Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 8 (3)

De pronto un ruido lo despertó.

—Lo siento. —Era ella y estaba tomando con esfuerzo un vaso de su mesilla de noche. De verdad que era terca. Se frotó los ojos, somnoliento, le quitó el vaso de las manos para acércaselo a los labios y pudiera darle tragos pequeños—. Matías, no tienes que quedarte aquí… puedo cuidarme sola. —Él sonrió, dejando el vaso de nuevo en su lugar.

—No lo creo. No sabes pedir ayuda, así que no me fío de ti.

—Pero…

—Nada de «peros», me quedaré aquí, asunto zanjado; no me harás cambiar de parecer… Ahora duerme. —Andrea se revolvió incómoda en la cama—. ¿Qué sucede? —quiso saber al darse cuenta de que parecía no quedarse quieta.

—Si necesito algo prometo pedir ayuda… no puedo verte dormir ahí.

—Inténtalo, no me iré.

Buscó acomodarse en el incómodo sillón cerrando los ojos para que la joven hiciera lo mismo.

—Matías… —Quiso reír ante su obstinación, no obstante, permaneció inmutable.

—Mmm.

—Por favor, vete a tu cuarto.

—Andrea, duerme ya, aún no estás bien y no tengo la menor intención de entablar una conversación a estas horas. Cierra los ojos. —Ella no sabía qué hacer, los remordimientos de saberlo ahí por su culpa no la dejarían dormir, estaba segura. Aferró con fuerza las cobijas, sintiendo sus mejillas arder.

—Tú ganas —soltó de pronto. Él abrió un ojo observándola divertido, en serio no se daba por vencida fácilmente—. No pienses mal… pero… si te vas a quedar aquí… —Podía jurar que estaba completamente sonrojada. La miró atento y esperando a que continuara. Ella desvió la vista y siguió—. Me siento muy culpable, la cama es grande, si te recuestas… creo que descansarás mejor.

—¿Estas invitándome a dormir contigo? —Arqueó las cejas provocativo. La chica abrió los ojos como platos. Ese gesto casi logró que la besara de una maldita vez.

—No… bueno… sí, pero solo porque no quieres ir a dormir a la tuya —refutó con torpeza.

—Eres muy orgullosa, y antes de pedir algo vas a preferir hacerlo por ti misma y entonces podrías lastimarte o sabrá Dios qué cosa provocar. Prefiero evitarlo y quedarme aquí. —Andrea se mordió el labio, no tenía argumentos para refutar lo que acababa de decirle—. Sin embargo… te voy a tomar la palabra. Este sillón no es nada cómodo. —La joven pasó saliva al mirarlo desplazarse en la oscuridad. Alcanzó a ver cómo tomaba unas frazadas que estaban en el otro sillón y se recostó a su lado bocarriba, cubriéndose a sí mismo sin problema. Su olor lo inundó todo. Al sentirlo tan cerca enseguida se arrepintió, sin embargo, no tenía corazón para dejarlo ahí. La había estado cuidando todo el tiempo y era lo mínimo que podía hacer—. Ahora sí… buenas noches.

—Buenas noches. —Ella le daba la espalda, pero era consciente de su cercanía de una forma muy singular, era como si pudiera tocarla sin ponerle siquiera una mano encima—. Matías… —susurró la joven de pronto girando hacia él—. Gracias… —Al escucharla decidió voltearse para quedar ambos de frente. No la veía con nitidez, sin embargo, alcanzaba a diferenciar sus rasgos sin problema. Acomodó un mechón de su hermoso cabello tras su oreja dejando su mano descansar sobre su delicada mejilla.

—No hay de qué… —Se miraron sin importar nada, la intimidad del momento los hizo perderse uno en el otro como, ya en varias ocasiones, había sucedido.

—Por todo —completó Andrea con intensidad. Ese par de palabras envolvían demasiados significados, y él lo supo en cuanto las escuchó.

—No me lo has puesto fácil. —Ella asintió perdiendo el contacto visual. No le gustó el gesto, así que tomó su barbilla e hizo que lo volviera a mirar—. Eres una enferma muy difícil, es complicado cuidarte, parece que te cuesta mucho trabajo aceptar atenciones.

Andrea pasó saliva sin poder defenderse.

—Lo siento…

—Shh, no te disculpes, no pasa nada, yo soy igual de terco, y tú… una paciente muy hermosa, así que… podría ser peor —bromeó.

La chica sonrió sin saber qué decir. Nunca alguien le había dicho eso y que él fuera el primero, hizo que todo tuviera sentido de repente. No hablaron más, se quedaron perdidos en sus miradas sin darle importancia a nada más. Andrea no recordaba haberse sentido más segura y en paz, mientras que él sabía que nunca había anhelado tanto algo en su vida.

No se percataron a qué hora se quedaron profundos, lo cierto era que el tiempo no había tenido trascendencia para ambos mientras sus ojos se encontraron conectados y ninguno de los dos había dormido tan plácidamente en años.

Andrea fue la primera en despertar. Al abrir los párpados lo primero que vio fue a Matías frente a ella: descansaba tranquilo. Lo observó un buen rato. Ese hombre generaba en su interior demasiadas sensaciones, tantas que le daba miedo aceptarlo. Casi podía asegurar que estaba enamorándose de él. Nunca había experimentado ese sentimiento, sin embargo, lo que sentía por Matías no podía ser otra cosa.

Estudió sus facciones duras y cuadradas, deleitándose. Tenía labios carnosos, cejas pobladas y pestañas onduladas enmarcándole sus enormes ojos miel, su nariz era recta y muy masculina. Su cabello castaño lo llevaba muy corto y contaba con destellos claros, gracias a que el sol lo había quemado en varios lugares. Era alto y con un cuerpo fuerte y envidiable, pero todo eso a ella no le importaba, lo que más le atraía era su forma de ser, lo que su mirada decía todo el tiempo, era bueno, noble y se preocupaba por su gente.




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