Andrea empacó todo sin derramar una sola lágrima, tuvo que entrar a la habitación de Matías por algunas cosas que ya residían ahí. Observó la cama, recordando cada momento que pasaron sobre aquellas sábanas, envuelta en sus brazos, dormida sobre su pecho, compartiendo su cuerpo o simplemente conversando con sus manos entrelazadas. ¿Cómo viviría sin sus besos, sin sus caricias, sin su olor?, ¿cómo pasaría cada noche lejos de él? En ese corto tiempo se daba cuenta de que se había metido mucho más hondo de lo imaginado. Había sido feliz a su lado y en ese sitio más que nunca.
—Adiós… —musitó con un hilo de voz dando un beso a su mano y haciéndolo llegar al colchón. Caminó de nuevo a su cuarto y terminó de guardarlo todo. Se quitó la cadena con la intención de dejarla; sin embargo, se la metió en el bolsillo del pantalón sabiendo que en sus momentos de soledad la necesitaría. Ese anillo representaba el amor que hacía unos momentos acababa de perder y que la acompañaría siempre pues sabía bien que jamás volvería a entregar el corazón, su vida de ahora en adelante sería muy distinta.
Una hora después, María entró a su recámara, se veía muy triste y desilusionada.
—Andrea… ya llegaron por ti —ella asintió tomando su equipaje y colgándose la mochila. Tenía un nudo enorme en la garganta que no conseguía pasar. María la detuvo por el brazo cuando iba a cruzar la puerta—. Hija… ¿Por qué haces esto?, ¿por qué mientes?, ¿alguien te dijo o hizo algo? —Andrea la miró, intentando no demostrar ninguna emoción. Esa mujer la conocía muy bien, tampoco la olvidaría, todos en aquel lugar se habían convertido sin que se diera cuenta en su familia y por lo mismo no permitiría que nadie les hiciera daño, no se lo perdonaría nunca.
—María, ya no quiero estar aquí. Prefiero irme de una vez. Gracias por todo.
La mujer la soltó, más confundida que nunca. La siguió con la mirada. Andrea parecía ajena a cualquier sentimiento, a cualquier pensamiento, era como si su alma la hubiera abandonado. María era muy religiosa, al verla así dudó por un momento de que esa chica estuviera en realidad viva, era como si estuviese vacía y la muchacha con la que estuvo compartiendo todo ese tiempo hubiera sido secuestrada, aniquilada. No le creía, algo había sucedido, confiaba plenamente en su experiencia, jamás le había fallado y sabía que con ella menos que con nadie, lo había detectado en sus ojos desde el primer instante. La dejaría un tiempo, luego la buscaría, probablemente al ver el lugar a donde iba se arrepentiría y le dijera toda la verdad.
La camioneta que Andrea vio al salir estaba prácticamente destartalándose. Un chico sucio y de mal aspecto estaba arriba, observándola con desprecio. Anduvo hacia él sin temor ni miedo. Lo que le sucediera ya no le importaba, ya nada le importaba. Dejó la maleta en la batea y abrió con esfuerzo la puerta del copiloto. Al entrar el olor a sudor la inundó.
—Rápido… tenemos prisa —el chico parecía molesto. Era delgado, no muy alto y muy moreno. Cerró la puerta fuertemente sin contestarle ni mirarlo. La camioneta se puso en marcha medio segundo después—. A ver si nos sirves de algo y no estorbas… Una señorita como tú no creo que nos saque de apuros, al contrario… —parecía muy enojado. Lo ignoró y se concentró en mantenerse en aquel lugar a donde ni el dolor ni la tristeza entraban, ese lugar donde no sentía nada y que era el único sitio seguro en esos momentos.
Fueron dejando Las Santas poco a poco. Se aferró a su mochila al salir definitivamente de ahí. Todo había terminado y ya nada volvería a ser igual.
—Bájate… ¿o qué?, ¿quiere la señorita que le ayude? —Andrea observó a su alrededor desconcertada, no se había dado cuenta de que se estacionaron frente a una vivienda muy pequeña y desvencijada. Bajó dándole igual y cargó sus cosas. Un hombre gordo, sudoroso, con media camisa abierta y con cara de pocos amigos, salió de la casa.
La miró perplejo. María le había dicho que le darían ayuda gratis por dos meses y que no debía propasarse con ella, el patrón lo había ordenado y ese hombre era de armas tomar, pero al verla le pareció muy difícil no hacerlo. Aquella mujer era una preciosura, con la mirada más extraña con la que se había topado, pero al final una deliciosa preciosura. Intentó mostrarse indiferente y calmar sus pensamientos, si la tocaba se quedaría en la ruina en un segundo. No tenía ni idea de por qué a alguien así la mandarían con él, sin embargo, no le importaba, era gratis y necesitaba gente que le hiciera el trabajo, la chica era alta y se veía fuerte, aguantaría muy bien la vida ahí.
—Vieja… lleva a esta muchacha al lugar en el que dormirá —una mujer menuda y no más amable apareció enseguida.
—Venga. Sígame, señorita. —Andrea la obedeció sin decir nada. A un lado de la casa había un cuartito hecho de madera, la mujer abrió la desvencijada puerta y le hizo señas para que entrara—. Aquí dormirá, en la casa solo hay una habitación y María apenas hoy nos dijo… —ahora le sonreía tímidamente, se veía extremadamente joven.
—Gracias, esto está bien —el sitio era más bien un intento de construcción de no más de cuatro metros cuadrados. De hecho parecía que al mínimo viento saldría volando. El piso era de tierra bien aplanada, contaba con un catre en malas condiciones y una silla de bejuco ya muy desgastada—. El baño está justo atrás —ambas salieron y le mostró una pequeña construcción de ladrillo que tenía una puerta de fierro oxidada—. Ahí se puede bañar, pero que sea por la noche, mi esposo odia que el baño esté ocupado por la mañana, si quiere yo le diré como a qué hora entre, si es que se quiere limpiar. —Andrea asintió importándole poco todo lo que la mujer le decía—. Me llamo Juana —le tendió la mano después de limpiársela con el delantal. Correspondió al gesto.