Estaba despierta, mortalmente pálida, con la frazada bien aferrada y cubriéndose hasta el cuello. Veía a Ramiro desconfiada, con temor, mientras este intentaba explicarle quién era, pero la joven parecía no importarle, le exigía que se alejara.
—Ramiro… espera —pidió bajito.
Al escuchar la voz de Matías, Andrea se relajó un poco. El dueño de aquella hacienda, se acercó despacio hasta quedar a su lado, se hincó en el piso para estar a su altura y la miró con toda la ternura de la que era capaz.
Se hallaba asustada, eso era más que evidente.
—Andrea, te presento a Ramiro, es médico. Ayer te picó un alacrán y estuviste muy mal. Permite que te examine… Por favor —rogó conciliador. Sus ojos agotados y hundidos pestañearon varias veces, de verdad estaba muy demacrada.
—¿Un alacrán? —repitió.
No se acordaba de nada. Despertó sintiéndose muy cansada y adolorida. Lo siguiente que vio fue que ese hombre le bajaba la frazada para intentar descubrir su pecho. Los recuerdos de sentirse tan expuesta en diferentes ocasiones y no saber qué había ocurrido la golpearon sin piedad.
—Sí, te picó en el campo… —respondió y la ayudó a recostarse de nuevo; no dejaba de verlo.
—Pero… no comprendo —logró decir Andrea, con voz áspera y ronca— ¿Quién… me cambió?
Matías la estudió, arrugando la frente, desconcertado. Le parecía increíble que de todas las preguntas que pudiera formular hubiera hecho esa.
—Yo, Andrea —intervino María con una sonrisa torcida—. Ahora deja que Ramiro te revise, ¿de acuerdo? —insistió. Ella asintió, más dócil. Los párpados eran como dos losas sobre sus ojos, su cuerpo acababa de hacer un gran esfuerzo al creer que debía defenderse y la pantorrilla dolía horrible.
Matías le agradeció a María con la mirada. Ambos comprendieron que algo más le había ocurrido en su pasado, su reacción fue de terror y desconfianza, a pesar de su debilidad se intentó defender, cuestión que los alertó de inmediato.
—¿Cómo te sientes? —preguntó el médico mientras guardaba todo retirando con cuidado el suero, que hasta ese momento no se había dado cuenta que traía.
—Me… duele el cuerpo, sobre todo… la pierna y tengo… sueño —dijo cabeceando. Los presentes sonrieron al escucharla.
—Es normal, Andrea, en unos días te sentirás como nueva. La zona donde fue el piquete dolerá, tomarás medicamentos para ello. Por ahora debes descansar y comer muy bien.
—No tengo… hambre —articuló débil.
—Lo sé, pero debes hacerlo, si no te volveré a colocar ese suero y no podrás ni siquiera levantarte de la cama —explicó. La joven respiró profundo—. ¿Lo harás?
—Sí…
No tenía más opciones; no quería permanecer ahí más de lo que debía.
—Enseguida te traerán algo de comer, ¿bien? —inquirió. Ella asintió ya más dormida que despierta. María mandó a la muchacha que la había estado cuidando por sus alimentos y luego los tres salieron de la recámara—. Va a estar perfectamente; si tuvo la fuerza para alejarse de mí quiere decir que solo es cuestión de días. De todas formas estaré viniendo y ustedes no la dejen excederse, la pierna dolerá y debe cuidarse.
María acompañó al médico. Matías regresó a la habitación. ¿Qué le había ocurrido como para reaccionar así ante Ramiro? Se acercó de nuevo hasta ella y se sentó a su lado.
—¿Ya… se… fue?
Pensaba que estaba dormida, no abría los ojos. Sujetó su mano con ternura evocando esos labios sobre los suyos la noche anterior; no debió hacerlo pero no pudo evitarlo, los sentimientos por ella aparecieron con total claridad al saber lo que hacía por Pedro y luego, cuando la vio así, sintió que esa vitalidad que tenía no debía extinguirse jamás, que necesitaba verla sonreír como solía, por siempre.
—Sí.
—Lo… siento —susurró. Él frunció el ceño sin comprender a qué se refería—. Me… asusté… cuando lo… vi.
—No hables, Andrea, no pasa nada. Ahora debes cuidarte, ¿sí? Ya hablaremos cuando estés mejor.
Escucharla le provocaba una necesidad tremenda de abrazarla y de jurarle que todo iría bien, que nada le ocurriría.
—Matías… —lo nombró. Abría los ojos para de inmediato cerrarlos debido a la somnolencia—. No… es… lo que tú… piensas —dijo con mucho esfuerzo. Quiso silenciarla, pero no se atrevió—. Pedro…
Tomó aire para seguir, le estaba resultando ya complicado tener fuerza para hacerlo. El hombre al ver por dónde iba, colocó un dedo cariñoso sobre sus labios, acercándose más a ella para quedar a unos centímetros de su aún enfermo rostro.
—Lo sé todo. No tienes nada que explicarme, debí escucharte… Yo soy el que lo siente, Andrea —dijo arrepentido. Ella se perdió en su mirada sintiendo cómo aquellas mariposas retornaban y la medio ahogaban por la intensidad de sus movimientos.
El ruido que hizo la chica al entrar logró que se separaran de inmediato.
—Aquí está la comida, patrón, ¿quiere que se la dé?
—No, Inés, déjala ahí, yo me encargo —dijo sin voltear. La muchacha desapareció enseguida. Andrea ya había cerrado de nuevo los ojos. Sonrió. Despacio pasó un brazo por debajo de sus hombros irguiéndola un poco. Acomodó unas almohadas en su espalda y la ayudó a recostarse en ellas. Tomó la mesilla con la que trajeron su comida y se la puso sobre las piernas—. Andrea… prometiste que comerías —le recordó. Ella abrió despacio los ojos. Se sentía exhausta—. Anda, por lo menos un poco, después dormirás lo que quieras —prometió.