Before Finding you

Capitulo 08

Las pasantías de los de tercero ya habían comenzado, y Leo solía pasar a verme a la salida o, si no podía, nos quedábamos hablando por chat. Pero en las últimas semanas de esas pasantías dejó de hacerlo: ya no respondía como antes y tampoco iba a verme. Al principio intenté no darle demasiada importancia.

Porque sabía que estaba ocupado, que las pasantías seguramente lo tenían cansado y que no podía estar pendiente del teléfono todo el tiempo. Además, Leo nunca había sido precisamente el tipo más expresivo del mundo. A veces desaparecía unas horas y luego volvía como si nada, mandando un audio larguísimo o una foto random de cualquier cosa que encontraba en la calle.

Pero ahora lo sentía más distante.

Y mientras más intentaba convencerme de que estaba exagerando, peor me sentía.

—Te vas a quedar ciega si sigues mirando el chat cada treinta segundos —dijo Noah desde el asiento de atrás.

Levanté la vista de golpe y bloqueé el celular.

—No lo estaba viendo.

—Claro —soltó una risa—

Sophia, que estaba sentada a mi lado, giró apenas la cabeza hacia mí.

—¿Leo otra vez?

—No empieces.

—Entonces deja esa cara de viuda abandonada.

Le di un golpe suave en el brazo y ella se rio bajito.

El salón todavía estaba medio vacío. Yo volví a mirar el teléfono.

Nada.

Otra vez.

Suspiré sin querer.

Sophia me observó unos segundos antes de apoyar el codo sobre la mesa.

—Ok, ahora sí. ¿Qué pasó?

—Nada.

—Mia.

—En serio.

Noah se inclinó hacia adelante entre las sillas.

—Si dices “nada” con esa cara, claramente sí pasó algo.

Rodé los ojos.

—Solo está ocupado.

Los dos se miraron entre ellos.

Y eso me molestó más de lo que debería.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —respondió Sophia lentamente—. Solo que llevas diciendo eso como dos semanas.

Bajé la mirada al celular otra vez.

Dos semanas.

Sonaba peor cuando alguien más lo decía.

Antes hablábamos todo el tiempo. Literalmente todo el tiempo. Leo me mandaba fotos de cualquier cosa, audios larguísimos, mensajes sin sentido a las once de la noche porque se acordaba de algo gracioso.

Ahora nuestras conversaciones parecían hechas por compromiso.

“Perdón, llegué muerto.”

“Hoy salimos tardísimo.”

“Después hablamos, ¿sí?”

Y después nunca hablábamos.

—¿exactamente desde cuando no viene a verte en la salida? —preguntó Noah.

Me quedé callada un momento.

—No sé.

—Mia.

—Como… una semana.

Sophia hizo una mueca.

—Eso ya está raro.

—No necesariamente —intervino Liam desde adelante sin darse vuelta—. Las pasantías son pesadas.

—Gracias —murmuré.

—Pero tampoco cuesta mandar un mensaje decente —añadió él.

Ahí dejé de agradecerle mentalmente.

El timbre sonó antes de que pudiera responder y todos comenzaron a acomodarse rápido mientras el profesor entraba al aula. Yo guardé el celular despacio, aunque seguía sintiendo esa incomodidad instalada en el pecho.

Y el resto del día pasó horrible.

Ni siquiera presté atención en clases. Cada vez que mi teléfono vibraba, lo revisaba enseguida, solo para decepcionarme al descubrir que era cualquier otra cosa menos él.

El grupo del curso o publicidad, Sophia mandándome memes desde dos puestos más allá.

Pero nunca Leo.

Cuando finalmente sonó la salida, guardé mis cosas despacio. Ya ni siquiera tenía sentido buscarlo entre la gente afuera del colegio, pero igual levanté la vista apenas crucé la puerta con un poco de esperanza. Porque una parte de mí seguía creyendo que iba a aparecer de la nada diciendo alguna excusa tonta.

Pero no estaba.

—¿Vienes? —preguntó Sophia.

Asentí distraída mientras caminábamos hacia la salida.

Entonces el celular vibró entre mis manos.

Y automáticamente sentí el corazón acelerarse.

Leo.

Abrí el chat de inmediato.

“Perdón, hoy tampoco puedo ir :(”

Eso era todo.

Ni un “¿cómo estuvo tu día?”.

Ni un “te extraño”.

Me quedé mirando el mensaje varios segundos hasta que Sophia frenó a mi lado.

—¿Qué dijo?

Le mostré la pantalla en silencio.

Ella arrugó la nariz al instante.

—Ay, no.

Tragué saliva intentando actuar normal.

—Está ocupado —dije otra vez, aunque ya ni yo me lo creía.

Sophia suspiró.

—Mia… cuando alguien quiere hablar contigo, encuentra aunque sea cinco minutos.

No respondí. Porque el problema era que yo también empezaba a pensar eso y honestamente, no sabía qué hacer con esa idea.

Era una sensación horrible.

Como estar viendo algo romperse lentamente frente a ti sin poder hacer nada para detenerlo.

Y lo peor era que ni siquiera podía decir exactamente cuándo había empezado todo.

No hubo una pelea, ni había pasado algo grave entre nosotros.

No existió ese momento cliché donde todo explota y uno de los dos decide irse.

Simplemente… Leo empezó a desaparecer poco a poco.

Y aunque yo trataba de actuar normal, cada pequeño cambio terminaba quedándose clavado en mi cabeza.

Extrañaba cosas absurdamente pequeñas.

Hasta extrañaba sus respuestas idiotas.

Todo.

Esa noche llegué a mi casa más sensible de lo normal.

Ni siquiera tenía hambre, aunque mi mamá me preguntó dos veces si iba a cenar. Le dije que sí solo para que dejara de insistir, pero terminé moviendo la comida por el plato sin ganas.

Cada cierto tiempo desbloqueaba el teléfono.

Como si en cualquier momento fuera a aparecer un mensaje suyo arreglando todo de golpe.

“Perdón por desaparecer.”

“Te extraño.”

“Oye, ¿podemos hablar?”

Algo que me hiciera sentir que todavía le importaba.

Subí a mi cuarto temprano y me dejé caer sobre la cama con el celular entre las manos. Abrí nuestro chat otra vez, aunque probablemente ya lo había hecho veinte veces ese día.




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