Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 10 (2)

Los días siguientes fueron una locura, aun así, procuró estar en todos los momentos donde sabía que ella estaría. Por lo que las comidas y desayunos se tornaron sagrados e inamovibles para él. Sin darse cuenta logró mantener conversaciones agradables y divertidas, aunque ella, en cuanto sentía que se acercaban a aquella parte de su vida de la que no podía hablar, cambiaba el gesto quedándose muda. Matías ya comprendía muy bien las señales: mirada desviada, silencio absoluto, así como angustia reflejada en cada una de sus facciones.

Varias veces mientras la observaba haciendo justamente eso, se juró a sí mismo que descubriría todo fuera lo que fuera. Sin embargo, ya no le irritaba, al contrario, estar a su lado era su parte favorita del día. Andrea poseía una vitalidad que pocas veces había visto en alguien, le encantaba cómo se reía con la comisura de sus ojos y cómo estaba atenta a cada una de sus palabras, como si fueran tesoros que debía guardar en alguna parte de su interior. Se dedicaba todas las mañanas a ayudar a Pedro, sabía por María que el chico no podía con ella, cosa que le daba gusto.

Esa era otra parte de esa mujer que lo tenía perdido, su ayuda desinteresada y su carácter dócil, humilde y a la vez orgulloso y aguerrido; a nada decía que no, siempre estaba dispuesta a colaborar con lo que fuera, hablaba con todos sin mostrar superioridad ni prepotencia; sin embargo, era evidente su desconfianza. Incluso con él, a pesar de todo, no se abría, mantenía ese lado oculto con un recelo impenetrable.

—Matías… ¿es necesario que esté?… —preguntó.

Odiaba las apariencias y no le gustaba tener que cuidar cada palabra. Él, que había evitado casi toda la semana algún contacto físico con ella, posó su mano sobre la suya dejándola con la boca seca, como siempre que se le acercaba un poco más de la cuenta. Su palma cálida cubrió su piel mandando oleadas de ansiedad y nerviosismo.

—No deseo que te sientas obligada, pero te confieso que a mí me harías un gran favor. Creo que junto a ti se me hará más ligera tanta formalidad. —Al comprender que tampoco le encantaban los eventos sociales no pudo seguir negándose.

—Está bien, pero me debes una. —El hombre sonrió, triunfante.

—Cuando quieras… —Le guiñó un ojo al tiempo que se levantaba de la silla—. Nos vemos en un rato, ya deben de estar por llegar. —Andrea sabía que sería una comitiva de medianas proporciones, al parecer cinco mujeres y ocho hombres, de puestos vitales en las diferentes empresas donde el padre de Matías había invertido consiguiendo, a cambio, aumentar sus canales de comercialización a Asia y Oceanía.

Al sentir el ya tan familiar beso en la coronilla de la cabeza, supo que su tiempo con él había terminado. Eso la deprimía un poco, le encantaba estar a su lado, las cosas siempre fluían sin problemas. No tenía que actuar ni pretender ser algo que no era, se dejaba llevar con una facilidad que a veces le asustaba. Sabía muy bien que no debía enamorarse; sin embargo, ya era demasiado tarde para eso, lo quería, lo deseaba y lo necesitaba. Cada vez que lo sentía cerca temía que todos esos sentimientos salieran de una forma avasalladora, arrolladora. Pasó horas preguntándose si de verdad era eso lo que por él sentía y no una enorme gratitud por tratarla como una persona digna y confiable; por ver en ella más de lo que nadie nunca había querido ver; por lograr que por momentos se olvidara de todo; por sentirse una mujer común y corriente viviendo una vida como la de cualquier otra. Sin embargo, a esas alturas, ya había desechado cualquier duda. Cada vez que la tocaba su cuerpo vibraba y se sentía más viva que nunca. Cuando le hablaba todo tenía sentido y ya no le importaba más. ¿Cómo había acabado ahí, en ese punto sin retorno?

Sintió la mirada de María sobre sí, giró regalándole una gran sonrisa como era su costumbre.

—¿Necesitas que te ayude en algo para la comida? —La mujer negó, divertida.

—No, anda, ve con Pedro, todavía tenemos tiempo.

—De acuerdo, pero si necesitas algo ya sabes dónde estoy. —María asintió, cariñosa, mientras la observaba salir todavía flotando de ahí. Ya no había marcha atrás, pensó mientras secaba un vaso. Era cuestión de tiempo para que sus sentimientos salieran a la luz. Se querían… era muy evidente, el hecho ya andaba por toda la hacienda. Y cuando los veía, como hacía unos minutos, comprendía el porqué; se perdían el uno en el otro como si intentaran fundirse.

Andrea era una buena mujer, no lo dudaba, sin embargo, no podía dejar de tener ese presentimiento de que algo no saldría bien al final entre ambos, que por mucho que lucharan, sufrirían demasiado. Sacudió la cabeza intentando sacar esa sensación. El día era largo y a media tarde debía de estar todo preparado para las visitas.

Durante toda la mañana y después de mediodía, no supo nada de él. Al llegar a su habitación para cambiarse, un vestido tradicional veracruzano negro con una sola manga estaba tendido sobre su cama junto con un lazo rojo. Era hermoso. Al lado del atuendo, una tarjeta. Dudosa, con la mirada curiosa y hormigas danzado por toda su piel, se acercó hasta ella para ver lo que decía.

Esto es solo una manera de agradecerte el favor… Sé que te verás como toda una belleza.

En menos de un segundo sus mejillas ardieron como si hubiese estado en contacto directo con una fogata de enormes proporciones. La leyó una y otra vez con una sonrisa bobalicona. Nunca en su vida creyó sentir ni la cuarta parte de lo que ese hombre le generaba con tan solo tener entre sus manos un trozo de papel en el que él había plasmado unas tiernas palabras.




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