La Navidad llegó sin que él se diera cuenta. Para ese entonces ya había decidido pasar esa temporada ahí y no en Europa, como solía hacer a excepción de unas cuantas ocasiones en las que el trabajo no se lo había permitido. Andrea no podía salir del país ni de la hacienda, pues aunque no existían cargos en su contra, ni estaba en arresto domiciliario, el juez exigió que permaneciera todo el año en Las Santas cumpliendo con su pena. Ahí debía trabajar, mantenerse ocupada y aislada para no recaer en sus vicios y no volver a cometer una imprudencia de esa magnitud; en ese paraje alejado de todo, debía madurar y aprender a adaptarse de una manera adecuada a la sociedad.
Cada vez que recordaba aquel estúpido papel que él mismo había firmado, dispuesto, en aquel entonces, a cumplir con ese deber, hervía de coraje y rabia. Andrea tenía más capacidades que muchas personas para adaptarse a la vida. Bastaba verla y conocer lo su pasado para saber que podía dar incluso lecciones sobre cómo vivir de una forma honorable a pesar de la adversidad. Sin embargo, a ella no parecía molestarle el hecho de que tuviera que estar confinada en aquel lugar, al contrario, parecía disfrutarlo y sentirse feliz de estar ahí.
Cuando la joven escuchó la conversación telefónica con sus padres en la que les informaba que no iría, fue el único momento en que la vio ser consciente de su situación; en cuanto intentó abrir la boca para convencerlo de que fuera, la acalló llenándola de besos y argumentando que nada, jamás, lograría alejarlo de ella y que solo quería estar donde ella estuviera. Eso la dejó sin palabras, aun así, él varios días después seguía percibiendo la impotencia en su mirada. Así que puso todo su empeño para que lo olvidara y continuara disfrutando como venía haciendo desde hacía meses.
Una semana antes de Nochebuena ella lo sorprendió informándole que se sentía preparada para montar a su yegua. Verla acercarse con esa confianza al animal, segura de que podía hacerlo sin dificultad, para luego subirse como si nunca hubiera dejado de hacerlo, simplemente lo dejó sin palabras, deslumbrado a decir verdad. Lo cierto era que, al principio, cuando la observó en su lomo, tuvo cierto miedo de que ese pánico retornara en sus ojos pues se quedó quieta, sin moverse. Pero unos segundos después sonrió abiertamente, asombrando a todos los que ahí se conglomeraron para presenciar ese evento.
En el corral se instaló un silencio sepulcral, nadie quería que sucediera algo que alterara un momento tan especial y esperado. Andrea le pidió a Matías, con tranquilidad, que no soltara la rienda, cosa que, por supuesto, no pensaba hacer y se deleitó mirándola montar, casi como si nunca lo hubiera dejado de hacer. Su rostro estaba iluminado como pocas veces, estaba llena de orgullo, se percibía de inmediato cómo una parte de su vida le estaba siendo devuelta y cómo ella la tomaba sin recelo ni dolor, sino con alegría y satisfacción. La gente ahí se mostró admirada y claramente complacida al ver que su miedo estaba desapareciendo de forma tan veloz, mientras ella parecía no querer bajar nunca de ese animal.
Después de aquella asombrosa tarde, todo fue más sencillo; ella poco a poco se fue soltando, ya montaba sola en el corral, a veces daba pequeños paseos que parecía disfrutar al máximo y mimaba a Almendra, al grado de que Matías pensó que esa yegua, al igual que él, no querría volver a estar con nadie más. A pesar de todo eso, ella aún no estaba preparada para hacerlo sola, si Matías no estaba a su lado o cerca, no se aventuraba tanto. Aún temía que sucediese algo que no fuera capaz de controlar. Eso a él no le molestaba en lo absoluto; estar con Andrea era la único que realmente quería, así que el hecho de que se mostrara tan aprensiva en ese único aspecto lo hacía sentir feliz.
Con el tiempo fue comprendiendo que en general esa mujer era increíblemente independiente y a veces irritantemente autosuficiente. No era que él quisiera resolver todo, sin embargo, no podía evitar la educación un tanto machista que traía a cuestas y que lo hacía sentir un poco frustrado cuando ella parecía siempre tener todo bajo control, sin siquiera pedir un poco de ayuda. Era muy clara, nada la detenía, resolvía las situaciones sin problema, jamás se quejaba y tenía una determinación impresionante. Y cuando se daba cuenta de la frustración que esto le generaba a él, lo dejaba deliberadamente tomar el control o criticaba amorosamente su carácter.
No obstante, en las situaciones de mayor intimidad, daba gracias a Dios por ser él quien contara con la experiencia y aunque se daba cuenta de que ella aún tenía cierto recelo en ese aspecto, lo dejaba llevar las riendas sin chistar. Su confianza era ciega, por lo que se empeñaba en no defraudarla siendo delicado, amoroso y deteniéndose cuando se lo pedía o se tensaba bajo su tacto. Conocía ya su piel, tenía en su lengua su sabor tatuado, pues aunque no habían llegado a tanto, sí se tocaban con ansiedad, incluso algunas veces sin prendas inocentes que dejaban muy poco a la imaginación.
Cada día que pasaba la deseaba más, pero a pesar de eso no corría, sabía que con ella todo era así, poco a poco, despacio pero que definitivamente todo ese camino lo llevaría en algún momento a lo que tanto anhelaba; estar dentro de su ser y sentirla tensa y feliz bajo su piel dando todo y tomando todo como solía. Con Andrea nada nunca sería a medias.
Para Nochebuena decidió que iba a sorprenderla. Nada era suficiente cuando se trataba de ella. Organizó cuidadosamente una íntima cena frente a la chimenea en la gran sala. Planeó todo para poder estar a solas con su belleza, como siempre la nombraba. Al estar frente a aquello que con tanto esmero preparó ese hombre que la tenía rozando la felicidad todo el tiempo, Andrea sintió cómo un par de lágrimas resbalaban por su mejilla; nadie nunca la había tratado en la forma que él lo hacía y no recordaba la última vez que esperó esa fecha con esa típica ansiedad infantil. Después de la muerte de sus padres ese día se había vuelto tan común como cualquier otro y tan horrible como los demás. Así que, al ver la pequeña mesa elegantemente adornada, con un par de velas iluminándola, rodeada por lo bajo de almohadas, percatarse del fuego chispeando como fondo de todo aquello, sintió que nunca podría ser más feliz que en ese momento.