Siempre sentí que estaba fuera de lugar, como si hubiera llegado a un sitio donde todos ya sabían cómo encajar… menos yo. En mi antiguo colegio, las cosas nunca fueron fáciles. No tenía un grupo fijo, no tenía a alguien con quien sentarme sin pensarlo dos veces, y mucho menos a alguien que realmente me conociera. Al inicio creí que era cuestión de tiempo, que si era amable y hacía lo correcto, eventualmente encontraría mi lugar.
Pero eso nunca pasó.
Lo que empezó como miradas incómodas y risas a medias, terminó convirtiéndose en algo mucho peor. Al principio intenté ignorarlo, convencerme de que no era para tanto, que solo estaba exagerando. Sin embargo, con el paso del tiempo, dejaron de esconderlo. Los empujones “sin querer” se volvieron frecuentes, los comentarios ya no eran en voz baja, y las risas siempre aparecían en el momento exacto en el que yo pasaba cerca.
Recuerdo claramente el día en que me tiraron agua encima en el recreo. Fue tan repentino que ni siquiera pude reaccionar. Sentí cómo mi uniforme se me pegaba al cuerpo mientras todos se reían a mi alrededor. Yo también sonreí, o al menos eso intenté, porque no sabía qué hacer en ese momento. Era eso o demostrar lo mucho que me estaba afectando, y nunca quise darles esa satisfacción.
Hubo situaciones peores, cosas que todavía me cuesta pensar sin sentir un nudo en el pecho. Más de una vez me encerraron en un baño, cerrando la puerta desde afuera mientras se quedaban riéndose como si eso fuera un juego. Golpeaba la puerta, pedía que me dejaran salir, pero nadie lo hacía. El tiempo se volvía lento en esos momentos, y lo único que quería era que todo terminara lo más rápido posible.
Aun así, lo que más me dolió no fue lo que hacían los demás, sino darme cuenta de que la única persona que creía tener de mi lado… nunca lo estuvo realmente. Al inicio se sentaba conmigo, hablaba conmigo, y yo pensaba que al menos no estaba completamente sola. Pero poco a poco empezó a cambiar. Se reía también, guardaba silencio cuando los demás hablaban de mí, y llegó un punto en el que incluso participaba.
Ahí entendí que, en realidad, siempre estuve sola.
Después de eso dejé de intentar encajar. Dejé de hablar más de lo necesario, de buscar miradas, de esperar algo diferente. Ir al colegio se convirtió en una rutina pesada, en algo que hacía por obligación mientras contaba los minutos para volver a casa. Cada día era igual, y cada día confirmaba lo mismo: ese lugar nunca iba a ser para mí.
Por eso, cuando decidí cambiarme de colegio, no lo pensé demasiado. No conté todo lo que había pasado. No hablé de los baños, ni del agua, ni de las risas. No quería que mi madre se preocupara; ya tenía suficiente con lo suyo y con cuidar a mi hermana pequeña. Solo dije que necesitaba un cambio, otro ambiente, empezar de nuevo.
Pero la verdad es que no fue algo que aceptara de inmediato. Tuve que insistir más de lo que me hubiera gustado. Hubo noches en las que le rogaba casi sin darme cuenta, tratando de no decir demasiado pero dejando claro que ya no quería volver a ese lugar. Al inicio pensó que solo era una etapa, que podía adaptarme, que todo mejoraría con el tiempo. Yo misma había creído eso antes… pero ya no.
Con los días, creo que empezó a notar que algo no estaba bien, aunque nunca le dije exactamente qué. Tal vez fue mi forma de evitar hablar del colegio, o lo rápido que me encerraba en mi habitación apenas llegaba a casa. Al final, terminó aceptando. No fue una decisión fácil, y el nuevo colegio quedaba algo lejos, lo que complicaba muchas cosas, pero aun así… sentí que era lo mejor que podía pasarme en ese momento.
Y aunque por fuera todo parecía simplemente un cambio de lugar, por dentro era una mezcla constante de miedo y esperanza. Miedo de que todo se repitiera, de volver a sentirme igual… y esperanza de que, esta vez, fuera diferente.
Días antes de empezar, recibí un mensaje de un número que no tenía guardado. Pero dijo que era Sophia. No sé cómo consiguió mi contacto, pero tampoco pregunté demasiado. Desde el primer mensaje fue natural, como si hablar conmigo no fuera algo extraño. Me preguntó cosas simples, sobre mí, sobre de dónde venía, y poco a poco la conversación empezó a fluir sin esa incomodidad a la que estaba acostumbrada.
No es que confiara completamente, pero tampoco sentía esa alarma constante en mi cabeza. Era raro… pero agradable. Hablamos varios días antes de que empezaran las clases, y de alguna forma, eso hizo que el primer día no se sintiera tan desconocido.
Aun así, cuando finalmente llegó, los nervios seguían ahí. El primer día en el nuevo colegio fue incómodo, como era de esperarse. Caminé por los pasillos sintiendo que todos podían notar que era nueva, que no pertenecía ahí. Elegí un asiento cerca de la ventana, más por costumbre que por otra cosa, y traté de concentrarme en mis cosas para evitar pensar demasiado en lo que me rodeaba.
Durante varios minutos, todo fue exactamente como lo imaginaba. Nadie se acercó, nadie dijo nada, y el ambiente se sentía igual de distante que en cualquier otro lugar al que hubiera llegado antes. Me enfoqué en ordenar mis cuadernos, solo para mantener la mente ocupada y no pensar en esa sensación incómoda que ya conocía muy bien.
Por un momento, pensé que nada iba a cambiar. Que todo seguiría el mismo patrón de siempre, que los días volverían a repetirse sin que realmente pasara algo diferente. Incluso llegué a cuestionarme si había tomado la decisión correcta, si cambiarme realmente iba a servir de algo.