toques”. Recordó cómo ella había retrocedido cuando él dio un paso.

Y el dolor fue tan agudo que tuvo que cerrar los ojos y respirar hondo para no quebrarse allí mismo, en medio de la calle.

—Soy un hijo de puta —murmuró para sí mismo—. Un hijo de puta que la perdió por su propia culpa.

No lloró. Ya no le quedaban lágrimas fáciles. Solo un vacío profundo, un hueco donde antes había estado su certeza, su control, su arrogancia.

Se levantó del banco y siguió caminando.

Cuando finalmente llegó a su departamento, se dejó caer en el sillón sin encender las luces.

El teléfono vibró en su bolsillo. Era Bruno.

Lo ignoró.

Se quedó allí sentado en la oscuridad, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

El hombre que ya no tenía derecho a nada.

El hombre que había perdido a la única persona que había hecho que su mundo tuviera sentido.

Y por primera vez, se preguntó si alguna vez volvería a tener derecho a ella.

O si esta distancia cruel era exactamente lo que se merecía.




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