Las semanas pasaban, la vida en ese lugar era agotadora. Se levantaba muy temprano, comía la horrible comida de Juana, comenzaba a trabajar en cualquier cantidad de cosas que al asqueroso dueño del lugar se le ocurría. A mediodía siempre le daban un caldo insípido que le servía para agarrar fuerzas y continuar limpiando, cavando, arando, en fin… haciendo todo lo que era obligación de los zánganos de sus cuñados y que al verla a ella hacerlo todo sin quejarse, habían decidido adjudicarle. Se sentaban ahí, cerca, observándola lascivamente hacer su trabajo. A ella le daba igual, el dolor físico la hacía olvidar un poco el dolor emocional, cuando ya no podía más, el odio y rencor le daban nuevas energías.
Saldría de ahí en poco tiempo, tenía que pensar muy bien su siguiente paso. Si ya había llegado tan lejos con todo eso no podía arriesgarse a que Mayra cambiara de parecer y decidiera hacerle daño a Cristóbal o Matías. Trazaba sus planes día a día, no debía fallar.
Ya faltaban dos semanas para que se marchara de ese maldito lugar. Un dolor en el vientre le impidió seguir limpiando los desechos de los animales. Tomó aire intentando tranquilizarse, pero la horrible sensación le atravesaba la espalda. Se quedó ahí, agachada con una mano en el bajo abdomen. Bajó la vista hasta el lugar del dolor y abrió los ojos de par en par, helada, su pantalón estaba completamente manchado de sangre. Se levantó lentamente y como pudo salió de ahí. Necesitaba pedir ayuda. No veía a nadie y el dolor era cada vez más intenso. Intentó calmarse, llevaba días sintiéndose especialmente cansada, esa mañana el dolor en la parte baja de la espalda era sumamente fuerte, pero de inmediato se lo achacó a la llegada de su periodo y lo mucho que se excedía.
—Andrea… ¿Qué le sucede? —Era Juana, ya estaba hincada frente a ella.
—No, no lo sé… me duele —y le señaló con la vista el lugar. La mujer la observó, atónita, llevándose las manos a la boca.
—Dios… usté está embarazada, la criatura se le está viniendo. —Andrea pestañeó confundida. Juana alzó la vista y le limpió la fina capa de sudor que perlaba su frente tiernamente—. ¿De cuánto tiempo está?
—Yo… ¿De qué hablas?... Auuuu —se dobló al sentir otro espasmo. Su cabeza caviló de prisa. ¿Cuándo había menstruado por última vez? Intentó contar mentalmente, recordaba que quince días antes de salir de la hacienda la tuvo. Enseguida palideció.
—Pero… hoy comencé el periodo. —La chica negó, seria.
—No, señorita, yo he tenido varios y sé de qué le hablo, usté está preñada. —Andrea no lo podía creer, apretó la mano que tenía en su vientre instintivamente.
—Un hijo…
—Sí… pero ya no se logró. Vamos, hay que darle un baño, debe hacer cuentas pa ver cuánto lleva si no esto puede ser peligroso. —Andrea se dejó ayudar por la joven sin decir una palabra. Las lágrimas comenzaron a salir sin que pudiera evitarlo. Un bebé de ella y Matías, y lo estaba perdiendo. No podía ser, lo quería, quería conocerlo, quería sentirlo crecer dentro de ella, era lo único que tendría de él.
—Juana… haz algo, no quiero perderlo… ayúdame te lo suplico —la mujer la miró angustiada. Sabía muy bien lo que se sentía, ella misma ya había pasado por eso cinco veces.
—Señorita, no hay nada qué hacer, su criatura ya no está viva.
—¡No!, ayúdame, te lo suplico, por favor, algo debe poder hacerse. Quiero verlo, quiero conocerlo. —La muchacha sintió lástima por esa hermosa mujer que ya lloraba la pérdida de alguien a quien nunca podría acunar. En todo el tiempo que llevaba ahí, apenas si habían conversado. Siempre estaba trabajando sin descanso, parecía que necesitaba con urgencia olvidar algo, o… a alguien. Su mirada era vacía y jamás se quejaba. Sin embargo, en esos momentos hablaba más que en esas semanas y mostraba una emoción en el rostro. Estaba sufriendo, la veía con ansiedad y desesperada, pero ya era muy tarde, no existía nada que se pudiera hacer.
—Vamos, sígame, hay que lavarla, debemos darle un té pa’ que saque todo y no se ponga mala.
Andrea se resistía intentando frenarla.
—No, por favor, debe poder evitarse, dame algo, lo que sea… no dejes que se vaya —otro espasmo la atravesó.
—No, de veras créame. Dios ya decidió llevárselo, no hay nada qué hacer. Ande, vamos —en cuanto llegaron al diminuto baño la joven la ayudó a deshacerse de su ropa. Sangraba mucho. La chica abrió la llave y la hizo entrar al chorro. Ambas miraban su ropa interior, era evidente que ya no había nada qué hacer. El agua estaba helada, pero Andrea no se percató. Había estado embarazada todo ese tiempo y no pudo sospecharlo, ¿cómo era posible? No tuvo ningún síntoma, solo ese extraño dolor por la mañana que ahora entendía a qué se debía, pero en efecto, la menstruación no había aparecido, cosa que ignoraba totalmente.
Las lágrimas salieron mezclándose con el líquido transparente que la limpiaba. Sentía que la cordura comenzaba a abandonarla, su cuerpo y su mente ya no soportaban más dolor.
—Será mejor que le diga a mi viejo… Usté mañana no podrá trabajar —las palabras de aquella mujer la hicieron regresar.
—No, por favor no le digas nada.
—Pero…
—Por favor, te lo suplico, nunca le digas nada a nadie —no quería que él se enterara, que nadie lo supiera, no tenía ningún caso y solo lo haría sufrir más.