Andrea recibió la hoja de las manos de Lorenzo. Este al verla se quedó con la boca abierta. Lucía más grande y con varios kilos menos, su piel estaba algo deteriorada y su mirada vacía. Esa no parecía ser la señorita Andrea. No comprendía un rábano lo que sucedía, todos pensaban que se había peleado con el patrón hacía unos meses y que por lo mismo tuvo que abandonar la hacienda. No podía creer que todo ese tiempo hubiese estado en el rancho de ese viejo rabo verde que se la comía con sus lascivos ojos.
—¿Dónde están sus cosas, señorita?... Tengo instrucciones de llevarla a tomar su vuelo. —Andrea no comprendía.
—¿Qué vuelo, Lorenzo?
—El patrón me dijo que un helicóptero la está esperando en la Magdalena pa’ llevarla a la capital.
Al escucharlo hacer referencia a Matías, su corazón dio un pequeño brinco que enseguida se vio oprimido por su razón.
—De acuerdo… voy por ellas —el hombre la observó caminar. Esa muchacha ya no era la misma, algo muy grave había ocurrido. La recordaba hacía un año cuando la llevaba a diario a la cosecha, su mirada al principio solía ser triste y desconfiada; sin embargo, siempre le sonreía, era amable y con el tiempo hasta llegaron a bromear y hablar de cualquier cosa. Pero esa joven que veía no era la misma, algo había muerto en su interior y saberlo le generó una profunda tristeza, pues de ella todos recibieron solo atenciones y buenos tratos, nunca fue mandona ni alzada, incluso sabían de aquella vez que defendió a Ernesto con el patrón por lo del ganado. Ernesto se impresionó tanto con el cambio de Matías que no dejó de contarlo una y otra vez. Logró regresar al patrón, al cabezota de Pedro y a la dura de María. No comprendía qué podía ser tan grave como para que hubiera terminado ahí.
En cuanto la vio salir de aquel lugar que se hacía llamar cuarto, fue a su encuentro y tomó las maletas él mismo. Ella se montó en la camioneta mirando al frente, eso era lo que haría de ahora en adelante, tenía que mirar hacia adelante y jamás volver la cabeza atrás si quería conservar la poca cordura que sabía que ya tenía.
Llegó a la capital de México a media tarde, tomó un taxi y alquiló una habitación en un hotel tres estrellas cerca de donde iba a estar. Hizo un par de llamadas, pidió algo de comer, se duchó y se durmió casi en el acto.
Por la mañana, se despertó sin saber muy bien dónde estaba. Los recuerdos habían acudido rudamente hasta llenar toda su mente. Entró al baño repasando lo que ese día debía hacer, de hecho apenas si contaba con un par de horas. Su reflejo en el pequeño espejo había captado su atención, su piel estaba reseca y bronceada por el sol, sus ojos se veían más verdes por eso mismo. Observó su boca, su nariz y sus pómulos que estaban notoriamente más marcados. Su cabello, que caía como una cascada multicolor a su alrededor, le resultó imposible de mirar.
Recordaba cómo él pasaba horas observándolo, tocándolo, perdiendo sus manos una y otra vez. Lo acarició unos segundos mientras cavilaba. Necesitaba dejarlo atrás y aunque sabía que jamás iba a olvidarlo, el verse a diario esa parte de su cuerpo que Matías idolatraba, no le ayudaría. Entró en su habitación y comenzó a buscar desesperada en la maleta. Cuando al fin encontró lo que deseaba, regresó al baño. Era una navaja multiusos. Agarró decidida un mechón de cabello y, con las tijeras, se lo cortó. Cuando el primer manojo cayó al suelo, una lágrima rodó por su mejilla; no obstante, la ignoró y continuó.
Unos minutos después, una vez hubo terminado, su pelo lucía desigual, ya no pasaba de los hombros. Recogió los restos en el piso y lo tiró al bote de basura con los ojos entornados, llenos de rencor. Se sentía más ligera y muy extraña. Se dio una ducha y veinte minutos después ya iba rumbo a su destino.
El notario la recibió en cuanto la anunciaron. El lugar era elegante y clásico. Rara vez se presentaba ahí, de hecho, creía que era la segunda o tercera vez que ponía un pie en ese bufete. Ese hombre había estimado mucho a sus padres y les debía a ellos gran parte de lo que poseía. Tenía acceso a todos sus documentos legales debido a que fuera abogado de la familia desde siempre, Gregorio fue quien la salvó de no caer en la cárcel hacía un año a cambio de vivir exiliada todo ese tiempo en aquel sitio.
—Señorita Garza, puede pasar.
Una chica joven y bien vestida le sonreía amablemente mientras le señalaba la puerta. Andrea asintió, entrando enseguida.
—¡Andrea! Veo que ya estás de regreso. —El hombre debía estar rondando los sesenta años, era regordete y siempre muy amable, aunque cuando se trataba de su trabajo era implacable. Gregorio se levantó de su confortable silla de trabajo y se acercó a ella para tenderle la mano. Andrea respondió al gesto sin mostrar ninguna reacción—. ¿Todo salió bien?... Un año me parece aún un exceso, mucho más sabiendo que te implicaron, pero… bueno, era eso o enfrentar un proceso legal.
—Sí, todo salió bien, gracias —sacó de su bolso el papel que Matías le había mandado, y enseguida sintió ese dolor en el pecho al recordar.
—¿Qué es? —preguntó recargándose en su escritorio relajadamente. Esa chica siempre le había agradado, sabía que en los últimos años se había vuelto conflictiva y algo difícil; sin embargo, la justificaba. Quedarse huérfana tan pequeña no era fácil y menos aún bajo los cuidados de aquella mujer que no le terminaba de convencer y por la cual Cristóbal terminó perdiendo la cabeza.
—Son los documentos de mi liberación —estaba extraña. Si bien ya no parecía estar vestida de aquella forma tan excéntrica, algo había cambiado en su interior, eso era evidente. Su mirada siempre era de recelo y desconfianza solo que ahora tenía algo más, parecía ausente, vacía. El hombre se colocó los lentes y hojeó el documento.