Lo que callas cuando amas
Dante llevaba tres noches sin dormir de verdad.
Se despertaba cada pocas horas con el pecho apretado, buscando instintivamente el calor de un cuerpo que ya no estaba allí. Cuando abría los ojos en la oscuridad de su departamento, el vacío lo golpeaba como una ola fría.
Esa madrugada, a las 4:17, se levantó y fue hasta la ventana. La ciudad dormía abajo. Él no.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, y por primera vez en mucho tiempo dejó que todo saliera sin filtro.
—Te extraño tanto que duele respirar —susurró en la oscuridad—. Extraño tu risa cuando te burlabas de mí por ser tan serio. Extraño cómo me mirabas cuando pensabas que no te veía. Extraño el olor de tu cabello después de la ducha. Extraño cómo decías mi nombre cuando estabas debajo de mí.
Se pasó las manos por la cara. Le temblaban.
—Callo todo esto porque sé que no tengo derecho a decirlo. Callo que cada noche me acuesto pensando en cómo te toqué la última vez. Callo que todavía siento tu piel bajo mis dedos. Callo que cuando Bruno me dice que estás bien, una parte enferma de mí se alegra de que estés sufriendo un poco… porque significa que todavía sientes algo.
Soltó una risa amarga, rota.
—Soy un hijo de puta. Lo sé. Te amé mal. Te amé desde el control, desde el miedo, desde la sombra. Te elegí como un secreto porque tenía terror de perderte… y al final te perdí exactamente por eso.
Se quedó callado un largo rato, respirando con dificultad.
—Ahora pago en silencio. Pago cada vez que quiero llamarte y no lo hago. Pago cada vez que quiero ir a tu departamento y me detengo en la puerta. Pago cada vez que recuerdo cómo me dijiste “no me toques” y cómo retrocediste cuando me acerqué.
Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.
—Callo que te amo tanto que me está matando. Callo que estoy dispuesto a esperar años si es necesario. Callo que por primera vez en mi vida no quiero controlar nada… solo quiero merecerte.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. No la limpió.
—Callo todo esto porque sé que si te lo digo ahora, vas a pensar que es otra manipulación. Y tal vez tengas razón. Pero también es verdad.
Se quedó allí sentado hasta que el amanecer empezó a teñir el cielo.
No durmió.
No comió.
Solo se permitió sentir todo lo que había callado durante semanas.
En otro departamento, a varios kilómetros de distancia, Ariadna también estaba despierta.
También estaba callando.
También estaba sufriendo.
Y ninguno de los dos sabía que, en ese mismo momento, los dos estaban durmiendo en el mismo infierno… pero en camas separadas.
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Editado: 28.07.2026