Barcelona bajo la piel (+18)

Capítulo 36 - Gael

Llevo diecisiete horas de guardia y aún me quedan siete por delante. Me pesan los párpados, me tiran los músculos, y el cansancio se me ha instalado tan dentro que parece otro órgano más.

Pero nada me vence tanto como ella.
Gaia.

Un mes entero desde que todo empezó. Que me ha jodido la vida y me la ha salvado a la vez.

Me dejo caer en la silla del descanso, dejo la cabeza colgando hacia atrás. Cierro los ojos y el cansancio de la guardia se disuelve, reemplazado por el recuerdo de hace apenas unas horas. Todavía puedo sentir el rastro de su saliva secándose en mi piel, el olor de su sexo impregnado en mis dedos.

​La última noche fue un asalto. Recuerdo cómo me puse de rodillas frente a ella en el borde de la cama, sujetándole los muslos con una fuerza que sabía que dejaría marca. Quería saborearla hasta que no pudiera más. Cuando hundí la cara entre sus piernas, el calor que desprendía me golpeó como un muro; estaba empapada, dulce y salvaje. Me ensañé con ella, usando la lengua para encontrar ese punto exacto que la hace perder el sentido, mientras mis dedos la abrían más, exponiéndola entera a mi boca. Escucharla jadear mi nombre, rota, mientras sus caderas daban sacudidas contra mi cara, casi me hace perder el control ahí mismo.
En cuanto la tuve al borde del abismo, se incorporó con una urgencia animal. Me empujó contra los cojines, me abrió la bragueta con dedos desesperados y me liberó, recorriéndome con una mirada que me abrasó la sangre. Se colocó encima de mí, guiándome hacia su entrada con una mano mientras con la otra se apoyaba en mi pecho.

​La vi bajar, lenta, tortuosa, clavando sus ojos en los míos mientras mi grosor la abría por completo. Soltó un gemido que me retumbó en los huesos cuando terminó de sentarse sobre mí, llenándose hasta el fondo. Y entonces empezó a cabalgar.

​No hubo suavidad. Se movía con un hambre frenética, arqueando la espalda, dejando que su pelo me azotara la cara mientras sus pechos subían y bajaban al ritmo de sus embestidas. Yo solo podía agarrarla de las caderas, clavándole los dedos en la carne para anclarla, para sentir cómo sus paredes me atrapaban con cada movimiento. Verla así, dueña de mi placer y del suyo, con la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta, me destrozó los pocos cables que me quedaban sanos.

​—Gael… eres mío —me soltó en un susurro sucio, justo antes de que el espasmo final la recorriera entera.

Se contrajo a mi alrededor con una fuerza brutal, una serie de pulsaciones eléctricas que me obligaron a arquearme contra ella, vaciándome con una violencia que me dejó sin aire. Me miró después, con las pupilas dilatadas y los labios hinchados, con esa mezcla brutal de deseo insaciable y una ternura que me asusta más que la propia muerte. Me dejó fuera de combate, más roto y más vivo que nunca.

Joder… un mes.

Un mes en el que cada noche sin guardia la he pasado a su lado, devorándonos como si el tiempo se nos fuera a acabar en el siguiente suspiro.

​Recuerdo las noches en las que ella tomaba el mando, montándome con esa lentitud tortuosa, moviendo las caderas en círculos mientras me clavaba la mirada, obligándome a apretar los dientes para no correrme antes de tiempo mientras veía cómo mi grosor desaparecía dentro de ella.

Pero también recuerdo la urgencia de otras veces. Cuando la giraba sin ceremonias, obligándola a apoyarse en la cama para tomarla por detrás. Me obsesiona el recuerdo de sus manos aferradas a las sábanas y su espalda arqueándose bajo el peso de mis embestidas, el sonido de nuestra piel chocando con fuerza y el eco de sus gemidos contra la almohada mientras yo la sujetaba por las caderas, hundiéndome en ella hasta el fondo, marcando un ritmo animal que nos dejaba a ambos sin aire.

​Y las mañanas... joder, las mañanas. Despertar con ella deslizándose bajo las sábanas para envolverme con su boca, usándola con una maestría que me hacía maldecir. Sentir su lengua y el calor de su garganta mientras me deshacía en sus manos, justo antes de tener que ponerme el uniforme y pretender que soy un hombre normal. El mundo se terminaba ahí, en el rastro de sudor que dejaba su cuerpo sobre el mío.

​Hablabamos hasta el amanecer, riéndonos de idioteces, haciendo planes que ninguno se atreve a llamar “futuros”, pero que lo son. Enamorándome sin buscarlo. Sin poder evitarlo.

​Porque sí. Estoy enamorado de ella. De cómo me busca la boca, de cómo me abre las piernas para dejarme entrar hasta el fondo de su vida, de cómo me abraza después de que el huracán pasa.

​Por primera vez en mucho tiempo, tuve donde apoyarme.

​Le conté lo de mi padre. El Alzheimer comiéndoselo, borrando al hombre que fue. Le conté el miedo de mi madre. Y Gaia… joder, Gaia es mi refugio. Cuando estoy con ella, el dolor no desaparece, pero baja la intensidad. Ella es la morfina que necesito para aguantar la realidad.

​El problema es la otra cara de la moneda: la culpa.

Bruno. Su nombre atravesándolo todo como una sombra que no se despega. Mi hermano. Mi mejor amigo. El hombre que confía en mí y sonríe como si yo no estuviera amando a la chica que él quiere, sintiéndola mía cada noche.

​El móvil vibra. La erección es un latigazo inmediato que me tensa los vaqueros del uniforme.

Mensaje suyo:




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