Bajo tu custodia

Capítulo 46

Lo que ya no te cuento

Ariadna llevaba tres días sin salir del departamento.

No contestaba mensajes. No atendía llamadas. Solo existía dentro de esas cuatro paredes que todavía olían a registro y a caos.

Había limpiado un poco. Había colocado algunos libros en su lugar. Había tirado la ropa rota que ya no tenía arreglo. Pero nada de eso hacía que el espacio se sintiera como suyo otra vez.

Se sentó en el sofá con una taza de té frío entre las manos y miró el teléfono.

Tenía varios mensajes sin leer de Elisa, dos llamadas perdidas de clientes y absolutamente nada de Dante.

Eso último le dolía más de lo que quería admitir.

Se levantó y caminó hasta la ventana. La ciudad seguía moviéndose allá abajo, indiferente. La gente caminaba, reía, vivía. Ella se sentía congelada en el tiempo.

Tomó el teléfono y abrió la conversación con Dante. Estaba vacía desde hacía semanas. Sus dedos se movieron sobre el teclado.

Escribió y borró varias veces.

“Te extraño.” Borrar. “Odio que me hayas hecho esto.” Borrar. “¿Por qué siempre elegís protegerme en lugar de confiar en mí?” Borrar.

Finalmente dejó el teléfono a un lado sin enviar nada.

—Esto es lo que ya no te cuento —susurró para la habitación vacía—. Que todavía pienso en vos todos los días. Que mi cuerpo todavía te recuerda. Que a veces me despierto en la noche buscando tu calor aunque sepa que sos lo peor para mí.

Se abrazó a sí misma y cerró los ojos.

La verdad era que se estaba cerrando.

Cada día que pasaba sin él, levantaba un muro más alto. Cada recuerdo de sus errores le servía de ladrillo. Ya no quería contarle nada. Ni sus miedos, ni sus dudas, ni el hecho de que, a pesar de todo, una parte de ella seguía esperando que él cambiara de verdad.

Pero también sabía que ese silencio la estaba aislando.

No solo de Dante.

De todos.

Elisa le había escrito otra vez esa mañana:

“Estoy preocupada. ¿Estás bien? ¿Querés que vaya?”

Ariadna no había respondido.

No quería que nadie viera cómo estaba realmente. No quería que nadie supiera que seguía rota por el mismo hombre que la había roto antes.

Se acostó en el sofá y se tapó con una manta fina.

—Esto es lo que ya no te cuento, Dante —murmuró mirando el techo—. Que tengo miedo de que si te dejo volver, vuelvas a decidir por mí. Y que tengo más miedo todavía de que si no te dejo volver… nunca vuelva a sentir esto con nadie.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de Bruno:

“Dante está bien. Solo quería que lo supieras. No te está siguiendo. Respeta tu espacio.”

Ariadna miró el mensaje durante un largo rato.

Luego apagó el teléfono.

No respondió.

Se quedó allí, en la penumbra del departamento, abrazándose las rodillas.

Lo que ya no le contaba a Dante era que, a pesar de todo el dolor, una parte de ella todavía quería que él luchara por ella.

Pero ya no quería que luchara decidiendo por ella.

Quería que luchara eligiéndola de verdad.

Y mientras no viera esa diferencia…

seguiría callando.

Seguía cerrándose.

Seguía protegiéndose de la única forma que sabía ahora: alejándose.




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