Dormir en el mismo infierno
Habían pasado casi tres semanas desde que Ariadna se había ido de la casa segura.
Dante ya no podía seguir fingiendo que estaba bien.
Esa noche, Bruno apareció en su departamento sin avisar. Lo encontró sentado en el suelo del living, con la espalda contra la pared y una botella de whisky casi vacía al lado.
Bruno se quedó en la puerta, observándolo.
—Estás hecho mierda —dijo sin rodeos.
Dante levantó la mirada. Tenía los ojos rojos y la barba crecida. Ya no parecía el hombre elegante y controlado que todos conocían.
—No puedo dormir —murmuró Dante con voz pastosa—. Cada vez que cierro los ojos estoy en esa casa con ella. La veo riendo en el sofá, la veo temblando cuando la tocaba, la veo diciéndome “no me toques” en la rambla. Y luego me despierto solo. Siempre solo.
Bruno se acercó y se sentó en el sillón frente a él.
—Ella también está sufriendo —dijo en voz baja—. No sale casi. Come poco. Se cierra cada vez más. Pero sigue firme en su decisión.
Dante soltó una risa amarga y tomó otro trago directo de la botella.
—Bien. Que sufra. Que me odie. Se lo merece después de todo lo que le hice. Yo solo… yo solo quiero que esté bien. Aunque sea lejos de mí.
Bruno se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Dante, escúchame. Estás durmiendo en el mismo infierno que ella. Pero vos lo construiste. Vos pusiste los ladrillos con cada decisión que tomaste por ella. Ahora tenés que decidir si seguís viviendo ahí o si empezás a derrumbarlo.
Dante miró la botella que tenía en la mano como si fuera un enemigo.
—Quiero derrumbarlo —dijo con voz rota—. Pero no sé cómo. Cada vez que intento acercarme, ella me dice “no me toques”. Cada vez que intento protegerla, ella me recuerda que eso es lo que me destruyó. Ya no tengo derecho a nada. Ni a tocarla. Ni a cuidarla. Ni siquiera a decirle que la amo.
Se le quebró la voz en la última palabra.
Bruno se quedó en silencio un momento.
—Entonces empezá por lo más difícil —dijo finalmente—. Dejá de decidir por ella. Dejá de protegerla desde las sombras. Si querés recuperarla, tenés que aprender a amarla sin controlarla. Y eso va a doler más que cualquier paliza que te haya dado.
Dante apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.
—Duele dormir sin ella —susurró—. Duele respirar sin ella. Duele saber que está en la misma ciudad y que yo soy la razón por la que no quiere verme.
Bruno se levantó.
—Entonces sufrí. Sufrí de verdad. Y cuando hayas sufrido lo suficiente como para cambiar, tal vez ella te dé una oportunidad. Pero mientras sigas siendo el mismo hombre que decide por ella… vas a seguir durmiendo en este infierno.
Se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se giró una última vez.
—Ella no te odia tanto como dice. Pero sí tiene miedo. Y vos sos el que le enseñó a tenerlo.
Bruno se fue.
Dante se quedó solo otra vez, con la botella en la mano y el pecho apretado.
Se levantó con dificultad y caminó hasta la ventana. Miró hacia la ciudad oscura.
En algún lugar allí afuera, Ariadna también estaba despierta.
También estaba sufriendo.
También estaba durmiendo en el mismo infierno que él había creado.
Y por primera vez, Dante entendió que la única forma de salir de ese infierno era dejar de construirlo.
Aunque eso significara perderla para siempre.
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Editado: 28.07.2026