Dime qué quieres de mí
Habían pasado casi un mes desde que Ariadna se había ido de la casa segura.
Dante ya no se emborrachaba. Ya no se derrumbaba en el suelo. Pero el dolor seguía ahí, constante, como una herida que no cerraba.
Esa tarde, después de mucho pensarlo, tomó el teléfono seguro y marcó el número de Ariadna.
Sonó cuatro veces. Pensó que no iba a contestar.
Pero lo hizo.
—¿Sí? —su voz sonó cautelosa, un poco ronca.
Dante cerró los ojos un segundo al oírla. Solo eso ya le dolía.
—Soy yo —dijo en voz baja—. No voy a pedirte que nos veamos. Solo… necesitaba preguntarte algo.
Silencio del otro lado.
Ariadna no colgó.
—Decime —respondió finalmente.
Dante respiró hondo. Su voz salió más ronca de lo que esperaba.
—Dime qué quieres de mí, Ariadna.
Ella se quedó callada tanto tiempo que Dante pensó que había cortado.
Cuando habló, su voz era baja, pero firme:
—Quiero que dejes de preguntarme eso como si fuera una tarea que podés resolver. Quiero que entiendas que no se trata de qué quiero yo de vos… sino de qué sos capaz de dar sin destruirme en el proceso.
Dante apoyó la frente contra la pared.
—Estoy intentando —dijo—. Estoy intentando cambiar. Estoy intentando no decidir por vos. Estoy intentando no protegerte desde las sombras. Pero no sé cómo hacerlo bien. No sé cómo amarte sin lastimarte.
Ariadna soltó un suspiro cansado.
—Entonces empezá por lo más básico, Dante. Empezá por respetar que yo decida cuándo quiero hablar con vos. Empezá por no aparecer cuando te da la gana. Empezá por aceptar que tal vez nunca vuelva a confiar en vos de la misma forma.
Dante sintió que se le cerraba la garganta.
—Está bien —susurró—. Lo acepto. Pero necesito que sepas algo… aunque no quieras oírlo.
Hizo una pausa breve.
—Te amo. No como antes. No desde el control. Te amo sabiendo que puedo perderte para siempre. Y estoy dispuesto a vivir con eso si es lo que necesitás. Solo… dime qué querés que haga. Aunque sea quedarme lejos para siempre. Aunque sea desaparecer de tu vida. Dime qué querés de mí, y lo voy a hacer. Sin condiciones.
Ariadna se quedó en silencio durante varios segundos.
Cuando habló, su voz sonó más suave, pero todavía herida:
—Quiero tiempo. Quiero espacio. Quiero poder pensar sin que tu presencia me confunda. Quiero poder salir a tomar un café sin sentir que estoy traicionando algo. Y quiero que vos aprendas a vivir con mi ausencia sin intentar arreglarlo todo.
Dante cerró los ojos con fuerza.
—Está bien —dijo con voz quebrada—. Te voy a dar eso. Todo el tiempo que necesites. Todo el espacio que quieras. No voy a llamarte. No voy a aparecer. No voy a preguntar por vos. Solo… si algún día querés hablar, aunque sea para decirme que me odias, voy a estar acá.
Ariadna tragó saliva.
—Gracias —susurró.
Y colgó.
Dante se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla negra.
Había hecho lo más difícil: no insistir. No presionar. No intentar arreglarlo.
Solo había preguntado.
Y había aceptado la respuesta.
Se sentó en el sillón y apoyó la cabeza entre las manos.
Por primera vez, sintió que estaba haciendo algo bien.
Aunque doliera como el infierno.
Aunque significara que tal vez nunca volviera a tenerla.
Estaba aprendiendo a amar sin poseer.
Y ese aprendizaje era lento, doloroso… y necesario.
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Editado: 31.08.2026