Cuarenta minutos después, llegó todo lo que se había pedido. Deprisa le administraron medicamentos por medio del suero y se le colocó un inhalador conectado a un pequeño tanque de oxígeno.
—Ahora solo queda esperar… —murmuró el médico. María, aun así, continuó poniéndole paños de agua sobre la frente, mientras Matías aguardaba silencioso, atento.
—¿Le hablarás a Cristóbal?
—No lo sé. Si no mejora no tengo alternativa.
El silencio se apoderó del lugar durante algunas horas, mismas en las que los tres se limitaron a verla ahí, postrada, aguardando y rezando para que los medicamentos y remedios surtieran el efecto deseado.
Ya pasaban de las doce, la temperatura parecía no ceder. Matías no se había mudado el pantalón húmedo y llevaba puesta tan solo la camisa por encima. Ramiro le tomaba la presión en plazos regulares; al igual que los latidos y su respiración, nada cambiaba.
De pronto Andrea comenzó a hablar. Todos se pusieron en guardia de inmediato. Movía su cabeza agitada de un lado a otro.
—Mayra, basta… no… —sollozaba, afligida. María buscó la mirada de Matías desconcertada y con el ceño fruncido. Costaba entender sus palabras, aún más con la máscara que suministraba oxígeno, pero ambos estaban seguros de lo escuchado. Matías se acercó hasta quedar a un lado de la mujer y así poder ver mejor el demacrado rostro de Andrea sufrir por sus delirios—. No, él no… Te odio, para esto —rogó. Y de pronto un llanto convulso se apoderó de su débil cuerpo.
—¿Qué sucede? —preguntó Matías a Ramiro, preocupado.
—Está delirando, debe ser algo que la perturba… No lo sé, hay esperar. Si en unas horas no empieza a ceder me parece que no tendremos más opción que trasladarla; el arácnido era bastante ponzoñoso o intervenimos tarde.
—María, ve a descansar, yo me quedaré aquí. No vale la pena que los dos estemos agotados.
—Hijo… —replicó. Este colocó una mano sobre su hombro con afecto. De verdad esa mujer de acero se había encariñado con Andrea, jamás hacía cosas así por nadie.
—Por favor… si no quieres irte a tu casa, descansa en uno de los cuartos. Yo te avisaré ante cualquier cambio —prometió. María asintió resignada. Sabía que con Matías no podría discutir a pesar de que él lucía también bastante mal.
—Pero primero cámbiate de ropa; tú enfermo no nos servirás de mucho.
En ese momento recordó que aún llevaba puesto el pantalón húmedo y la camisa abierta. En cuanto regresó, ya seco, María se marchó.
Él continuó con la labor de la mujer. Le cambiaba los paños cada vez que se calentaban mientras le acariciaba el rostro, estudiando cada hermosa facción.
Necesitaba verla sonreír, quería ver con urgencia esos ojos verdes que lo intrigaban tanto. Había sido injusto con ella, debía decírselo. Tomó uno de sus mechones y se lo acomodó tras la oreja sin dejar de contemplarla.
Volvió a inquietarse, continuaba farfullando incoherencias, sin embargo, no pasó desapercibido el nombre de aquella mujer. ¿Qué escondía?, ¿por qué le pedía que se detuviera? Limpiaba sus lágrimas con suavidad para luego continuar refrescándola.
Eran un poco más de las tres de la mañana cuando comenzó a sudar tanto que las sábanas parecían estar entrando a un río. Matías y el médico estaban exhaustos.
—Ramiro, está empapada —avisó. Este se levantó de inmediato del sillón donde se encontraba dormitando. Le tomó la temperatura volviendo a revisarla.
—La fiebre comenzó a bajar, gracias a Dios. Está respirando mejor al fin —anunció aliviado.
Matías soltó el aire contenido. Eso quería decir que lo que seguía era recuperarse, que volvería a verla andar por doquier con esa sonrisa pegada al rostro.
—¿Y ahora qué?
—Debe empezar a mejorar.
—De acuerdo.
—Las indicaciones las daré mañana, ahora hay que esperar a que siga bajando la temperatura y luego cambiar las sábanas para que no le dé gripe, en sus condiciones no es lo ideal.
—Bien, yo me haré cargo. Al lado hay una habitación, descansa y cualquier cosa te despierto, ¿sí?
—¿Seguro?
—Claro, no sabes cómo te agradezco todo lo que has hecho hoy.
—Me parece que tú has hecho más, Matías, de todas formas no me des la gracias, es mi trabajo y te tomaré la palabra. Si no hay más novedades, por la mañana vendré, ¿de acuerdo?
El dueño de la hacienda, asintió sin soltar la mano de Andrea, que mantenía sujeta desde hacía varias horas.
En cuanto dejó de transpirar de esa manera, la destapó poniéndole enseguida otra frazada seca que se encontraba a los pies de su cama y con la cual Ramiro se había estado cubriendo. La envolvió con cuidado, movió el pequeño tanque con el que respiraba y la ubicó al otro extremo de la cama. Observó el desastre que era la habitación; lo primero que debía hacer era vestirla.
Buscó entre su ropa algún pijama que fuera fácil de poner. Encontrarla fue sencillo, todo estaba inmaculado ahí. Pestañeó observando todas sus cosas cuidadosamente dobladas o colgadas. Ella era así: organizada, comprendió al sentir otro pinchazo en su corazón.