El mes pasó sin que se sintiera pesado. Las mañanas empezaron a parecerse entre sí, las clases dejaron de sentirse ajenas y el camino de regreso se volvió parte de la rutina. Ya no hacía falta pensar demasiado en a dónde ir o con quién estar; simplemente pasaba.
Esa tarde no fue distinta al inicio. Salimos del colegio como siempre, mezclándonos con el resto de estudiantes hasta que el grupo se fue formando poco a poco afuera. Sophia hablaba con Liam sobre algo de una tarea, Noah caminaba un poco más atrás como de costumbre, y los chicos de tercero aparecieron casi en el mismo punto de siempre, como si ya estuviera acordado sin haberlo dicho.
Empezamos a caminar en la misma dirección, con conversaciones cruzadas que iban cambiando según quién estuviera más cerca de quién. En algún momento, sin darme cuenta exactamente cuándo, terminé caminando un poco más adelante junto a uno de los chicos de tercero. Marcos. Era de los que hablaba lo suficiente como para no dejar silencios incómodos.
—Oye —dijo después de unos segundos, bajando un poco la voz mientras miraba al frente—, te voy a decir algo, pero no lo hagas tan obvio.
Lo miré de reojo, frunciendo apenas el ceño.
—¿Qué cosa?
Marcos dudó un segundo, como si estuviera pensando si decirlo o no, pero al final soltó el aire con una pequeña sonrisa.
—Uno de ellos… —empezó, señalando discretamente hacia atrás con la cabeza— está enamorado de ti.
Me detuve apenas un instante en el paso, lo suficiente como para procesar lo que acababa de decir, antes de seguir caminando como si nada.
—¿Qué? —murmuré, sin poder evitar que sonara más a incredulidad que a pregunta.
—Por eso nos acercamos ese día —añadió con tranquilidad—. Bueno, en realidad, por eso él quiso acercarse… nosotros solo lo seguimos.
Giré la mirada hacia atrás casi por reflejo. Los demás seguían caminando, hablando entre ellos como si nada, sin prestar atención a lo que ocurría delante. No había nada que destacara a simple vista.
—Estás bromeando ¿verdad?—dije, volviendo a mirarlo.
—No —respondió con una leve sonrisa—. Se nota más de lo que crees.
No supe qué decir de inmediato. Bajé la mirada un segundo, acomodando la mochila sobre mi hombro mientras intentaba encajar la información sin hacer evidente que me había tomado por sorpresa.
Y entonces algo hizo sentido.
—Espera… —murmuré, volviendo a mirarlo—. ¿Sera el que me envió solicitud en Facebook?
Marcos soltó una pequeña risa, negando con la cabeza como si ya esperara esa pregunta.
—Sí —respondió sin rodeos—. No sabía cómo hablarte, así que hizo eso primero.
No pude evitar quedarme en silencio unos segundos más. Recordaba perfectamente la notificación, el nombre que no me resultaba del todo familiar en ese momento, la duda de aceptarla o no sin saber exactamente de quién se trataba.
—Y tú me lo dices así nada más —añadí finalmente, levantando una ceja.
—Alguien tenía que hacerlo —respondió, encogiéndose de hombros—. Además, si no te lo digo yo, él se va a tardar demasiado.
—¿Y quién es Leo? —pregunté, bajando un poco la voz sin dejar de mirar al frente.—Porque en su perfil no tiene fotos de el, como para reconocerlo de inmediato
Marcos giró apenas la cabeza hacia el grupo detrás, evaluando un segundo antes de responder.
—Te vas a dar cuenta —dijo al final—. No es difícil.
—No, en serio —insistí, mirándolo otra vez—. Dime.
—Después —añadió con una sonrisa que dejaba claro que no iba a decirlo tan fácil—. Es más interesante así.
Negué ligeramente con la cabeza, sin poder evitar una pequeña mezcla entre curiosidad y molestia.
Volví a mirar hacia atrás un segundo, observando al grupo sin que se notara demasiado, intentando identificar algo que antes no había visto. Pero todo parecía igual. Conversaciones normales, movimientos habituales, nada que señalara claramente a alguien.
El resto del camino siguió sin que sacara el tema otra vez. Marcos tampoco dijo nada más al respecto, como si ya hubiera cumplido con soltar la información y lo demás dependiera de mí. Cuando finalmente nos fuimos separando por calles, las despedidas fueron rápidas, casi automáticas, y en poco tiempo me encontré caminando sola el último tramo hasta mi casa.
Saqué las llaves sin prisa, abriendo la puerta mientras el silencio del interior reemplazaba el ruido constante de afuera. Dejé la mochila en el mismo lugar de siempre y me quité los zapatos sin pensar demasiado, avanzando directo hacia mi habitación con esa sensación de tener algo pendiente que no terminaba de ignorar.
Me dejé caer sobre la cama y, casi por inercia, tomé el celular. La pantalla se encendió y, sin buscar demasiado, entré a Facebook. La solicitud seguía ahí, justo como la había dejado días atrás, con el nombre que ahora me resultaba familiar
Leo.
Me quedé mirándolo unos segundos, recordando lo que había dicho Marcos, tratando de encajar ese nombre con alguna cara, algún gesto, algo que me ayudara a ubicarlo mejor. Dudé un momento, no porque fuera complicado aceptarla, sino porque ahora tenía un significado distinto.