Bajo tu custodia

Capítulo 56

Ya no me alcanza

Ariadna estaba sentada en el balcón de su departamento con una taza de té que ya se había enfriado.

El sol de la tarde caía sobre la rambla y el Río de la Plata brillaba a lo lejos. Todo parecía normal. Todo parecía tranquilo.

Pero por dentro ella estaba hecha un nudo.

El mensaje de Dante de hacía dos días todavía estaba en su teléfono. Lo había leído tantas veces que ya se lo sabía de memoria:

“Te voy a dar el tiempo y el espacio que necesites. No voy a llamarte. No voy a aparecer. Solo… si algún día querés hablar, aunque sea para decirme que me odias, voy a estar acá.”

No había insistido. No había aparecido. No había intentado “arreglarlo”.

Y eso, de alguna forma, la desarmaba más que si hubiera rogado.

Se pasó una mano por la cara y suspiró.

—Quiero odiarte —susurró al viento—. Quiero seguir odiándote. Pero ya no me alcanza.

Porque el odio ya no era suficiente para llenar el vacío que él había dejado.

Porque aunque seguía dolida, aunque seguía enfadada, su cuerpo y su corazón seguían recordándolo. Seguían traicionándola cada noche cuando se despertaba buscando un calor que ya no estaba.

Tomó el teléfono y abrió la conversación con Dante.

Sus dedos se movieron sobre el teclado durante varios minutos. Escribió y borró varias veces.

Finalmente escribió solo una frase:

“Ya no me alcanza con desearte.”

La miró durante un largo rato.

Luego la borró.

No la envió.

En cambio, escribió algo más corto, más honesto:

“Todavía duele. Y ya no sé si solo es odio.”

Tampoco lo envió.

Dejó el teléfono a un lado y se abrazó las rodillas.

—Quiero que me demuestres que podés cambiar —susurró para sí misma—. Quiero que me demuestres que podés amarme sin decidir por mí. Sin esconderme. Sin protegerme desde las sombras.

Pero también sabía que no estaba lista para decírselo.

Todavía no.

Todavía necesitaba tiempo.

Todavía necesitaba ver si Dante era capaz de sufrir sin intentar arreglarlo todo.

En su departamento, Dante estaba sentado frente a la ventana, mirando el teléfono.

No había recibido ningún mensaje de ella.

Y aunque eso le dolía, también lo entendía.

Se levantó y caminó hasta la mesa donde tenía una foto vieja de los dos (la única que se había permitido guardar). La miró durante un largo rato.

—Voy a esperar —dijo en voz baja—. Voy a esperar todo lo que sea necesario. Aunque duela. Aunque vea que otro hombre te hace sonreír. Aunque nunca vuelvas.

Dejó la foto boca abajo.

No iba a presionarla.

No iba a aparecer.

No iba a pedirle nada.

Solo iba a seguir cambiando.

Aunque ella nunca lo viera.

Aunque ella nunca volviera.

Porque por primera vez entendía que amar de verdad no era tenerla.

Era dejarla ir… y convertirse en alguien digno de que ella eligiera volver.




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