Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 12 (2)

—¡¿Andrea?! —la llamó. Pero ella no se detenía, no parecía tener la menor intención de hacerlo. Apretó aún más el paso hasta que al fin la alcanzó tomándola con fuerza de la cintura. La chica forcejeó, negando.

—Déjame, ¡déjame ya! —exigió removiéndose con ansiedad, buscando con sus manos arrancar las suyas.

Matías sentía que se había adentrado en una pesadilla. Esa mujer. Pero ¿cómo?, nunca le había caído particularmente bien, pero entre eso y de lo que se acababa de enterar, había un gran trecho. Sin embargo, algo en su interior le dijo que era cierto, que Mayra se había dedicado a hacerle la vida miserable a la chica que en ese momento tenía bien sujeta y que parecía estarse fugando de esa realidad por no poder soportarla más.

—No lo haré, Andrea... jamás lo haré… —aseguró y la hizo girar con esfuerzo. Al ver su rostro desfigurado debido al dolor que su confesión le provocaba, sin poder evitarlo, lo acarició con ternura limpiando las lágrimas que derramaba. Sintió cómo un gran agujero se abría bajo sus pies y que los absorbía juntos—. Andrea, deja de luchar —susurró al ver que se iba calmando al hacer contacto con sus ojos. De pronto las lágrimas volvieron a brotar violentamente. La abrazó durante varios minutos al notar que ya no pretendía alejarse, dándole tiempo para recuperarse. Cuando el llanto disminuyó acunó su barbilla, afligido, conmocionado—. Andrea... lo que dijiste… ¿Es cierto? —Lo aceptó, vencida. Su vulnerabilidad lo atravesó, parecía sumamente agotada, incluso un tanto ajena—. Cristóbal, ¿lo sabe?

—Lo intenté pero no me creyó… Tú no sabes de lo que ella es capaz —murmuró sin dejar de verlo. Sintió un escalofrío por todo el cuerpo, la mirada de esa joven hizo que lo adivinara.

—Aun así, debes enfrentarla. —Ella se alejó negando con vehemencia al tiempo que se limpiaba el rostro con desespero.

—No sabes lo que dices… ¡Por su culpa mis padres murieron! —gritó con los puños apretados a los lados. Eso ya era demasiado y era… real. Lo podía sentir, le creía. Podía sin dificultad tocar la sinceridad de sus palabras, de su alma. ¡Mierda!

—Por Dios… Andrea —susurró.

De pronto se sintió un imbécil, le contó toda su historia creyendo que era dura, bastante triste y, sin embargo, ella llevaba viviendo una década de pesadilla. Andrea seguía demacrada por lo que temió que volviera a huir, o peor aún, perder el conocimiento en ese sitio tan alejado ya de la casa. Enfrentar un pasado como ese, de golpe, no debía de ser en lo absoluto sencillo. Se acercó afligido e intentó abrazarla, pero la chica se hizo a un lado de inmediato. Parecía un felino herido, asustado.

—No, no lo hagas, no en este momento —el rechazo dolió, no obstante, lo entendió, la forma en que le arrancó la verdad había sido cruel y brutal.

—Vamos a casa —le sugirió aún con el corazón desbocado por lo que acababa de saber. Ella asintió con desgano, comprendiendo que no tenía otra opción. Unos segundos después caminaban uno al lado del otro sin tocarse. Andrea temblaba como una hoja y el llanto era imparable, mientras Matías sentía hervir la sangre de rabia e impotencia, ambos sentimientos se apoderaban de su ser con cada paso que daba. No comprendía cómo era que había sobrevivido a algo tan espantoso y ser la persona que era.

Al llegar, subieron en silencio los escalones. Andrea iba rumbo a su recámara, sin embargo, aún no terminaban, así que la detuvo, negando.

—No, vamos a mi habitación.

Lucía muy cansada, incluso demacrada por lo que ya no discutió. Lo siguió sin decir nada. Sus ojos estaban hinchados, llenos de miedo y dolor. Él apretó los dientes, frustrado.

La recámara era más grande que la suya, justo en la entrada había una sala de gamuza oscura con corte moderno y cojines de colores alegres pero masculinos, eso fue lo único que pudo apreciar. Matías la sentó en uno de los sofás, preocupado por su estado. Lucía enferma.

—¿Cómo te sientes? —la observó atento, colocándose junto a ella.

—Matías… comprendo si no me crees… yo…

—Quiero que me lo cuentes todo… esta conversación no acabará hasta que lo hagas —zanjó con decisión. Andrea lo miró como intentando descifrar si le creía o no. Sin embargo, su tono y actitud no le decían nada.

—¿Qué quieres saber? —parecía exhausta, era evidente que ya no lucharía.

—Todo, desde el principio —se limpió las lágrimas por milésima vez con la yema de los dedos. Resopló temblorosa y jugando con las manos, ansiosa. Perdió la vista en la mesa que tenía frente a ella sin verla en realidad.

—Cuando ella entró a trabajar en mi casa, mi nana cayó muy enferma. Mis padres la contrataron para ayudar, pero gracias a su experiencia, creyeron que era la mejor opción para mí, porque mi nana no se recuperaba y pasaba más tiempo en cama que cuidándome —parecía hacer un enorme esfuerzo para no romper de nuevo en lágrimas—. Mi papá… padecía del corazón —él recordaba ese detalle, no era un secreto—, se tomaba un par de pastillas a diario. Un día, el día del accidente… —respiró profundo sintiendo cómo el evocar todo aquello abría de nuevo las heridas haciéndolas sangrar ahora sin poder contenerlas—, ella me dio la pastilla que mi padre debía tomar. Las olvidaba comúnmente, así que corrí hacia él y se la di. Él… —un sollozo escapó de su garganta—, él se la tomó dándome un beso en la frente como solía. Unos minutos después, mientras iba manejando, le dio un infarto fulminante. Murió al instante, mi madre… unas pocas horas después. El accidente fue… demasiado fuerte. —Matías la observó en silencio absorbiendo la información, anonadado, petrificado—. Yo lo maté, ¿comprendes?




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