Barcelona bajo la piel (+18)

Capítulo 38 - Gael

Yo solo quería seguir ahí. Hundido en ella. Olvidar el mundo.

Pero la vibración insistente del móvil no paraba.

Bruno.

​El nombre en la pantalla me apretó el pecho como una mano de hierro. Bruno. Mi hermano pequeño. El que siempre ha buscado mi aprobación en el silencio, el que me ve como el ancla que nunca se rompe. Gaia notó cómo mi cuerpo, hace un segundo fundido con el suyo, se convertía en piedra.

​Ella tragó saliva, apartándose apenas unos centímetros, aunque seguía a horcajadas sobre mí, con la piel encendida y el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo del sexo que acabábamos de tener. Le temblaban las manos mientras se apartaba el pelo de la cara.

​—Gael… yo… —respiró hondo, y vi en sus ojos una mezcla de alivio y terror—. Hoy hablé con él.

​Levanté la mirada muy despacio, sintiendo un frío repentino donde antes había fuego.

​—¿Con Bruno?

​Asintió. No apartó los ojos, aunque el dolor empezaba a filtrarse entre nosotros como un gas venenoso.

​—Tenía que hacerlo. No podía seguir evitándolo, Gael. Me asfixia la mentira. Hoy en la redacción apareció por detrás, me abrazó... y me quedé congelada. Sentí que me quemaba porque no eran tus brazos. Intentó besarme, y ahí fue cuando estallé. Le dije que no podíamos seguir, que mi cabeza y mi cuerpo estaban en otra parte. Que había alguien más.

​Sentí un latigazo de rabia mezclado con un miedo paralizante. Mi mandíbula se tensó tanto que me dolieron los oídos.

—¿Te abrazó?

—Sí —tragó saliva—. Así que le tuve que decir que… que no podíamos seguir así.

​—Habíamos quedado en esperar, Gaia —mi voz salió más baja y dura de lo que pretendía—. Solo unos días. Teníamos que haberlo planeado juntos para que el golpe no fuera tan seco.

​—¡No podía más! —susurró ella, y vi las lágrimas asomando, desafiantes—. No podía seguir mirándolo como si fuera un mueble más de mi vida mientras tú me recorres la sangre. Él no tiene la culpa de este incendio, Gael. La culpa es nuestra.

​Me pasé una mano por la cara, sintiendo el rastro del sudor de ambos, el cansancio de las guardias y el peso insoportable de la lealtad rota. Me levanté con cuidado, obligándola a ponerse de pie. El contraste entre nuestra desnudez y la gravedad de lo que decíamos era una bofetada.

​—¿Sabes qué va a pasar cuando descubra quién es ese “alguien más”? —pregunté, empezando a vestirme con movimientos mecánicos—. No va a ser solo una ruptura, Gaia. Va a ser el fin de todo.

​—Lo hice porque era lo correcto —dijo ella, buscando mis ojos—. No podía seguir dándole esperanzas.

El móvil volvió a vibrar. «Bro, por favor, contesta». Joder, Bruno… Sentí la culpa subiendo por mi garganta, espesa y amarga como la bilis.

​—Tengo que ir a verlo —dije al fin, abrochándome el cinturón con dedos torpes.

​Gaia alzó la cabeza, herida.

​—¿Ahora? ¿Vas a dejarme así?

​—Es mi hermano, Gaia. Está solo y se está rompiendo. Y tú… —la miré, y por un segundo el deseo luchó con el reproche— tú le has soltado la bomba en el peor momento posible. Está al borde del abismo.

​—Gael, no soy su salvavidas —dijo ella, dando un paso hacia mí—. No puedo seguir haciéndole creer algo que no siento solo porque él está mal. Eso no lo ayuda. Eso es más cruel que la verdad.

​Tenía razón. Lo sabía, joder. Pero el instinto de protección hacia la sangre es una fiera que no entiende de razones. Me acerqué y le di un beso en la mejilla; un roce corto, torpe, porque sabía que si mis labios buscaban su boca, no saldría de esa casa. Me quedaría allí, pecando, mientras mi hermano se hundía.

​—Volveré cuando pueda —murmuré. Salí sin mirar atrás, ignorando el susurro de mi nombre que ella dejó caer al aire.

El piso de Bruno olía a encierro y a derrota. Entré sin llamar, conociendo el código de memoria. Lo encontré en el sofá, una sombra de lo que solía ser. Tenía los ojos inyectados en sangre y el móvil tirado en el suelo como si fuera un objeto maldito.

​—Me dejó, tío —su voz se quebró, un sonido seco que me desgarró las entrañas—. Me dijo que no estaba disponible. ¿Qué puta mierda significa eso, Gael? Que hay otro. Que hay alguien que le hace sentir lo que yo no pude. Alguien que ya estaba ahí mientras yo intentaba cuidarla.

​Me senté a su lado, manteniendo una distancia que me parecía un abismo. Quería abrazarlo, quería ser el hermano mayor que lo rescata de las ruinas, pero mi cuerpo gritaba "traidor". Mi piel aún olía a Gaia, mis manos todavía sentían la suavidad eléctrica de sus muslos, y el sabor de su sexo persistía en mi boca. Me sentía el ser más hipócrita del planeta.

​—Bruno… —empecé, y mi voz sonó extraña, como si no me perteneciera—. Quizá estás yendo demasiado rápido. No puedes estar seguro de eso.

​Él se giró hacia mí, con una mirada tan herida que tuve que bajar la vista.

​—Me lo dijo ella, Gael. "Hay alguien más", esas fueron sus palabras.

​Sentí un vacío en el estómago, pero el instinto de supervivencia —o quizá el deseo egoísta de defender lo que acababa de pasar en ese sofá— me obligó a hablar. Traté de sonar racional, médico, frío.




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