Llevaba cinco días de una coreografía absurda en la redacción: evitar a Bruno, esquivar su mirada limpia, y sentir cómo el móvil vibraba contra mi muslo como una descarga eléctrica cada vez que Gael me escribía. Eran días de excusas baratas, de sonrisas que me tensaban los músculos de la cara hasta doler, y de huidas ridículas al baño solo para respirar y tratar de calmar el incendio que llevaba bajo la piel. La culpa me arañaba por dentro como un animal encerrado, hambriento y desesperado por salir.
Estaba frente a la pantalla, editando unas fotos, cuando sentí dos manos rodearme por detrás. Un abrazo firme, cálido, inesperado. Un abrazo que en otro tiempo me habría dado paz, pero que ahora me dejó helada, como si un bloque de hielo se hubiera instalado en mi columna.
Bruno.
—Tenías pinta de necesitar esto —susurró él, apoyando la barbilla en mi hombro con una confianza que me hizo querer gritar.
Me quedé rígida. Paralizada. Mi piel rechazaba su contacto con una violencia que me asustó. Me separé con una rapidez que rozó la mala educación. Él lo notó; Bruno siempre nota los matices del alma.
—¿Qué pasa, Gaia? —preguntó, frunciendo el ceño, sus manos quedando suspendidas en el aire, vacías.
—Nada… solo… me has sorprendido, es eso.
Pero su gesto cambió. La luz suave de sus ojos se endureció. Y entonces, llevado por una inercia de meses de afecto, intentó avanzar. Quiso acortar la distancia, besarme, reclamar ese espacio que él creía que le pertenecía por derecho y por tiempo. Me aparté de nuevo, esta vez con una decisión que no dejó lugar a dudas.
—Bruno, no… —mi voz salió ahogada, como si tuviera arena en la garganta—. No puedo. No estoy… bien. No estoy emocionalmente disponible para esto. Para nosotros.
Él soltó una carcajada baja, una nota amarga que nunca le había escuchado. Era una risa incrédula, cargada de una molestia que empezaba a supurar.
—¿Cómo que no estás disponible? Gaia, llevamos meses en esto. Te he esperado, te he cuidado…
—Bruno —lo interrumpí, sintiendo que el corazón me iba a estallar—. Lo siento. De verdad que lo siento. Eres una persona increíble, y te aprecio más de lo que puedo expresar, pero… tengo que ser honesta. Nunca he podido verte con otros ojos. Lo intenté, te juro que intenté que funcionara, que el corazón me dictara lo mismo que la lógica, pero no pude. No puedo obligarme a sentir algo que no nace. No quiero seguir confundiéndote, ni romperte más.
—Vale —dijo, con una sequedad que me cortó la piel—. Pues… vale. Hablamos más tarde. Si es que queda algo de lo que hablar.
Se dio media vuelta y salió del estudio con los hombros tensos. Me quedé allí, con el temblor en las manos y la respiración hecha un nudo. "Aguanta", me repetí como un mantra. "Aguanta por Gael".
Más tarde, el remordimiento me empujó a buscarlo. Quería ser justa, quería explicarle que él no tenía la culpa, que el problema era mi propia naturaleza indomable. Lo encontré en la terraza de fumadores. Estaba apoyado en la barandilla, mirando hacia la ciudad con una calma falsa, una máscara de guerra.
—Bruno… —me acerqué, sintiendo el aire espeso.
—¿Esto va por lo de antes? —preguntó sin mirarme.
—Hay… alguien más —susurré. La palabra cayó entre nosotros con el peso de una losa de hormigón.
—¿Alguien más? —repitió, y su voz sonó rota, desconocida—. ¿Desde cuándo? ¿Quién es?
—No importa el quién. Importa que no puedo estar contigo mientras mi cabeza y mi cuerpo están en otro sitio.
Bruno apretó la mandíbula tanto que creí que se le romperían los dientes. Sus ojos, siempre oasis de paz, eran ahora dos pozos de tormenta.
—Importa para mí —dijo—. Hace unas semanas estábamos bien. Me dabas pie, me dejabas entrar. Y ahora no puedes ni tocarme. Podrías haber sido honesta antes, Gaia. Solo necesitabas decirme la verdad: que no me querías.
No pude negarlo. No porque no lo quisiera, sino porque el amor que él me ofrecía era un charco comparado con el océano en el que me estaba ahogando con su hermano. Él asintió, aceptando la derrota, y se marchó sin mirar atrás. Sin despedirse. Llevándose consigo la última pizca de luz que nos quedaba.
Esa noche, Gael no tenía guardia.
La idea de volver a verlo hacía que mis pulmones se olvidaran de su función. Era deseo, sí, pero era algo más oscuro: una fuerza irracional, casi kármica. Cuando llamó a la puerta, mis manos torpes apenas pudieron girar el pomo.
En cuanto abrí, Gael entró como una ráfaga de aire caliente. No hubo "hola", no hubo cortesía. Me agarró de la cintura con una posesión que me hizo soltar un gemido, me empujó contra el marco de la puerta y me besó como si llevara siglos muriendo de sed.
Fue un beso desesperado. Su boca devoraba la mía con hambre, con una rabia contenida que solo el sexo podía liberar. Mis dedos se hundieron en su pelo, tirando de él para pegarlo más a mí, mientras sus manos me apretaban la carne de la cintura como si quisiera dejar sus huellas dactilares grabadas en mis huesos.
—Dios… —murmuró contra mis labios, con la respiración entrecortada—. No sabes el infierno que ha sido no tenerte.