Bajo tu custodia

Capítulo 57

No puedes salvarme así

Ariadna no planeaba verlo.

Había salido solo a caminar por la rambla porque necesitaba aire. El departamento se le estaba cayendo encima y su mente no dejaba de dar vueltas. Llevaba auriculares puestos, música baja, intentando no pensar.

Pero el destino, o la casualidad cruel, tenía otros planes.

Dante estaba sentado en uno de los bancos, mirando el río. No la estaba buscando. Simplemente estaba allí, con las manos en los bolsillos de la campera, el cabello revuelto por el viento y una expresión de cansancio profundo que ella nunca le había visto.

Cuando sus miradas se cruzaron, ambos se quedaron congelados.

Ariadna se quitó un auricular. Dante se levantó lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla huir.

—No te estaba siguiendo —dijo él de inmediato, la voz baja y ronca—. Solo… necesitaba salir. No sabía que estabas aquí.

Ariadna lo miró. Tenía ojeras marcadas, la barba más crecida de lo habitual y los hombros caídos. Ya no parecía el hombre imponente y controlado que ella conocía. Parecía… humano. Dolido. Perdido.

Por un segundo, algo dentro de ella se ablandó.

Pero luego recordó todo.

Recordó las mentiras. Las decisiones unilaterales. Las verdades a medias. La forma en que siempre intentaba salvarla a su manera.

Se acercó un paso, pero mantuvo distancia.

—Dante… —dijo, y su voz sonó más cansada que enfadada—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Él tragó saliva.

—Intentando aprender a vivir sin decidir por vos —respondió con honestidad—. Intentando no aparecer donde no me querés. Pero hoy… hoy fallé. Lo siento.

Ariadna sintió que se le apretaba el pecho.

Miró hacia el río un momento, luego volvió a él.

—No puedes salvarme así —dijo finalmente, la voz temblando pero clara—. No puedes aparecer de repente, con cara de sufrimiento, y esperar que eso arregle todo. No puedes seguir intentando protegerme o redimirte con tu dolor. Ya no funciona.

Dante dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo Ariadna retrocedía.

—Entonces decime cómo —pidió, la voz rota—. Decime cómo querés que lo haga. Porque estoy intentando cambiar, Ariadna. Estoy intentando no controlarte. Estoy intentando respetar tu espacio. Pero duele. Duele tanto que a veces no sé cómo seguir.

Ariadna sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Esa es la cuestión —susurró—. No tenés que “hacer” nada para salvarme. No soy un problema que tengas que resolver. Soy una persona que necesita que dejes de intentar salvarme todo el tiempo.

Se limpió una lágrima que escapó.

—Quiero que entiendas que no podés salvarme con tu sufrimiento. No podés salvarme con tu arrepentimiento. No podés salvarme apareciendo cuando te da la gana y diciendo que estás cambiando. Quiero que me dejes salvarme a mí misma.

Dante se quedó callado. Tenía los ojos brillantes y la mandíbula apretada.

—Entiendo —dijo al fin, la voz casi inaudible—. Entonces… me voy. Y esta vez no voy a volver hasta que vos me busques. Aunque nunca lo hagas.

Se quedó mirándola un segundo más, como si quisiera grabar su rostro.

—Solo quiero que sepas que… estoy intentando ser el hombre que merecés. Aunque llegue tarde. Aunque nunca sea suficiente.

Se dio media vuelta y empezó a alejarse.

Ariadna se quedó allí, parada en la rambla, con el viento revolviéndole el cabello y el corazón latiéndole con fuerza.

No lo llamó.

No lo detuvo.

Pero cuando su figura desapareció entre la gente, susurró para sí misma:

—No puedes salvarme así, Dante…

Y por primera vez, se dio cuenta de que tal vez ella tampoco sabía cómo salvarse a sí misma mientras siguiera amándolo.




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