Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 21 (1)

Esa noche no consiguió dormir; se la pasó dando vueltas intentando adivinar qué querría Cristóbal y pensando qué sería de ella. Verlo le haría revivir cada recuerdo sobre esa mujer que tanto deseaba olvidar. Si bien no eran idénticos, sí muy parecidos y además eran hermanos. Cristóbal probablemente hablaría en algún momento sobre ella a pesar de saber que las cosas entre ambos, al final, no habían acabado muy bien.

Al amanecer al fin se rindió, y decidió salir a ocuparse. Su amigo llegaría al mediodía, así que trabajaría lo más que pudiera hasta entonces, para lograr mantener la cabeza bien ocupada. Ya casi era la una cuando Lorenzo le avisó que el helicóptero de Cristóbal acababa de aterrizar. Veinte minutos después, cruzaba la puerta principal de su casa. Escuchó voces en la cocina y caminó hasta allí sintiendo algo extraño en el pecho.

—Ya veo que no pierdes el tiempo…

Cristóbal estaba sentado en la mesa de la cocina bebiendo el café que tanto adulaba a María. En cuanto lo vio se puso de pie y se dieron un fuerte abrazo.

—¡Qué bueno es verte! —Cristóbal le puso una mano en el hombro, cariñoso. Para él, Matías, siempre había sido como su hermano y si bien la relación ya no era tan cercana como solía ser, gracias a los compromisos que ambos adquirieron al hacerse adultos, lo quería como en la niñez.

—Lo mismo digo… —al verlo no pudo evitar sentir cómo un escalofrío recorría su columna, nunca había sido consciente de los rasgos que como hermanos compartían hasta ese momento. Tenían el mismo color de ojos y el mismo color de piel, además, existían ciertos gestos que demostraban su parentesco. Cristóbal agarró una botella que no había visto y se la tendió.

—Te la debía… gracias por todo, de verdad, sé que no fue fácil —era una botella de vino tinto de gran reserva de las costas de Chile. La sujetó sonriendo.

—No tenías que hacerlo… pero gracias, ¿te parece si en un rato la abrimos?

—Creo que te voy a tomar la palabra —de pronto su semblante cambió y pudo notar que no se había equivocado el día anterior, algo sucedía—. Matías… necesito hablar contigo. —María enseguida dejó de cocinar el caldo de pollo y giró desconcertada con los ojos abiertos.

—Claro… ¿quieres que vayamos al estudio?

—Sí, esto es… delicado. —Matías sintió de inmediato cómo una ola de ansiedad lo golpeaba. No le gustaba para nada la expresión de su amigo y menos pensar que podía tratarse de ella lo que tenía que decirle.

Una vez dentro, se sentó donde solía y lo invitó a hacer lo mismo. Cristóbal declinó la sugerencia y caminó hacia la ventana perdiendo por un momento la mirada en el exterior. Un minuto después, volteó recargándose en el marco y cruzando los brazos, parecía en serio preocupado y muy desconcertado. Al principio pensó que probablemente se había enterado de la relación que mantuvo con… su hermana, pero enseguida lo desechó, su amigo no parecía tener la menor intención de reclamar algo. Lo estudió esperando.

—Matías… lo que voy a decirte es... Necesito contar con tu discreción y con tu ayuda si es que puedes hacerlo —asintió, serio, ya de pie con su cadera sobre un costado de su escritorio, mirándolo sin comprender qué era lo que ocurría; sin embargo, las palmas le sudaban. Cristóbal se dirigió al sillón pasándose las manos, nervioso, por el rostro.

—No sé por dónde comenzar… ¡Carajo! Me paras si voy rápido.

—Cristóbal, ¿qué sucede? —Con cada minuto que pasaba parecía verse mayor.

—Hace unos días, Gregorio, mi abogado...

—Sé quién es.

—Bien, pues hace unos días se comunicó conmigo y… me preguntó si... sabía algo de Andrea —al escuchar su nombre enseguida se puso en guardia. Cristóbal se levantó de nuevo y volvió a mirar al jardín—. No comprendí por qué preguntaba eso. Andrea me dejó una carta con Mayra en la que me pedía perdón por su comportamiento los últimos años y en la que me avisaba que quería viajar por un largo tiempo. Yo… no me molesté en hacer contacto con ella, nuestra relación es… no sé cómo describirla… complicada. —Matías comenzaba a sentir una opresión en el pecho y ansiedad, mucha ansiedad. Tanta que sentía el pulso acelerado y la respiración demasiado pausada—. Como te imaginarás le dije que no y es verdad, desde hace meses no tengo idea de dónde está. Gregorio se portó muy extraño y… me citó en su casa esa misma noche para cenar con él, bajo el pretexto de poder hablar sobre varios asuntos legales que necesitaban mi atención. Accedí al notar de inmediato que eso era una excusa. Por alguna razón él parecía haber olvidado el tema de mi hermana y hablaba más relajado de lo normal. Demonios… no sé cómo decir esto, Matías, pero… —alzó la vista hasta él con el semblante asombrosamente descompuesto, pálido— a Andrea… a mi hermana la han estado extorsionando.

Matías sintió que iba a perder la conciencia; un mareo se apoderó de su cuerpo repentinamente. Sus peores temores comenzaron a hacerse realidad. Un sudor frío dominó su columna subiendo estrepitosamente hasta la base de su nuca. Intentó con desespero regular la respiración, debía estar tranquilo, así no ganaría nada.

Cristóbal se volvió a sentar en el sillón con la cabeza hundida entre sus manos, luego de unos segundos recargó los codos en sus rodillas y volvió a encararlo.

—Ella… le cedió a Mayra todo lo que le nos dejaron nuestros padres —dijo consternado. Al escucharlo, sintió que devolvería todo el estómago, sin poder ya mantenerse de pie se sentó en la silla de su escritorio mirándolo con los ojos muy abiertos—. Lo hizo el día que regresó a la capital, mi mujer no me lo ha dicho, ya hace más de seis meses de eso. ¡Mierda!, no sabes cómo me siento. Gregorio fue el que hizo todo el trámite y… ¿Sabes por qué aceptó tal locura? —preguntó un tanto enloquecido. Matías no pudo contestarle, aunque sabía muy bien la respuesta—. Porque la amenazaron con matarme… ¡¿Comprendes?! Un hijo de puta la amenazó, y no solo eso, también con hacerte daño a ti.




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