El colegio se sintió extrañamente vacío después de la graduación de tercero. Durante semanas todos habían hablado de eso. Los ensayos, las fotos, los profesores llorando antes de tiempo, los estudiantes corriendo de un lado a otro organizando cosas para la ceremonia.
Y al final pasó tan rápido que casi parecía irreal.
Un viernes todavía veía a los de tercero llenando los pasillos con ruido. Y al siguiente lunes ya no estaban.
Creo que una parte de mí esperaba sentir algo más dramático cuando llegara ese momento. Algún tipo de tristeza insoportable o ganas de llorar apenas viera que su salón estaba vacío.
Pero no pasó.
Durante meses Leo había formado parte de absolutamente todos mis días. Era imposible no notar su ausencia. Había lugares del colegio que automáticamente me hacían pensar en él: las escaleras donde se sentaba a molestar a Marcos, la ventana del segundo piso donde a veces me esperaba después de clases o incluso la cancha donde fingía jugar bien fútbol solo para hacer reír a los demás.
Extrañarlo seguía siendo inevitable.
La graduación fue rara para mí.
Sophia insistió en que fuéramos porque “literalmente conocemos a medio tercero”, así que terminé aceptando aunque honestamente no tenía muchas ganas.
El auditorio estaba lleno de familias tomando fotos y profesores caminando de un lado a otro intentando mantener todo organizado. Noah se pasó la mitad del tiempo burlándose de los discursos exageradamente emotivos mientras Liam grababa cualquier tontería para subirla después.
Yo intentaba distraerme mirando cualquier otra cosa.
Porque sabía perfectamente que tarde o temprano iba a verlo.
Y asi pasó.
Leo apareció junto al resto de su promoción usando la toga oscura del colegio y, por un segundo, sentí un vacío extraño en el pecho.
Se veía distinto. Más grande, supongo.
Como si realmente estuviera dejando atrás esa etapa mientras yo seguía exactamente en el mismo lugar.
Sophia notó enseguida que me había quedado mirando.
—¿Estás bien?
Aparté la vista rápido.
—Sí.
Pero era mentira.
Porque verlo ahí terminó de hacerme entender algo que llevaba evitando aceptar desde hacía meses:
Ya no éramos parte de la vida del otro. Y probablemente nunca volveríamos a serlo.
Durante la ceremonia apenas cruzamos miradas una o dos veces. Nada importante. Nada que significara algo.
Él estaba con sus amigos y yo con los míos.
Como dos personas que alguna vez se conocieron muchísimo… y después dejaron de hacerlo.
Y honestamente, quizá era mejor así.
Cuando todo terminó, el lugar se llenó de abrazos, flores y gente llorando porque “el colegio se acabó”. Noah decía que jamás entendería por qué todos actuaban como si fueran a morir al día siguiente mientras Liam se reía grabándolo.
Sophia estaba hablando con unas chicas cerca de la entrada cuando vi a Leo a unos metros.
Y con él estaba ella.
Ahora estaban juntos oficialmente.
No hacía falta que alguien me lo dijera. Se notaba en la forma en que caminaban cerca, en cómo ella se acomodaba junto a él mientras hablaban con otros compañeros o en las pequeñas miradas que compartían creyendo que nadie las veía.
Sophia apareció a mi lado unos segundos después.
—¿Ya te quieres ir?
Miré una última vez hacia donde estaba Leo.
Él se rio por algo que dijo Marcos y luego la chica le acomodó algo en la toga.
Y ahí entendí que ya no quería seguir aferrándome a algo que claramente había terminado hace tiempo.
Suspiré bajito.
—Sí. Vámonos.
Mientras salíamos del colegio sentí el aire frío golpearme la cara y, por primera vez en mucho tiempo, no tuve ganas de revisar mi celular esperando un mensaje suyo.
Mi primera experiencia terminó haciéndome sentir insegura, confundida y constantemente preocupada por alguien que simplemente dejo de quererme de un dia para otro.
Y preferiría no volver a pasar por eso.
Sophia decía que yo hablaba como una señora divorciada de cuarenta años cada vez que tocábamos el tema, y Noah se burlaba diciendo que “mi desarrollo de personaje había estado fuerte”. Y aunque al principio me molestaba, con el tiempo terminé riéndome con ellos.
Las vacaciones comenzaron casi sin darme cuenta. Un día estaba en el colegio quejándome de tareas y exámenes finales, y al siguiente ya estaba despertando tarde, sin uniforme, sin el sonido de la campana, sin el ruido constante de los pasillos.
Los primeros días los pasé pegada a mis amigos.
Sophia venía a mi casa casi todas las tardes, Noah se había vuelto más confiado así que de vez en cuando aparecía con excusas ridículas tipo “vine a traer comida” cuando claramente solo quería molestar, y Liam organizaba salidas improvisadas que terminaban siendo más caminatas largas que planes bien hechos.
Poco a poco comenzaba a sentir los días livianos. Como si pudiera respirar sin tener el pecho apretado.
Una tarde, estábamos sentados en la vereda de mi casa comiendo helado cuando Noah se tiró hacia atrás, apoyando las manos en el suelo.
—Esto sí es vida —dijo, mirando el cielo—. Sin deberes, sin profesores, sin estrés.
—Sin cerebro también —respondió Sophia.
—Eso es opcional.
Liam se rio bajito mientras yo negaba con la cabeza, sonriendo.
—Son imposibles —murmuré.
—¿Nos amas? —dijo Noah inmediatamente.
—No.
—Mentira —insistió.
Y así se nos pasaban los días.
Entre bromas, silencios cómodos y planes improvisados que nunca salían exactamente cómo los organizábamos, pero igual terminan siendo buenos.
Hasta que una mañana, mi mamá entró a mi cuarto sin avisar.
—Levántate —dijo.
Me giré en la cama, todavía medio dormida.
—Es temprano…
—Empaca algo ligero.
Parpadeé. —¿Qué?
Ella sonrió apenas.
—Nos vamos de viaje.
Me quedé quieta unos segundos, procesando la información.