Barcelona bajo la piel (+18)

Capítulo 34 - Gael

Desperté antes de abrir los ojos.

​Fue el instinto lo que me trajo de vuelta. Lo primero que sentí fue su respiración: un aliento suave y cálido rozando la piel de mi pecho como una caricia constante. Luego, el peso de su pierna sobre la mía, un ancla de piel tibia que me mantenía unido a la realidad. Y después… después llegó el recuerdo, golpeándome con la fuerza de un naufragio.

Su cuerpo. Mi cuerpo dentro del suyo. La forma en que se arqueó bajo mi peso, la manera en que mi nombre se deshizo en su garganta como una oración prohibida. La desesperación con la que nos buscamos, como si el fin del mundo estuviera esperándonos tras la puerta de esa habitación.

​Joder.

​Abrí los ojos despacio, con el corazón empezando a latir con una cadencia pesada. La habitación estaba inundada por la luz del amanecer, una luz que expone cada rastro de lo que ocurrió en la oscuridad.

Gaia dormía apoyada sobre mí, su mejilla hundida en el hueco de mi clavícula, su pelo castaño desparramado sobre mi hombro como una mancha de seda. Tenía la boca apenas entreabierta y la piel de sus hombros, todavía tibia por el rastro de las sábanas, llevaba mi marca por todas partes. Había pequeñas sombras rojas en su cuello, marcas que mi boca había dejado en un intento egoísta de tatuarla, de grabarme en ella para que nadie pudiera borrarme.

Sentí un golpe seco en el centro del pecho. Un sentimiento de posesividad pura, visceral, me recorrió las venas. Mía. En ese instante suspendido, donde el tiempo parecía haberse detenido para darnos una tregua, ella era absolutamente mía. No había pasado, no había futuro; solo este mapa de piel y sábanas revueltas.

Le aparté un mechón de la cara con lentitud, casi con miedo de que el más mínimo roce rompiera el hechizo. Necesitaba un segundo más. Solo uno para grabarla así: tranquila, vulnerable, desnuda entre mis brazos, confiando en mí lo suficiente como para dejar su peso muerto sobre mi corazón. Quería congelar esa imagen antes de que la realidad terminara de entrar por la ventana.

​Y entonces, inevitablemente, llegó.

Bruno.

​Joder. Bruno.

​Me incorporé apenas unos centímetros, lo suficiente para que la culpa empezara a filtrarse por mis poros como un veneno lento.

El rostro de mi hermano vino a mi mente con una nitidez insoportable. Su forma de mirarla a ella, con esa mezcla de respeto y timidez que yo acababa de pisotear. La manera en que Bruno hablaba de Gaia, sin decir nunca demasiado, pero dejando traslucir que ella le importaba.

​Recordé el día que nos conocimos. Bruno nos presentó con una sonrisa orgullosa, ajeno al terremoto que estaba a punto de ocurrir. Recordé la sombra que se le cruzó por los ojos a mi hermano apenas unos segundos después, un destello de inseguridad que en ese momento no entendí, pero que ahora me quemaba las entrañas. Bruno no es tonto; él vio, antes que nosotros mismos, ese chispazo eléctrico que cruzó la habitación en el minuto uno. Vio cómo nuestras miradas se anclaron de una forma que no requería palabras.

Había sido algo obsceno por lo inmediato. Una comunicación silenciosa, un lenguaje que Gaia y yo hablábamos con fluidez sin haber intercambiado más que un "hola". Bruno siempre la había tratado con una paciencia infinita, con una ternura lenta... pero lo que Gaia y yo tuvimos desde el primer segundo fue un reconocimiento salvaje, algo que no podíamos explicar.

Cerré los ojos con fuerza, apretando la mandíbula.

​—Mierda… —susurré. El sonido fue apenas un aliento inaudible, pero cargado de una angustia que no cabía en mis pulmones.

No era arrepentimiento. Eso era lo más aterrador de todo. Ni aunque me apuntaran con un arma, ni aunque me exigieran que jurara sobre mi propia sangre, podría decir que me arrepentía de haberla tocado. Mi piel recordaba la suya con una fidelidad que me daba miedo. Lo que me dolía, lo que me estaba perforando por dentro, era el daño colateral. Estaba destrozando a la persona que más confiaba en mí, al hombre que me consideraba su pilar.

Gaia se movió. Fue un suspiro pequeño, un roce de sus pestañas contra mi piel. Levantó la cabeza despacio y sus ojos, todavía nublados por el sueño, tardaron un segundo en enfocarse. Cuando finalmente me vio, cuando su consciencia registró que yo estaba ahí, que no había sido un sueño… sonrió. Fue una sonrisa pequeña, suave, cargada de una complicidad tan íntima que me hizo sentir el hombre más afortunado y el más despreciable de la tierra al mismo tiempo. Esa sonrisa decía que la noche seguía adherida a su piel, que ella todavía estaba allí, en el incendio.

​Me mató. Me destruyó más que cualquier reclamo.

​—Buenos días… —murmuró, su voz ronca y cálida chocando contra mi pecho.

​Quise besarla. Quise empujarla de nuevo contra el colchón, cerrar las cortinas y fingir que el resto del mundo no existía. Quise quedarme en esa burbuja que la noche nos había regalado, donde solo existía el hambre y el reconocimiento. Pero la culpa ya estaba allí, sentada al borde de la cama, metida entre nosotros como una tercera sombra helada que enfriaba el aire.

​—Gaia… —tragué aire, sintiendo cómo las palabras se me atascaban en la garganta como trozos de cristal— tenemos que hablar.

La sonrisa se le apagó con una lentitud desgarradora. Sus ojos perdieron ese brillo dorado y se volvieron oscuros, profundos, cargados de una comprensión inmediata. Se incorporó un poco, buscando la sábana para cubrirse el pecho. Fue un gesto instintivo, una forma de protegerse del frío que acababa de entrar en la conversación, aunque ya la conocía entera. Aunque mis manos, mi boca y mi alma se habían aprendido de memoria cada rincón de su anatomía apenas unas horas antes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.