Pedro guardó sus cosas más lento de lo normal. Andrea lo observó adivinando que en unos segundos le mencionaría algo sobre lo sucedido a mediodía.
—A ver… dilo de una vez —el chico la miró, indeciso—. Vamos, Pedro, ¿qué quieres saber? —El chico se rascó la cabeza y se volvió a sentar a su lado.
—Bueno… pos.
—Pues —lo corrigió atenta y divertida.
—Pues… es que tú y el patrón —juntó sus dos índices un par de veces como intentando hacer referencia a que estaban juntos.
—Yo y Matías, ¿qué? —Pedro siempre lograba hacerla reír y, en ese momento, aunque la situación la avergonzaba incluso con él, le parecía divertido verlo completamente abochornado.
—Ya sabes, Andrea… pues son novios, ¿no? —sonrió ampliamente mientras Pedro se volvía a rascar la nuca—. Digo, si quieres no me contestes, por lo que vi en la tarde pos... pues sí. ¿No es cierto? —volvía a preguntarle apenado.
—Sí, supongo que sí, Matías y yo somos novios.
—Guau.
—¿Alguna otra pregunta?
—Bueno… no, creo que no. Solo que… te dije que tenía experiencia en estas cosas. —Andrea rodó los ojos al escucharlo de nuevo alardear.
—Mejor ya vete, nos vemos mañana y espero que con Irma no presumas tanto porque seguro que lo único que conseguirás son puros nabos.
—¡Claro que no! —Ya iban a comenzar a discutir como siempre cuando Matías decidió al fin acercarse. Ninguno de los dos lo había visto pues le daban la espalda pero escuchó toda la conversación desde su lugar. Ambos parecían tener una forma muy singular de comunicarse y quedaba muy claro el evidente cariño que compartían.
—Dios, de nuevo peleando. ¿No se cansan? —Ambos giraron de inmediato sorprendiéndose al verlo.
—No, patrón, yo ya me iba —miró a Andrea con las mejillas encendidas—. Hasta mañana —se despidió levantando una mano y girando en dirección a la puerta trasera de la casa. En cuanto dejaron de verlo se acercó a ella y la rodeó por detrás agachándose para quedar a su altura.
—Siempre que los veo están discutiendo —su ahora novia giró y se colgó de su cuello mientras la levantaba sin esfuerzo para ponerla de pie frente a él.
—Eso no es cierto… Es solo que siempre tiene el comentario perfecto —la pegó más a él sintiendo cómo su aliento acariciaba su rostro.
—Pedro no es fácil, pero creo que contigo se topó con pared —susurraban perdidos en el éxtasis del momento. Ella enredó sus brazos alrededor de su cuello acercándolo definitivamente a su boca.
—Deja a Pedro en paz, mejor dame un beso.
—Eso no tienes que pedirlo, era justo lo que pensaba hacer.
—¿Qué esperas? —lo provocó arqueando una ceja, juguetona. Aferró firmemente su nuca e hizo exactamente eso, devorarla sin piedad, con deseo y con ardor. Unos minutos después la arrastraba a una pequeña sala hecha para exteriores que se encontraba muy cerca de la mesa en donde ella y Pedro solían estudiar. La tomó por la cintura y la acomodó sobre una de sus piernas.
—Pensé que nunca terminarían, eres una maestra muy exigente —seguía mirando sus labios con deseo. Ella podía sentir cómo miles de hormigas se estacionaban en su estómago ocasionando un caos con solo ver la forma en la que la contemplaba.
—¿Tú crees?... yo creo que no —con la yema de los dedos comenzó a dibujar el contorno de su boca lentamente.
—Ese chico tuvo suerte.
—¿Por?
—Porque… —esa caricia lo tenía completamente al límite, no podía concentrarse.
—¿Matías?
Su nombre pronunciado por ella le provocaba una ola de calor que incluso sentía que lo haría sudar. No pudo más y volvió a pegar su boca con la suya. Ella se entregaba sin reservas, se dejaba llevar sin tapujos y sin pudor. Eso solo ayudaba a que sintiera aún más deseo del que ya, por sí mismo, sentía cada vez que la veía. Mantener sus manos lejos le estaba resultando un esfuerzo titánico. La temperatura comenzó a subir peligrosamente, sentía que en cualquier momento ya no sería consciente de sus actos. La separó poco a poco no muy feliz de hacerlo, sin embargo, debía tomarse las cosas con calma, por mucho que esa mujer le estuviera haciendo perder la razón.
—Creo… que… —los dos se encontraban agitados, anhelantes.
Andrea nunca había sentido algo similar, pese a ello, la sensación la dejó queriendo más y seriamente afectada en su pulso. Ese era el deseo, ahora lo entendía. Descansó sobre su pecho, aún asombrada de lo que su cuerpo era capaz de sentir cuando él la tocaba. Estaba segura de que jamás sentiría algo similar con alguien más. Matías la rodeó, protector, intentando regular su respiración. Varios minutos después ambos estaban más tranquilos.
—Andrea, será mejor que me vaya a dar una ducha —ella asintió al tiempo que levantaba su rostro, sonriendo.
—Creo que también tomaré una —admitió pícaramente. El hombre pasó la yema de un dedo por su mejilla aún sonrojada muriendo por volver a perderse en ella.
—Lástima que deban ser separados —se permitió bromear, midiendo su reacción. Si ya estaba colorada, en ese momento pudo jurar que estaba del color de una granada rojísima.