Bajo tu custodia

Capítulo 49

Un hombre al borde

Bruno entró al departamento de Dante sin tocar. Tenía llave y ya no pedía permiso.

Encontró a Dante sentado en el suelo del living, rodeado de botellas vacías y con la mirada perdida en la pared. Eran las once de la mañana y todavía llevaba la misma ropa de hacía dos días.

Bruno se quedó parado en la puerta un momento, evaluando la escena.

—Esto ya no es sufrir —dijo con voz seca—. Esto es autodestrucción.

Dante levantó la cabeza lentamente. Tenía los ojos inyectados en sangre y la voz ronca.

—Déjame en paz, Bruno.

—No —respondió Bruno, cerrando la puerta detrás de él—. Ya te dejé en paz suficiente. Ahora te voy a decir lo que nadie más te dice.

Se acercó y se sentó en el sillón frente a Dante, mirándolo directamente.

—Estás al borde, jefe. Y no del precipicio emocional… estás al borde de perderla para siempre. No porque ella no te quiera todavía. Sino porque estás demostrando que seguís siendo el mismo hombre que ella dejó.

Dante soltó una risa amarga y tomó la botella que tenía más cerca. Estaba vacía. La dejó caer con un ruido sordo.

—¿Y qué querés que haga? —preguntó con voz rota—. ¿Que vaya a su departamento y le ruegue? ¿Que le diga que estoy sufriendo? Ya lo hice. Ya me arrodillé. Ya recibí sus golpes. Y ella sigue eligiendo estar lejos.

Bruno se inclinó hacia adelante, la expresión dura.

—Exacto. Ella eligió. Y vos seguís sin aceptar que eso es lo que tenés que respetar. Te pasás las noches emborrachándote y llorando por ella, pero seguís pensando en cómo “arreglarlo”. Seguís pensando en cómo protegerla, cómo vigilarla, cómo traerla de vuelta.

Dante apretó la mandíbula.

—No estoy vigilándola.

—No —admitió Bruno—. Pero seguís pensando como el hombre que lo haría. Seguís siendo el que decide qué es mejor para ella. Y mientras seas ese hombre, Ariadna nunca va a volver. Porque ella ya no quiere ser protegida. Quiere ser elegida. De verdad. A la luz. Sin secretos. Sin que vos decidas por ella.

Dante se pasó las manos por el cabello con desesperación.

—No sé cómo ser ese hombre —confesó en voz baja—. Toda mi vida he controlado todo para que nadie salga lastimado. Y al final lastimé a la única persona que me importaba de verdad.

Bruno lo miró con dureza, pero también con algo parecido a la compasión.

—Entonces aprendé. Sufrí. Derrumbate. Pero cuando te levantes, que sea como un hombre diferente. Porque si seguís así, vas a perderla. Y esta vez no va a ser porque Valcárcel la encuentre. Va a ser porque vos la empujaste a alejarse.

Se levantó y caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se giró una última vez.

—Ella no te odia tanto como dice. Pero sí tiene miedo de volver a creer en vos. Y mientras sigas siendo el hombre que decide por ella… ese miedo nunca se va a ir.

Bruno cerró la puerta al salir.

Dante se quedó solo otra vez.

Se quedó mirando el suelo durante un largo rato.

Luego, por primera vez en días, se levantó, fue al baño y se miró en el espejo.

El hombre que vio allí estaba al borde.

Pero ya no era solo el borde del dolor.

Era el borde de tener que cambiar… o perderla para siempre.

Se lavó la cara con agua fría y se quedó mirando su reflejo.

—Basta —susurró—. Ya basta de callar. Ya basta de sufrir sin hacer nada.

No sabía todavía cómo iba a hacerlo.

Pero por primera vez, sintió que tenía que empezar a moverse.

Aunque doliera.

Aunque significara aceptar que tal vez nunca volviera a tenerla.




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