Bajo tu custodia

Capítulo 51

Tomás

Ariadna había vuelto a aceptar algunos trabajos pequeños.

No eran eventos de lujo. Solo sesiones de fotos para marcas locales, retratos en estudio, cosas sencillas que no la exponían. Necesitaba sentir que su vida volvía a tener un rumbo, aunque fuera a pedazos.

Esa tarde estaba en un café de Punta Carretas editando fotos en su laptop cuando alguien se acercó a su mesa.

—Disculpá, ¿sos Ariadna Salvatierra?

Levantó la vista. El hombre que tenía delante era alto, de cabello castaño claro, ojos claros y una sonrisa tranquila. Llevaba traje sin corbata, como alguien que trabaja en algo serio pero no necesita impresionar.

—Sí, soy yo —respondió con cautela.

El hombre extendió la mano.

—Tomás Arrieta. Soy abogado. Trabajo con una fundación que organiza eventos culturales y estamos buscando fotógrafa para una gala benéfica el mes que viene. Vi tu portfolio online y me encantó tu trabajo.

Ariadna estrechó su mano. El contacto fue cálido, respetuoso, sin esa intensidad que siempre la desarmaba con Dante.

—Gracias —dijo ella—. Pero estoy un poco… complicada con los eventos grandes últimamente.

Tomás sonrió con comprensión.

—No es un evento masivo. Es algo íntimo, solo doscientos invitados. Y pagamos muy bien. Si querés, puedo mandarte los detalles por mail y lo pensás sin presión.

Ariadna dudó un segundo, pero finalmente asintió.

—Está bien. Mandame la información.

Tomás sacó una tarjeta y se la entregó.

—Tomate tu tiempo. Y si necesitás referencias mías o de la fundación, decime. No quiero que te sientas presionada.

Se despidió con una sonrisa amable y se fue.

Ariadna se quedó mirando la tarjeta.

Era la primera conversación normal que tenía con un hombre en mucho tiempo. Sin tensión. Sin peligro. Sin esa electricidad que la dejaba temblando.

Se sintió… tranquila.

Por primera vez en semanas, algo no le dolió.

Esa misma noche, mientras cenaba sola en su departamento, recibió un mensaje de Tomás:

“Te mandé la propuesta por mail. Si tenés dudas, estoy disponible para charlar cuando quieras. Sin compromiso. Que tengas buena noche.”

Ariadna miró el mensaje durante un largo rato.

No respondió inmediatamente.

Pero tampoco lo borró.

Mientras tanto, en su departamento del centro, Dante estaba revisando informes de seguridad cuando Bruno entró.

—Hay algo que deberías saber —dijo Bruno sin preámbulos.

Dante levantó la vista.

—¿Valcárcel?

Bruno negó con la cabeza.

—Tomás Arrieta. Abogado corporativo, buena reputación, trabaja con fundaciones. Se acercó a Ariadna hoy en un café. Le ofreció trabajo. Hablaron. Fue amable. Respetuoso.

Dante se quedó inmóvil.

El nombre le sonaba. Tomás Arrieta era de esos hombres correctos, serenos, que nunca habían estado en su mundo oscuro. El tipo de hombre que podía ofrecerle a Ariadna una vida sin secretos, sin peligro, sin decisiones unilaterales.

Dante sintió un nudo brutal en el estómago.

—¿Ella aceptó? —preguntó con voz baja.

—Todavía no. Pero sonrió cuando hablaron. Y respondió su mensaje esta noche.

Dante cerró los ojos un segundo.

El celos le llegaron como una ola caliente y ácida.

No era el celos posesivo de antes. Era algo peor: el miedo real de que otro hombre pudiera darle a Ariadna lo que él nunca había podido: paz, respeto, una relación sin sombras.

Se levantó y caminó hasta la ventana.

—Ella se merece alguien como él —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Alguien que no la esconda. Alguien que no decida por ella. Alguien que no la rompa.

Bruno lo miró en silencio.

—Pero vos seguís amándola —dijo finalmente.

Dante apoyó la frente contra el vidrio frío.

—Más que nunca —confesó—. Pero si la pierdo… será por mí. Y si ella elige a alguien como Tomás… voy a tener que aprender a vivir con eso.

Se quedó mirando la noche.

Por primera vez, los celos no lo impulsaban a actuar.

Lo impulsaban a callar.

A respetar.

A sufrir en silencio.

Porque esta vez, si Ariadna elegía a otro, no iba a ser porque él la hubiera empujado.

Iba a ser porque él no había sido suficiente.

Y esa posibilidad lo estaba matando por dentro.




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