La semana siguiente, ella entró en la rutina que Matías había propuesto. Por las mañanas se levantaba a la misma hora de siempre, desayunaban animosamente hablando de cualquier trivialidad. Después se encontraba con Pedro en la puerta trasera, justo a las siete y media. Trabajaban sin parar. Lo que hacía la entretenía y para ser honesta le gustaba. El orden era algo con lo que disfrutaba, así que organizarlo todo y deshacerse de lo que ya no servía para ella era pan comido. A mediodía, Matías pasaba por ella, logrando así las miradas burlonas de Pedro. Comían juntos disfrutando de su compañía mientras María los observaba, ya para esas alturas, divertida por aquella forma tan especial que tenían de tratarse.
Para todos en la hacienda era evidente que se querían, pero la manera que tenían de estar juntos era algo que ella no había visto nunca. Se sonreían casi todo el tiempo, se miraban con veneración y se movían con sincronía como si cada uno supiera el próximo movimiento del otro. Estaban enamorados, peor aún, parecían amarse, y rogaba a Dios porque fuera de acero lo que ellos sentían, pues se daba cuenta de que él pretendía vivir la vida a su lado. Sin embargo, la duda y miedo que a veces veía en los ojos de ella le provocaba cierto temor al respecto.
Matías, por la tarde, ayudaba a Andrea pacientemente a superar su miedo a los caballos. Sabía que aún no había mucho avance, pero parecía ya no querer salir de ahí corriendo cada vez que se acercaban, cosa que le alegraba. Luego ella enseñaba a Pedro y a las ocho de nuevo se encontraban en el comedor, ya fuera que llegaran juntos, o él después que ella. Para las nueve se acomodaban frente al televisor y veían un poco de noticias mientras conversaban sobre las situaciones del mundo.
El sábado por la tarde, después de comer, ambos se dirigieron a los establos. Ella observaba ya más cerca cómo Matías le daba de comer a Almendra mientras le acariciaba la base de la cabeza.
—¿Quieres tocarla? —Andrea mostró los dientes, insegura—. Vamos… pon tu mano sobre la mía. No tengas miedo, yo no me moveré. —Avanzó dudosa, un segundo después se ubicó tras él. Acercó su mano temerosa hacia la suya, lentamente. La veía de reojo esperando. La escuchó resoplar, sin embargo, la admiró por el coraje que tenía para hacer lo que estaba haciendo. Matías comenzó a susurrarle una especie de canción a la yegua para que estuviera muy quieta. Andrea respiró hondo y colocó su mano sobre la suya, aún temblando. Al sentir por fin su tacto sonrió sin dejar de cantar. No se movió por unos segundos. Lo que ella estaba haciendo era una de las mayores pruebas de confianza que hasta ese momento había logrado sacarle y la estaba disfrutando como si le hubieran dado la mejor de las noticias.
Poco a poco comenzó a moverse, sentía su aliento a un costado de su rostro. Él, lentamente, fue quitando su mano midiendo su reacción, pero Andrea se encontraba absorta, contemplando el rostro del animal. De pronto, en un acto rápido, la sacó y la colocó sobre la de ella. Andrea dio un pequeño respingo al darse cuenta de lo que acababa de ocurrir y lo miró nerviosa.
—Aquí estoy… nada sucederá. —Tenía los ojos muy abiertos. Asintió asustada—. ¿Te gusta? —susurró sonriendo.
—Sí… —admitió observando a Almendra, más serena. Parecía disfrutar la sensación de su pelaje bajo su piel—. Hacía muchos años… —Tuvo, para variar, ganas de abrazarla, pero no quería ni moverse por miedo a que pudiera alterarse. Estaba dando un gran paso y un movimiento en falso terminaría con el momento de inmediato. Un caballerango pasó por ahí alterando un poco a la yegua. Andrea quitó la mano con rapidez. Matías giró hacia ella esperando verla asustada, lívida. Sin embargo, sus ojos chispeaban, sonreía orgullosa con su mentón elevado y con mirada desafiante.
No pudo más, terminó con la distancia que los separaba y la besó sin importarle nada más. Perdió su mano tras su cuello y la acercó sin esperar respuesta hasta sus labios urgidos de su roce, de su sabor. En esta ocasión no fue lento como el primer encuentro, sino invasivo, exigente y cargado de deseo.
Andrea, al sentirlo sobre sí, buscó quitarse, pero su férreo agarre se lo impidió, no se lo esperaba. Al sentir el aliento cálido de Matías inundar su interior, humedecer sus labios, succionarlos y torturarlos de esa manera mágica, mística, las defensas cayeron y se dejó llevar. ¿Qué más daba? En ese momento se sentía simplemente feliz y ese hombre era el responsable de tal sentimiento.
Matías sostuvo su rostro con ambas manos, devorándola ansioso. Qué importaba dónde se encontraban, qué importaba que fuera hermana de Cristóbal, qué importaba todo lo que se decía de ella o que se llevaran diez años, él solo podía pensar que su vida sin su presencia ya no tendría lógica.
Andrea se aferró a su camisa. Su cuerpo volvía a desconectarse; sentir sus labios contra los suyos era simplemente sublime, la posesividad y seguridad de su ser sobre el suyo, más que excitante.
El hombre que la probaba gimió, perdería el control en cualquier momento; lo podía sentir bullir por toda su piel, por sus pulmones, por cada maldita hormona, que gritaban desesperadas y desatadas.
De pronto ella se alejó intentado respirar.
Matías pestañeó varias veces aún sorprendido por lo que acababa de hacer. Andrea tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados, lo miraba asombrada y parecía querer recuperar el aliento. Era como si ambos hubiesen corrido varios kilómetros. Su corazón palpitaba a paso veloz, mientras su cabeza lo reprendía por la falta de control. Permanecieron uno frente al otro un par de minutos. Estaba seguro de que en cualquier momento saldría corriendo, sin embargo, no lo hizo. Bajó la vista hasta sus pies unos segundos para luego mirar a la yegua.