Barcelona bajo la piel (+18)

Capítulo 1 - Gaia

El suelo vibró antes de que escuchara el estruendo. Fue una sensación leve, un escalofrío que trepó desde las plantas de mis pies, subió por mis piernas con la rapidez de un rayo y terminó por helarme la boca del estómago. Fue ese tipo de advertencia visceral que solo la ciudad sabe dar cuando está a punto de contener el aire. Algo dentro de mí supo, con una certeza que me detuvo el pulso, que la noche iba a romperse en dos: lo que era antes, y lo que quedara después.

Ajusté la cámara entre las manos. Me temblaban, pero no lo suficiente para impedirme disparar. Siempre busqué la fotografía como una forma de frenar el mundo cuando todo se desbordaba, como si al capturar un instante pudiera domesticar el caos. Un clic, un segundo de orden en medio de la nada; una prueba de que yo había estado ahí y que, a pesar de las ganas de salir corriendo, me había quedado para mirar de frente al desastre. Que podía con todo, aunque a veces fuera mentira.

​Entonces, el edificio rugió. No fue un trueno; fue el sonido de huesos de cemento rompiéndose, una sinfonía de esqueleto y polvo que se dobló sobre sí misma. Desapareció bajo una nube gris, una ventisca de escombros que lo devoró todo. Corrí sin pensarlo. Mi editor siempre decía que yo no sabía elegir mis batallas, pero aquella noche, ni siquiera tuve opción: la batalla me eligió a mí, me agarró del cuello y me obligó a mirar.

Un grito cortó la noche. Luego otro, más afilado, más cerca.

Disparé: una mujer cubierta de polvo abrazaba a su hijo con una desesperación que se sentía en los huesos. Volví a disparar: un bombero forcejeaba con una columna que parecía la columna vertebral de un gigante caído. Otra vez: sirenas, pasos, el ruido crudo del dolor.

​—¡Aquí! —La voz llegó desde el suelo, ruda, cargada de una autoridad que cortó el estruendo—. ¡Necesito manos, joder!.

​Giré. Ahí estaba él. No sabía todavía su nombre, ni su historia, ni el peso que cargaba en los hombros, pero su presencia me golpeó con una fuerza física, casi erótica en su brutalidad. Vi a un hombre arrodillado entre los restos, luchando por arrancarle una vida a la muerte. Su camiseta médica estaba rasgada en un costado, revelando la tensión de un torso musculoso y una piel manchada de sangre y sudor que brillaba bajo las luces de emergencia. Gritaba instrucciones a quienes se acercaban, pero nadie parecía escucharlo; estaba solo en su propia guerra.

​Me acerqué, hechizada por algo que no era solo oficio. Había algo en su postura: urgencia, furia, una obstinación que parecía un desafío directo a la muerte, sin anestesia ni tregua. Justo cuando alcé la cámara, él levantó el mentón. Y su mirada chocó con la mía. No era la mirada de alguien que se sabe observado. Era más honda, más antigua, como si me reconociera de algún lugar prohibido al que yo no tenía acceso. Como si, por un segundo, el derrumbe fuera un escenario minúsculo para el hilo invisible que se tensó entre los dos.

​Disparé. Click. El sonido pareció partir el aire.

​Él no apartó los ojos, y yo no tuve tiempo de pensar qué diablos acababa de capturar. Solo sentí un golpe seco en el pecho, un calor líquido que me recorrió el cuerpo como si mi corazón recordara algo que mi cabeza aún no sabía. Alguien volvió a gritar. Él bajó la mirada y siguió trabajando, sus manos hábiles sobre un pecho ajeno, intentando devolverle aire a un cuerpo que se apagaba.

​Debería haberme ido. La nube de polvo me raspaba la garganta y las piernas me temblaban. Pero me quedé. No sé si por él… o por esa manía absurda de demostrarme que podía mirar de frente incluso cuando todo dentro de mí quería huir. Seguí fotografiando: sirenas, llantos, órdenes. Pero cada vez que parpadeaba, lo veía otra vez: mirándome a través del objetivo como si no hubiera escombros entre nosotros, como si hubiese formado parte de mi vida desde mucho antes del derrumbe.

Cuando el polvo empezó a asentarse sobre nosotros como una nieve gris y triste, noté el picor en la garganta y el vértigo que llega cuando la adrenalina nos abandona. Pero no fue eso lo que me desarmó. Fue él.

Ese hombre —aún arrodillado, con la piel arañada y la respiración de quien carga con demasiados fantasmas— levantó la vista una última vez. No buscó a las víctimas ni a los bomberos. Me buscó a mí. Como si, entre todo el caos, yo fuese lo único quieto. Lo único que aún no se había roto del todo.

​No sé cuánto duró. Un segundo, quizás dos. Pero ese segundo tuvo el peso de una vida entera, de algo que no debería existir entre dos desconocidos. Sentí el hilo. Ese hilo rojo, absurdo, tenso, injustificado, tirando de mi centro. Y supe —joder, lo supe con una claridad que me mareó— que esa mirada no iba a desaparecer al girar la esquina. Se me iba a quedar pegada a las costillas, a la piel, al sueño. Esa noche no la iba a olvidar, por mucho que lo intentara.

Él volvió la cabeza cuando alguien gritó su nombre. Yo di un paso atrás, casi tropezando, escuchando mi propio pulso violento, golpeando un mensaje que no sabía leer. Guardé la cámara. No porque hubiera terminado, sino porque intuí que lo que acababa de fotografiar no iba a caber en ningún marco.

Me giré para marcharme y, justo antes de perderlo de vista, él buscó mi rostro entre la multitud como si necesitara confirmar que yo había estado ahí y que él también lo había sentido. Por primera vez en toda la noche, tuve miedo. No del derrumbe, ni del caos; tuve miedo de él y de lo que esa mirada podía significar.

​Di un último disparo mental —clic— y me obligué a caminar. Pero mientras me alejaba, lo supe: no era un final. Era el comienzo de algo que todavía no tenía nombre, y lo peor de todo es que ya no quería huir de ello.




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