Matías había regresado ya hacía un mes de Europa. Si bien ahí tampoco estaba tranquilo, por lo menos no se sentía tan fuera de lugar. La vida de la ciudad no le desagradaba y tampoco atender la empresa que compartía con su padre; sin embargo, no era lo que a él en realidad le apasionaba. Sentir el aire acariciar su rostro, llenar los pulmones de la limpieza del campo, convivir con toda esa gente, levantarse al alba, escuchar el silencio en las noches, eran cosas que lo hacían sentir vivo y que desde la desaparición de Andrea necesitaba aún más, a pesar de que ahí todo se la recordara. Se mantenía ocupado todo el tiempo, incluso los fines de semana encontraba la manera de trabajar hasta caer rendido, pero cuando por algo eso no era posible iba, sin poder evitarlo, hacia aquel lugar en donde le había propuesto una vida juntos y donde, en algunas ocasiones, no pudieron evitar entregarse el uno al otro, quedándose horas enteras perdido en sus recuerdos y pensamientos.
Hacía más de cuatro meses de su partida; de aquel día en el que había tirado todo a la basura y, aun así, no lograba comprenderla y sabía que jamás lo haría. Él permanecería ahí sintiendo que su vida había concluido mientras que ella probablemente estuviera disfrutando de la suya sin recordarlo.
Las semanas avanzaron lentas, densas. El tiempo no se detenía y avanzaba a pesar del dolor que esto les provocaba a ambos. Ya era enero, Andrea veía transcurrir los días dándose cuenta de que cada vez se hundía más en aquel agujero. Sean le hablaba con frecuencia e iba a visitarla cuando podía, eso no le ayudaba en lo absoluto. Era evidente que los sentimientos por ella eran algo… posesivos y que comenzaba a buscar la manera de pasar más tiempo a su lado.
Cuando él iba, se quedaba en algún hotel y permanecía todo el fin de semana. La invitaba a cenar o a hacer diferentes cosas. Intentaba distraerla, ansioso por ver una sola sonrisa, pero tal parecía que, conforme pasaba el tiempo, Andrea se alejaba más de cualquier sentimiento. Sean se había convertido en amigo de Jean gracias a la preocupación que ambos compartían por la indiferencia e insensibilidad que Andrea demostraba en todo momento, por lo que en varias ocasiones intentó que la rubia le dijera lo que en realidad sucedía ya que sospechaba que sabía algo. No lo logró, siempre se topaba con respuestas esquivas y negativas constantes. Se sentía atado de manos y enamorado, muy enamorado. Era increíble que fuera su esposa y que eso no cambiara en nada la situación entre ellos. No se rendiría, Andrea volvería a ser feliz y lo sería a su lado.
—Patrón… —era Pedro. Ya era raro verlo por ahí; entre la secundaria y el coraje que le había provocado la inesperada partida de Andrea, ya no pasaba mucho por la casa. Ese día encontró un cuaderno donde aquella chica le había enseñado y sintió la necesidad de ir a preguntar por ella.
Matías estaba sentado, perdido en sus pensamientos, en unos de los escalones de cantera que daban al jardín. Hacía frío, sin embargo, a él parecía darle lo mismo. Al verlo Pedro sintió un poco de tristeza. Todos en la hacienda hablaban de lo cambiado que estaba, creían que al ella irse todo volvería a ser como solía. Ese buen hombre no volvió a ser el mismo. Andrea lo cambió como había cambiado muchas otras cosas ahí. Todos comentaban lo mucho que la extrañaba y la falta que hacía en el lugar. Incluso, Pedro sufría aún por su ausencia y aunque le guardaba resentimiento por haberse ido así, sin más, la quería y moría por volver a verla. Jamás olvidaría que gracias a esa joven estaba en la secundaria y si seguía así, pronto la terminaría. Nadie había creído en él, solo ella y ahora no tenía ni idea de en dónde estaba ni de por qué se había marchado así, sin decirle nada, sin siquiera despedirse.
—Dime, Pedro —respondió sin voltearse. El chico se sentó a su lado sin esperar a que lo invitara.
—Patrón, sé que no debería de preguntarle, pero… —Matías ahora sí lo miraba sonriendo tristemente. Ese chico se la recordaba de una manera muy especial. Al verlo dudar supo por dónde iría, su partida le había afectado mucho y sabía que él tampoco la había superado.
—Pero… ¿Qué? —Pedro se observó las manos agarrando valor.
—Pos… ¿Cree que algún día regrese? —Matías cerró los ojos al escucharlo. Moría porque así fuera; sin embargo, eso jamás sucedería. Lo odiaba a él tanto como a ese lugar, todo había sido un montaje, así que era imposible que algún día volviera siquiera a verla.
—No, Pedro… no creo.
—Patrón… sé que no debo meterme… pero pos… ¿Por qué no la busca?... Digo, pídale perdón, ella lo quería, yo lo sé. —Matías aspiró absorbiendo el dolor al escuchar lo que el chico le decía.
—Pedro… no puedo, las cosas no son tan fáciles… Créeme que si esa fuera la solución ella ya estaría aquí, pero no es así… ya se fue y… nunca va a regresar, ¿comprendes? —El muchacho asintió bajando la cabeza, triste. Al verlo sintió coraje hacia ella, él no había sido el único lastimado.
—Perdóneme… yo no debí decirle eso, usté se ve que aún la quiere, si fuera tan fácil ya hubiera ido por ella, ¿no es cierto? —Matías asintió contemplando el jardín—. ¿Cree que… ya nos olvidó? —Esa pregunta le produjo un nudo en la garganta. Ese chico no tenía por qué sufrir.
—No lo sé, es probable.
—¿Y usté?, ¿cree que algún día la olvide? —sabía bien la respuesta a esa pregunta; sin embargo, no le contestó—. ¿Sabe?, yo creo que aquí nadie la podrá olvidar, Andrea era —escuchar su nombre casi lo hizo levantarse e irse de ahí— muy especial y yo creo que ella también se acuerda de nosotros. —Matías sonrió con tristeza ante su ingenuidad. Nada le gustaría más que eso. Ya habían pasado ocho meses sin tener una sola noticia suya así que para esas alturas pensar en que esa joven por quien daba la vida los recordara, ya era imposible.