—Ma… ría.
Ambos giraron. La joven intentaba débilmente incorporarse. Él se acercó de inmediato y la impulsó con ternura.
—¿Qué sucede?, ¿te sientes mal? —Ella negó bajando la vista, ruborizada.
—Necesito… ¿Puedes? —María comprendió inmediatamente lo que quería Andrea.
—Deja, hijo, yo me encargo —intervino. Él no entendió qué se le estaba escapando. Ayudó a María a poner de pie a Andrea y una vez que la tenía bien sujeta, la soltó. La chica parecía realmente abochornada cuando entraron al baño. Matías sonrió al darse cuenta de lo que sucedía.
Salió un segundo después de la habitación para darle privacidad y aprovechó para hablar con Ernesto. Era viernes y la semana siguiente esperaban visita de las comercializadoras, además, tenían varios embarques en camino y la cosecha estaba por terminar. Tardó más de lo esperado, los asuntos iban bien, pero ponerse al corriente de todo llevaba su tiempo. Al entrar vio que María ya la había acomodado sobre la cama y Andrea sonreía por algo que le acababa de decir aún con el semblante muy cansado y demacrado.
—Le comentaba a Andrea que Pedro está impaciente por verla. —Él tomó la mesilla de la comida, dudoso.
—No sé si sea buena idea, ella aún se ve cansada; no hace ni un día de lo ocurrido. —La joven dejó de sonreír sin saber qué decir. Al ver su cambio de humor lo convenció sin remedio. Solo quería verla tranquila, alegre si era posible, así que no le negaría nada que produjera ese efecto en su estado de ánimo—. De acuerdo, pero solo unos minutos y con una condición. —Los ojos de Andrea se posaron en él, desconcertada. Se daba cuenta de que ese juego de palabras solían confundirla y regresaba de inmediato a su postura desconfiada—. Que te comas todo.
Ella asintió de nuevo, sonriendo. María se hizo a un lado, dándose cuenta de que Matías la volvería a ayudar.
En esa ocasión no los dejó solos, Andrea había empezado a comer sola bajo la mirada atenta de los dos. Pronto una delgada capa de sudor cubrió su frente. Él lo notó de inmediato y sin dejarla discutir le terminó de ayudar.
María los observaba en silencio, de verdad hacían una linda pareja. Matías la miraba con adoración y ya no lo intentaba esconder; mientras ella, pese a que parecía temer de sus propios sentimientos, observaba de una manera en la que no dejaba duda de su atracción. En cuanto acabó, cayó de nuevo rendida. Ambos salieron de la habitación con cuidado para no despertarla.
—Dile a Pedro que yo le avisaré cuando pueda venir, no quiero que la agote de más.
—Tú eres el que debería descansar y comer un poco. Si quieres le decimos que suba y le cuide el sueño mientras tú bajas. Él lo hará encantado, adora a esa muchacha.
—Qué raro… —comentó con ironía. María sonrió entendiéndolo.
Bajaron y después de varias amenazas, el chico por fin pudo subir a ver a Andrea. Se sentó en el sillón cerca de su cama sin hacer ruido y la observó dormir. Se sentía responsable de lo que le había pasado, no había siquiera dormido bien. Si él no fuera tan burro nada hubiera sucedido. La quería mucho, nadie nunca lo había ayudado ni creído en él como ella lo hacía, por eso le permitía que lo regañara y le dijera sus verdades, solo Andrea podía decirle lo que realmente pensaba, nadie más.
Cuarenta minutos después, Matías se asomó a la recámara. Andrea aún continuaba dormida y Pedro sentado frente a ella, en absoluto silencio custodiando su sueño. Sonrió por lo bajo y volvió a emparejar la puerta. Se dio un baño relámpago y decidió descansar un poco, por la noche no la quería dejar sola por lo que debía aprovechar y dormir un poco.
Abrió los ojos y ya había anochecido. Observó el reloj. Eran casi las siete. Se echó agua en el rostro y salió de su habitación. Se acercó a la de Andrea, se escuchaban susurros. Hizo a un lado la puerta lentamente. Ella estaba acurrucada de lado, sonriendo por algo que Pedro le decía en voz baja. Se veía un poco mejor, la palidez continuaba. Ninguno de los dos reparó en su presencia. El cuadro le dio una profunda ternura y ganas de besarla, nuevamente. Volvió a dejarla entreabierta dejándolos un rato más solos, ella parecía disfrutar de su visita.
Bajó, al tiempo que le hablaba a Ernesto. Este entró en su estudio quince minutos después informándole los pormenores del día.
Más tarde cenó en compañía de María, no dijeron nada en serio, se hallaban agotados de tantas cosas. Cuando terminó le pidió a Inés la cena de Andrea. Al llegar a la recámara ahora sí entró haciendo un poco de ruido, pero se silenció al ver que Andrea dormía nuevamente mientras Pedro leía muy concentrado un librito que no tenía la menor idea de dónde había salido. Al escucharlo lo dejó en el sillón de inmediato.
—Se despertó hace un rato, patrón, pero de pronto se volvió a dormir.
—Muy bien, Pedro, ahora yo me encargo. —Depositó la comida en la cómoda y se acercó para prender la luz de la lamparilla—. Quiero pedirte un favor —el muchacho esperó tras él, atento—. Necesito que me ayudes a cuidarla estos días en lo que mejora. Debe estar tranquila y descansar para que se recupere rápido, su pierna le dará molestias y debe estar cómoda. —Los ojos del adolescente brillaron de alegría.
—¡Claro, patrón!, yo la cuido, verá que lo hago rebién.
—Más te vale, no debes cansarla.