Fragmento recuperado de Crónicas de la Caída de Morravelle.
Archivo restringido de la Biblioteca de Elarion.
Año 537 a. C.
Si estas palabras han llegado hasta tus manos, significa que los guardianes han fracasado.
Durante siglos se nos enseñó a llamar monstruos a los vampiros, bestias a los licántropos y traidores a los druidas. Se nos enseñó a temer aquello que era diferente. Sin embargo, la historia ha demostrado que ninguna criatura nacida de la magia fue jamás tan peligrosa como una sola mujer.
Su nombre era Morravelle.
Y el mundo todavía sangra por su culpa.
Existen registros de ciudades enteras desaparecidas en una sola noche. Bosques que despertaron convertidos en cementerios. Ríos teñidos de negro durante generaciones. Se decía que Morravelle podía arrancar el alma de un cuerpo y devolverla siglos después, que podía hablar con los muertos, alterar recuerdos y convertir el dolor en un arma más poderosa que cualquier espada.
Pero el mayor de sus crímenes no fue la destrucción.
Fue la ambición.
Morravelle no deseaba gobernar un reino.
Deseaba gobernarlos todos.
Los antiguos relatos describen una reunión celebrada durante los últimos años de la Gran Guerra. Allí estuvieron presentes los Alfas de las manadas más antiguas, los Señores Vampiro de las Casas Eternas, los Archidruidas y representantes de pueblos que ya no existen. Según los testimonios conservados, la reunión terminó cuando uno de los presentes preguntó qué ocurriría si Morravelle obtenía el poder que buscaba.
La respuesta fue pronunciada por Arkan Duskbane, último Rey de los Druidas.
—Entonces no quedará mundo que gobernar.
Aquella frase quedó registrada por seis escribas distintos.
Todos coinciden en que nadie volvió a hablar después.
La decisión fue tomada esa misma noche.
Por primera vez en la historia conocida, criaturas que llevaban siglos matándose unas a otras formaron una alianza.
Para sobrevivir.
La guerra duró trece años.
Trece años de sangre.
Trece años de monstruos enfrentándose a algo todavía peor.
Los relatos describen ejércitos enteros desapareciendo en cuestión de horas. Dragones cayendo del cielo. Reyes convertidos en cenizas. Montañas abiertas por la mitad.
Algunos historiadores afirman que el propio sol permaneció oculto durante semanas debido a la cantidad de magia liberada.
Y aun así, Morravelle siguió avanzando.
Cuando finalmente fue derrotada, miles habían muerto.
La victoria costó tanto que muchos la consideraron una derrota.
Los supervivientes no lograron destruirla.
Ni siquiera juntos fueron capaces de hacerlo.
Así que recurrieron a algo mucho peor.
La sellaron.
Su alma fue dividida.
Sus restos ocultados.
Su nombre prohibido.
Y sus seguidores perseguidos hasta los confines del mundo.
Antes de ser encerrada, Morravelle pronunció una última profecía.
Las versiones difieren.
Las palabras exactas se perdieron con el tiempo.
Pero todos los registros coinciden en una frase.
Una sola frase.
Una advertencia que todavía provoca escalofríos entre quienes estudian aquellos acontecimientos.
"Cuando mi sangre vuelva a encontrar un hogar, abriré los ojos una vez más."
Desde entonces han pasado siglos.
La mayoría considera estas historias simples leyendas.
Relatos para asustar niños.
Advertencias exageradas de una época salvaje.
Yo también lo creí.
Hasta que encontré las pruebas.
Hasta que vi los símbolos.
Hasta que descubrí que algunos sellos están debilitándose.
Si alguien encuentra este manuscrito después de mi muerte, escuche atentamente estas palabras.
Morravelle no fue destruida.
Morravelle espera.
Y algún día alguien abrirá la puerta.