Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 15 (2)

No quería mal interpretar sus palabras, con ella no se perdonaría ningún error. Andrea lo silenció pegando sus labios a los suyos con ansiedad, con deseo, con expectación.

—Por favor… —susurró sin aire. Desde luego no necesitó más. La tomó de la mano y la instó a correr junto a él como dos niños desesperados por presenciar algún espectáculo. Cuando entraron entre risas y caricias volvió a mirarla buscando su reiteración. En respuesta lo acercó nuevamente y lo besó, ambos ya estaban al límite.

Sin darle más tiempo, la cargó sin dejar de probar sus labios, llevándola escaleras arriba hasta su habitación. La depositó sobre el colchón, aún respirando con dificultad, muriendo por la antelación. Había soñado miles de veces con ese momento, sin embargo, no había planeado que así sucedieran las cosas. Se contemplaron por unos segundos sin siquiera poder moverse.

—Belleza… si no estás segura… —la joven se hincó sobre la cama para quedar a su altura y lo encaró confusa, con cierto temor.

—¿Qué pasa?, ¿tú no lo estás? —El recelo que leyó en sus verdes ojos derribó el último atisbo de conciencia. Tomó su rostro entre las manos y volvió a besarla.

—Nunca vuelvas a pensar eso… nunca, Andrea —pidió con dulzura. Ella sonrió asintiendo obediente contra su boca.

La elevó hasta que sus pies tocaran el piso besándola con delicadeza, con asombrosa lentitud. De pronto fue consciente de cómo las manos de esa mujer, que lo tenía embrujado, comenzaban a quitarle con un poco de torpeza el abrigo, que para ese momento estorbaba. En un ágil movimiento él terminó su labor para emprender ahora la misma tarea con el de ella. Andrea sonreía con timidez, pero anhelante, chispeante. Poco a poco, paulatinamente, fue abriendo su camisa bajo la mirada expectante de su propietaria. Sus mejillas, aun en la penumbra del cuarto, se veían encendidas, sin embargo, sonreía confiada. De pronto la parte alta de ese glorioso cuerpo quedó frente a sus ojos apenas cubierto por ese sencillo sujetador. Pasó saliva elevando la vista hasta ella.

—Eres perfecta, ¿lo sabes?

Andrea negó con sinceridad y un poco de vergüenza. Así que, sin dejar más tiempo pasar, comenzó a hacer lo mismo con la camisa de ese colosal hombre. Todo bajo su mirada también atenta y es que verla ir sacando botón por botón con sus delicados dedos, lo hacía sudar, vibrar y eso que aún no estaban completamente desnudos.

Pronto los dos estuvieron en iguales condiciones. Ella posó la mano sobre su pecho deseando sentirlo piel con piel. Sus músculos tensos la recibieron de forma cálida, mientras Matías soltaba un leve suspiro de aceptación. Andrea sonrió lánguida, coqueta, trazó lentamente con sus palmas todo su tórax, desde sus hombros pasando por sus fuertes pectorales, para descender con parsimonia hasta su plano abdomen.

—Tú eres perfecto —reviró deleitada.

El hombre detuvo su viaje con una de sus manos, la pegó a él ávido de su ser. La hizo girar sin que la joven lo viera venir, la tomó por la cadera hincándose para que su rostro quedara justo sobre la parte baja de su columna. Y sin más, recordando lo que en esa parte de su cuerpo se encontraba, tuvo deseos de cubrirse. Jamás las mostraba, las odiaba por cómo surgieron y cómo se veían, por ser el recordatorio constante de eso que tanto deseaba olvidar.

Al percatarse de su tensión, pasó un dedo por encima en una de forma tierna, dulce, luego hizo lo mismo con la otra. La piel de Andrea se erizó, no podía ser que estuviera haciendo eso y, de pronto, sintió sus labios sobre ellas, lamiéndolas, besándolas, probándolas y sin más, algo que siempre la perturbó, que detestó con fervor, se convirtió en otra cosa, en algo que tenía su huella, su aliento, su aprobación. Después de ese inigualable acto de amor, las manos de Matías se desplazaron hacia su abdomen. Ella sentía el pulso desbocado, el corazón asombrosamente acelerado y la sangre instalada en su rostro.

La observó pestañeando con una sonrisa traviesa. Sentía cómo su aliento iba caminando hasta que, girándola con lentitud, tuvo frente a ella su rostro, adherido a sus costillas. Enredó los dedos en su corta cabellera complacida, rebasada de ansiedad. En un movimiento se percató de que abría su sujetador y que él estaba justo frente a su pecho bajando con sensualidad los tirantes de este. Pestañeó comprendiendo que al fin habían llegado al punto sin retorno y que de ninguna forma saldría de esa habitación sin haber conocido, de todas las formas posibles, a ese hombre que la tocaba y acariciaba como si fuera vital hacerlo, como si acabara de descubrir lo mejor de su existir.

Matías estaba más que enardecido y complacido con sus reacciones, con su manera de verlo, con su sonrisa relajada, fácil. Ahogando un gemido de anhelo, la probó sin limitarse, torturando, mordiendo, mientras ella gemía temblorosa, sudorosa. No pasó mucho tiempo más para que hiciera lo mismo con sus pantalones y luego con los propios. Ambos sonreían con los ojos inyectados de placer, de ganas de perpetuar ese momento en especial. La fue recostando con cuidado sobre el colchón, al tiempo que iba haciendo lo mismo sin besarla, sin tocarla.

Sentirla desenfadada, rendida ante él, era algo sublime, simplemente incomparable y completamente insólito; porque si bien no era arrebatada, tampoco parecía asustada, sino ilusionada y eso solo aumentaba el de por sí ya exorbitante deseo. Sin consultarle continuó recorriendo y probando su cuerpo intentando saborearlo de pies a cabeza mientras Andrea, abandonada por completo a las sensaciones que le regalaba, gemía, se arqueaba y exigía más sin palabras; parecía estar tan fuera de sí como él. Respondía a cada uno de sus besos ardientemente, era como si quisiera tomarlo todo, sentirlo todo.




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