Barcelona bajo la piel (+18)

Capítulo 35 - Gaia

​Han pasado cinco días. Cinco días desde aquella noche en la que perdí la cabeza, la voluntad y cualquier posibilidad real de volver a mirar a Bruno sin que el estómago se me retorciera de náuseas y deseo a partes iguales. Gael me desarmó la vida a golpes de verdad y de piel, y desde entonces, la culpa es el único aire que mis pulmones saben respirar.

​La culpa tiene el rostro de Bruno. Me golpea cuando suena el móvil con un mensaje suyo, cuando me pregunta cómo estoy con esa honestidad que me hace querer desaparecer. Me desangra cuando aparece en la redacción con un café de más "por si lo quieres", porque él sigue siendo él: atento, delicado, tan infinitamente bueno que su sola presencia me duele como una herida abierta.

Yo ya no puedo mirarlo igual. No después de haber sentido la fuerza de Gael contra mi cuerpo. Porque mientras Bruno me habla, yo solo escucho ruido. Pero mientras Gael me habla... yo siento. Siento la vibración de su voz en mis huesos, el recuerdo de sus manos grandes recorriendo mi espalda y la urgencia de su boca reclamando la mía. Esa diferencia me envenena la sangre.

​La redacción es un caos de teclados, teléfonos y voces distantes, pero mi mundo se ha reducido a dos cosas: el nudo asfixiante de mi garganta y el móvil vibrando en mi bolsillo. Otra vez.

​Es él.

​«Acabo de salir del quirófano. ¿Has comido ya?»

​Sonrío sin querer, una reacción física que mis músculos ya no saben controlar. Llevo cinco días sonriendo como una idiota cada vez que su nombre ilumina la pantalla, y cinco días maldiciéndome por cada latido que él me roba. Le respondo rápido, ocultando la pantalla como si guardara un arma cargada:

​«Estoy en ello. ¿Tú?»

La respuesta tarda. Sé que el hospital es un campo de batalla. Gael está encadenando guardias para cubrir a un compañero, pero aun así, busca las grietas en su tiempo para colarse en el mío. Cuando el móvil vibra de nuevo, mi corazón galopa contra mis costillas:

​«No he parado desde ayer. Pero te leo y se me pasa un poco.»

​Cierro los ojos un instante y el bullicio de la oficina desaparece. Me transporto a esos mensajes a deshoras, a las llamadas cortas desde pasillos fríos y silenciosos, a los audios donde su voz suena tan cansada y ronca que puedo sentirla rozándome el cuello. Algo dentro de mí se acomoda en un lugar oscuro y prohibido cada vez que lo oigo. Cada noche, al volver a casa, siento que su rastro sigue vivo en mi piel, en el temblor que me sacude al recordar cómo pronunció mi nombre antes del último espasmo.

​Y cada mañana, al ver a Bruno, ese recuerdo se vuelve un ancla. Porque él se lo merece todo, y yo solo soy capaz de darle los restos de un corazón que ya no me pertenece.

​—Gaia —la voz de Bruno interrumpe mi murmullo de culpa—. ¿Comemos juntos hoy?

​Parpadeo, forzándome a regresar a la superficie. Me quedo en blanco, atrapada en la mentira. Él nota el silencio, nota la distancia kilométrica que nos separa aunque solo haya un escritorio de por medio.

​—Si estás ocupada... no pasa nada —añade con esa amabilidad que me destroza—. Lo dejamos para otro día.

​—Sí... mejor otro día. Tengo cierre y voy fatal —miento, bajando la vista para que no vea la verdad en mis pupilas.

​Bruno me dedica una sonrisa suave, educada, sin una pizca de reproche. Y eso me hace arder más que cualquier incendio. Porque si Gael es fuego que consume, Bruno es el refugio que estoy incendiando. Él se aleja y yo siento que el aire de la habitación pesa toneladas.

​Entonces, el móvil vibra de nuevo. Es él, usando ese apelativo que me hace sentir única y traidora al mismo tiempo: «Mi gitana».

​«Mi gitana... no sabes lo que te echo de menos. Esta noche te llamo. Si no me duermo antes. Pero quiero oírte.»

​Mi estómago se cierra en un puño. Llevo cinco días con Gael recorriéndome la sangre en mis venas. Cinco días evitando a Bruno para no ver mi propio pecado reflejado en sus ojos. Cinco días de mensajes cifrados, de caricias fantasma que se activan en mi piel cuando cierro los ojos y recuerdo su boca en mi nuca, sus manos reclamando cada centímetro de mi cintura.

​Me paso una mano por la cara, agotada de esta guerra interna. Sé que esto está mal, que el camino correcto es la luz que Bruno me ofrece. Pero el camino que yo deseo es la oscuridad eléctrica que Gael me provoca cada vez que me llama «mi gitana».

​Vuelve a vibrar. No borro la notificación. Mis dedos se mueven sobre la pantalla con una voluntad propia que ya no intenta huir.

​«Llámame cuando puedas. Estaré despierta.»

​Al enviar el mensaje, la certeza me golpea: puede que deba alejarme, pero no quiero distancia. No de él. No de este incendio que me hace sentir viva mientras todo lo demás se reduce a cenizas.

El silencio de la noche en el apartamento se sentía denso, cargado con la expectativa de una promesa eléctrica. Gaia esperaba, con el móvil ardiendo entre sus manos, hasta que finalmente la pantalla se iluminó con el nombre que la hacía temblar.

​—¿Gitana? —la voz de Gael llegó al otro lado, ronca, desgastada por las horas de guardia, pero cargada de una suavidad que la desarmó al instante.

​—Estoy aquí —susurró ella, cerrando los ojos para concentrarse solo en el sonido de su respiración.




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