—Cristóbal… no hables así, debes ser fuerte, tu hermana te necesita. Andrea solo vivirá tranquila hasta que esa mujer esté en prisión.
—O muerta…
—¡No!, ella debe pagar por lo que hizo y lo que ha hecho… la muerte no es suficiente… —escucharlo hablar con el mismo odio que él sentía lo impactó—. Haremos esto juntos, la hundiremos, te juro que lo haremos —la vehemencia con que lo decía no dejaba de asombrarle, en serio estaba enamorado. De repente la curiosidad pudo más.
—Matías… ¿Por qué dices que no la conozco? Dime… necesito saber cómo era aquí… quiero saber de ella, su carácter. Antes se la pasaba sonriendo, era tan fácil tenerla feliz; quiero que me digas cómo es ahora. Me doy cuenta de que no soy mejor persona que esa… mujer. María, ¿sabe todo esto?, ¿tus padres?
—No, ellos no, solo María. Ella fue la primera en saber que algo sucedía con tu hermana. Sabes lo dura que es y desde el primer día la defendió, aún creo que confía en ella. Tu hermana hizo milagros en este lugar, Cristóbal.
—Todos lo vieron tan claro, tú, María, Gregorio y… yo… yo debía de ser quien mejor la conociera, quien supiera que algo no estaba bien…
—Deja de hacerte eso, no tiene sentido. Ahora mismo te juro que me arrepiento de no haberla encerrado en una habitación aquella tarde hasta que me hubiera dicho lo que en realidad estaba pasando. Saberla sola y con miedo créeme que me está partiendo en dos, daría mi vida porque no hubiera pasado por todo esto, pero no puedo, así que no vale la pena pensar en lo que pudo ser, sino en lo que haremos, en cómo la sacaremos de todo esto —hablaba de ella de una forma que ni siquiera sospechaba; su casi hermano y su hermanita… Era una locura, otro hecho sin precedentes. No obstante, Matías era su amigo desde pequeños y aunque no le acababa de convencer la diferencia de edades, le quedaba claro que, si existía un hombre en el que pudiera confiar y que sabría cuidar de ella, ese era él.
—No te reconozco, Matías, jamás hablaste así de Tania —admitió con la mirada perdida en un pisapapeles que tenía entre sus manos. Necesitaba pensar con claridad, fríamente, no hacer nada apresurado.
—Andrea me atrajo casi al día siguiente de que llegó; desde ese momento se metió en mí y ya no pude evitarlo. Te juro que luché, luché por no sentir eso… sé que nos llevamos varios años y que crecimos juntos, pero no pude… Me atraía como un imán y… me intrigaba demasiado, tu hermana envolvió mi alma, así de simple. Lo siento, Cristóbal, supongo que debí haber luchado con mayor ahínco… Ella fue más madura que yo e intentó alejarme, pero al final… yo sabía que sentía lo mismo y… ya no pudimos negarnos más.
—No digas nada… Si ella te correspondió fue porque también lo deseaba. Ahora me doy cuenta de que mi hermana no hace nada porque sí.
—Nada. Por eso cuando cambió tan abruptamente de actitud me desconcertó tanto. Fue cínica, indiferente, su mirada era… vacía y… no logré sacarla de ahí, al contrario, entre más insistía en que no le creía, más duro atacaba, no tienes idea de las cosas que me dijo, fue hiriente y al final logré convencerme…
—Sé a qué te refieres… Esa es la Andrea que yo conozco. No sabes cómo me irritaba que se portara así.
—Puede ser demasiado frustrante, pero era una forma de defenderse, de protegerse. Ella ya estaba muy cansada de todo esto cuando me lo confesó, no comprendo de dónde sacó más fuerzas para hacer lo que al final hizo.
Duraron un par de horas más conversando. Cristóbal le suplicó que le diera detalles de su estancia ahí, necesitaba llenar su cabeza, aunque fuera por un instante, de cosas agradables y saber de ella era más que eso. Matías lo hizo a pesar de sentir que cada palabra lo llenaba de nueva ansiedad. Omitió los momentos íntimos, esos no le concernían por más hermanos que fueran, por otro lado, ya estaba teniendo bastante con hacer una remembranza de los meses más felices de su vida.
Cristóbal suspiró, impresionado y muy afectado. Su hermana era asombrosa; a pesar de lo vivido, se pudo convertir en una gran mujer, eso lo llenó de orgullo, de admiración. ¿Cómo conseguiría volver a acercarse a ella?
—Creo que es momento de pensar en lo que vamos a hacer… Temo que algo le haya sucedido, es inteligente pero… —ambos estaban sentados en la sala uno frente al otro.
—No digas eso. Gregorio ha estado buscándola y no hay registros de que le hubiera pasado algo… Andrea está bien… debe estarlo. Si no te juro que Mayra lo pagará con su propia sangre; esa mujer aún no sabe de lo que soy capaz —el odio que leyó en Cristóbal, pese a lo que ocurría, no le gustó. Su amigo se estaba consumiendo, cada minuto conociendo la verdad lo iba aniquilando y ya en ese momento solo veía esa rabiosa resolución, odio desmedido y la determinación que, sabía, lograría sacar a Andrea de todo eso. Demasiado inteligente, demasiado bravo, demasiado obstinado y demasiado lastimado. Sabía que para él ya nada sería igual, no en mucho tiempo. La desconfianza en sí ya estaba haciendo los primeros estragos. Lamentó que todo eso les hubiera ocurrido, que de alguna manera ninguno de esos dos hermanos alcanzara la felicidad.
—Cristóbal, ¿crees que te tiene vigilado?
—Seguro, por eso quise venir personalmente y no te dije nada por teléfono.
—Entonces debemos ser cuidadosos. Hay muchas cosas en juego…
—Así es. Lo que aún no comprendo es por qué Mayra no ha tomado formalmente lo que Andrea le cedió. No sé qué está esperando…