Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 16 (2)

Llegaron a una especie de bodegón que nunca había visto, estaba bastante retirado de la casa y no parecía haber ni un alma por ahí. La chica abrió la puerta sonriendo.

—Le dije que me esperara aquí mientras yo la buscaba, no quería que nadie la viera porque enseguida le irían con el chisme a María y se enojaría conmigo, por andar distrayéndome de mi trabajo. —Andrea asintió comprendiéndola. María era muy dura en ciertas ocasiones, aunque también sabía que Inés era muy boca suelta y un poco dispersa.

Ambas entraron, olía a humedad y a viejo, pero el lugar estaba extrañamente fresco, casi frío. Una chica con un rebozo estaba sentada sobre una roca, en una de las esquinas. No le podía ver bien el rostro ya que lo mantenía bajo.

—Ya traje a la señorita. —Andrea se acercó más para poder conversar, moría por acabar con eso y refrescarse. La visitante se levantó descubriendo su cabello y su cara.

Dejó de respirar, quedándose petrificada.

—Hola, Andy. Tanto tiempo sin vernos, veo que te acuerdas de mí. —Pasó saliva con asombrosa dificultad, las palmas le transpiraban y su corazón se detuvo. Odiaba ese apodo que esa maldita le había puesto desde hacía ya tantos años.

—Mayra… ¿Qué haces aquí? —Un sudor frío recorrió su columna vertebral, de pronto el miedo y odio acumulados por tantos años regresaron, como si nunca se hubieran ido.

—Inés, vete y vigila que nadie se acerque. —Andrea giró incrédula hacia la chica que ya cerraba la puerta, serena. Era una trampa.

¿Por qué?

—Pero siéntate… tienes mucho que contarme, ¿no es cierto? —enmudeció, su peor pesadilla estaba de pie frente a ella.

—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. Todo lo que teníamos que decirnos me parece que ya quedó claro.

—Te equivocas, Andy… no todo.

—¿Qué quieres, Mayra?... ¿qué haces aquí?

La mujer la miró de forma cínica. Era guapa, alta, tenía unos ojos negros como el carbón que contrastaban muy bien con su blanca piel y su cabello color cuervo. Su cuñada sujetó con fuerza su brazo y la hizo sentarse en la roca que hacía unos momentos había estado ocupando.

—¿No te lo imaginas?... —tomó su barbilla apretándola. Andrea se zafó de un jalón, sintiendo cómo la furia se apoderaba de ella. Se levantó nuevamente y se dirigió a la puerta; sin embargo, Mayra fue más rápida y la detuvo enredando su mano en el moño que Andrea se había sujetado hacía un momento. Pegó la mejilla a su rostro por detrás de ella.

—¡Suéltame! —exigió con furia. Encontró sus manos e intentó zafarse.

—Eres una estúpida, Andrea, te lo advertí y no me creíste. —Le dio un jalón más fuerte aún, provocando que saliera de su boca un pequeño grito de dolor—. Pero, ¿sabes? Estás de suerte… te daré otra oportunidad, y si esta vez me fallas acabarás en un psiquiátrico y tu hermanito tres metros bajo tierra, ¿comprendes? No estoy jugando, escuincla idiota —la soltó, aventándola al piso. Andrea se puso de pie enseguida, enfrentándola.

—Haz lo que quieras, no te tengo miedo. Tus amenazas ya no me asustan. —La mujer soltó una carcajada que la dejó perpleja; sin embargo, no se lo demostró.

—Veo que sigues siendo la misma. De verdad me sorprendes, nunca has sido fácil, siempre luchando, siempre defendiéndote; pero ¿no te quieres dar cuenta de que yo soy más fuerte que tú, que siempre voy un paso adelante y que si sigues enfrentándote a mí lo único que vas a conseguir es que un día me harte y deje de darte oportunidades?

—Di lo que quieras, ya no me interesa —y pretendió dejarla ahí, sin más. Debía alertar a Matías, correr hasta que diera con él y la sacaran de ese sitio.

—Qué egoísta, Andy, ¿la vida de tu hermano ya no te importa? —al escucharla se detuvo.

—Si él muere yo seré la dueña de todo… sabes bien que el testamento de mis padres así lo dispone, así que… tú te quedarás con nada y juro que si algo me sucede regalaré todo, pero al final nada será tuyo, ¿comprendes? —En ese momento se sentía más valiente que nunca, el saber que Matías estaba a su lado le daba el coraje necesario para confrontarla.

—Muy mal, Andy, muy mal —Mayra negó, con odiosa tranquilidad—, veo que te sientes muy confiada, pero… te tengo malas noticias, las cosas no son tan simples, «cuñadita» —Andrea percibió que su pulso se aceleraba, giró irritada. Conocía a la perfección esa faceta en ella y tenía pánico por lo que estaba a punto de decirle. La esposa de su hermano se sentó en la piedra, cruzando la pierna con confianza—. Iré al grano, ya sabes que no me gustan los rodeos. Estoy al tanto del tórrido romance entre tú y el engreído de Matías y debo admitir que no pierdes el tiempo, el hombre está como quiere, aunque en lo personal nunca me ha caído muy bien y tú no eres más que una niña tonta a su lado. En fin… —la joven sintió que el aire se comenzaba a tornar espeso, sabía que algo ya traía entre manos—. Sé que has vivido aquí como reina y que no has cumplido con tu castigo como las autoridades dispusieron… Pésimo, Andy, si el juez se entera de esto, Matías tendrá problemas.

—No te atrevas a meterte con él, Mayra, te lo advierto —la pelinegra se levantó de un brinco y se acercó hasta ella con el rostro deformado de rabia.

—¡Tú no me vas a advertir nada, niña estúpida! Sé que le contaste todo, sé que me están investigando gracias a tu enorme bocota. —La sujetó fuertemente de la barbilla llena de furia. Andrea la aventó con fuerza pese a que le temía, le temía demasiado y sabía que todo eso podía llegar a ocurrir—. ¡¿Cómo te atreviste a desafiarme?! —gritó mostrando su maldad como solía hacer frente a ella—. Pero como te dije, siempre voy un paso adelante y me enteré gracias a lo previsora que soy; debo confesarte que tuve que soltar una fortuna y eso no me puso muy feliz, pero al final no hay nada que el dinero no solucione y pues… tu amorcito no se enterará de nada malo sobre mí, por mucho que busque. —Andrea la miró atónita, los alcances de esa mujer nunca dejaban de asombrarla—. ¿Te sorprende? Me lo imaginaba… Como sea, eso está solucionado, pero conozco a Matías y no se quedará con los brazos cruzados. Es un hombre demasiado terco y sé que está sumamente encaprichado contigo y, como conozco por propia experiencia de lo que son capaces los hombres cuando se obsesionan con algo, debo tomar mis precauciones —el temor de Andrea ya comenzaba a tomar de nuevo proporciones estratosféricas—. No me mires así, es la verdad… Ve a tu hermano, jamás te ha creído y jamás lo hará, a lo mejor cuando ya sea demasiado tarde, pero por ahora me he encargado de que crea que soy una santa y que he sufrido mucho gracias a ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.