Matías ya no podía más. Desde que había aterrizado en Londres, hacía un mes, no paró de trabajar. Viajaba y se mantenía ocupado todo el tiempo para no pensar, para no sentir. Sin embargo, nada lograba hacerlo emerger. Ya llevaba más de tres meses sin verla, sin saber nada de ella y cada día era peor que el anterior. La última vez que había hablado con Cristóbal, le comunicó que se iría a Europa y que tardaría una temporada en regresar por lo que a su amigo solo le quedó darle las gracias y desearle buen viaje. De ella ni siquiera conversaron, pues su hermano sabía que en unos días llegaría a la capital y que a Matías no le agradaba hablar mucho sobre ese tema en especial ya que al parecer las cosas no terminaron bien.
Había días, como ese, en que sentía una necesidad enorme de buscarla y de rogarle que lo dejara verla, con eso se conformaría. Aun así, no podía humillarse más. La última vez que la había visto fue dolorosamente clara y prefirió quedarse en ese lugar antes que regresar a la hacienda para no tenerlo cerca. Todavía no se reponía de ese golpe, sus palabras se habían clavado como cuchillos filosos en su alma. Seguía teniendo esa sensación de que no había sido honesta, y que su cambio era demasiado abrupto.
Sorbió de su expreso perdiendo la mirada en la llovizna tan común y se regañó a sí mismo. No podía seguir justificándola o intentando buscar razones para su comportamiento, ella lo había usado y no existía nada más, se burló de él tanto, que en esos momentos debía de estar revolviéndose de la risa solo de recordarlo.
Pese a creer eso, no podía odiarla, la amaba y sospechaba que tendría que aprender a vivir con ese sentimiento a pesar del dolor que le causaba. No comprendía por qué ese día sentía que esa opresión en el pecho, que lo había acompañado los últimos meses, crecía de una manera desproporcionada. ¡Vaya! Ni siquiera lograba trabajar.
Desde que había amanecido su rostro no lo dejaba pensar con claridad y por mucho que intentara ocuparse en los problemas de la empresa, no podía. Así que después de cometer un par de errores decidió salir a dar una vuelta. Sus padres se habían ido a unas pequeñas vacaciones de una semana luego de su llegada. Los comprendió, después de todo en esos momentos no era muy buena compañía. Los dos intentaron por todos los medios saber qué era lo que le ocurría y, por otro lado, era difícil que ambos tuvieran tiempo para disfrutar de su matrimonio, por lo que él mismo los instó a hacer un crucero por las islas griegas que tanto les gustaban. Pensando en todo eso, observando el gris exterior, tomó una decisión: volvería a México. Extrañarla a ella y también a la hacienda estaba siendo ya demasiado. Por lo menos allá la sentiría más cerca, aunque eso abriera aún más la herida.
Andrea y Sean se casaron en la alcaldía de Toronto ese mismo día en que Matías no lograba sacarla de su mente. El chico se hizo cargo de todo mientras ella pasaba los días comunicándose con Jean por internet o conociendo un poco la ciudad. Su compañía se tornó bastante grata a pesar de lo callada y poco expresiva que ahora era; no sonreía salvo en contadas ocasiones y lo único que lograba era un intento muy débil y poco convincente. Él decidió que dejaría pasar un tiempo para comentarles a sus padres sobre su nueva situación ya que prefería usar esa carta cuando mejor le conviniera.
A Andrea en realidad le daba igual, para ella era solo un trámite que no representaba nada y sabía que nunca lo representaría. No obstante, firmar aquellos papeles había sido como si algo dentro de su pecho se terminara de romper, eso la separaba definitivamente de él y era el punto final a esa fantasía de que algún día podrían volver a estar juntos por muy ficticia que fuera esa unión.
No hubo celebración ni nada especial, pero él insistió en que usara un vestido que le había regalado un día antes, argumentando que si el juez notaba la poca importancia que le daba y debido a su nacionalidad, podrían dudar de la legitimidad del matrimonio. Con el mismo pretexto, prácticamente la tuvo que arrastrar hasta una estética donde le arreglaron el extraño corte que traía y le alaciaron el cabello maquillándola solo un poco. El resultado no le desagradó, pero tampoco la ilusionó. Cuando Sean la vio, supo que haría todo para que ese matrimonio se volviera realidad. Le daría tiempo… era evidente que lo necesitaba, pero lucharía por ella, eso ya estaba decidido, después de todo… ya era su esposa.
Unas semanas más tarde los nuevos papeles, en donde se demostraba su nueva identidad, llegaron. Al verlos sintió que al fin era libre. Se encontraba sola y se dio cuenta de que sonreía a pesar de lo que esto significaba. Al llegar Sean y ver el sobre con los documentos sobre la mesa del comedor, sintió una oleada de ansiedad. Sabía bien lo que significaba; ella se iría, lo dejaría probablemente más pronto de lo que pensaba. Ese sentimiento de posesividad le resultó bastante desconocido; no pudo evitar que creciera después de aquel día en el que se casaron y tuvo que darle un beso frente al juez. Aún después de tres semanas podía sentir sus labios sobre los suyos. Andrea se le estaba clavando en el corazón a pesar de ser la sombra de lo que él recordaba que era y que sabía aún existía en su interior y que, por alguna razón, lo enterró.
Varias veces, cuando la observaba sin que se percatara se daba cuenta de que estaba a miles de kilómetros de ahí y no podía evitar pensar que alguien ya ocupaba su corazón y su mente y que era en él en quien pensaba, pues solo en esos momentos bajaba la guardia y se mostraba como una mujer radiante y plena; sin embargo, en cuanto percibía su presencia, volvía a ser la de siempre: callada, taciturna, desconfiada y lejana, muy lejana.