Justo cinco semanas después, que se estaban convirtiendo en siglos para él, recibió los primeros informes. Gregorio era el responsable de lo concerniente a Mayra, sabía que la información relacionada a ella comenzaría a caer prácticamente a los pocos días de que contrataran a los investigadores.
En cuanto a Andrea, ya habían encontrado algo, pero como quedaron, solo se diría personalmente. Así que viajó a Córdoba donde uno de los representantes de la agencia lo esperaba. Quedaron de verse en el café de un hotel poco concurrido. Se sentía muy ansioso y nervioso; ardía en deseos de verla, de averiguar dónde estaba y sobre todo de saber que estaba bien.
—El señor de la Torre, ¿cierto?
—Así es —el hombre ahí sentado coincidía con las características que este le había dado para encontrarlo.
—Tome asiento, aquí está lo que se ha averiguado —era una carpeta con unas cuantas hojas. Matías la agarró y cuando iba a abrirla el investigador comenzó a hablar. Parecía todo menos un exagente dedicado a eso, en realidad se asemejaba a un hombre de negocios que rondaba los cuarenta y que estaba en muy buena forma. Enseguida notó que este lo veía serio—. La mujer que busca, Andrea Garza, ha sido tan difícil de encontrar por una sola razón, señor de la Torre. Ella cambió su apellido… hace unos meses contrajo matrimonio —Matías lo miró atónito, con la sangre abandonando su rostro.
—¡¿Qué?!
—Sí, la joven viajó a Toronto hace siete meses, después de eso… nada. Así que hace unos días se nos ocurrió revisar en las alcaldías. Se desposó con un hombre llamado Sean Blake de procedencia canadiense, arquitecto y propietario de varias agencias de autos. Ella adoptó su apellido, ese mismo día solicitó su cambio de documentación y le llegaron a las semanas. El problema ha residido en que ya no está donde dejó dicho, al parecer ese lugar es en el que vivieron al principio pues él hacía una obra ahí. —Matías ya no podía escuchar. Andrea se había casado, no lo podía creer. De repente recordó que ese espantoso día le había mencionado sobre alguien que la esperaba. No comprendía. Él estaba seguro de que todo lo que le había dicho era por los chantajes de Mayra; sin embargo, en eso no mintió y entonces probablemente tampoco en el hecho de que no lo quería, no podía encontrar otra explicación—. Señor, ¿quiere revisar usted mismo el material? —Matías observó la carpeta como si fuera algo repugnante y luego al portador de la maldita noticia sintiendo que en ese momento era capaz de matar a alguien, incluso a ese hombre que se daba cuenta de cómo asimilaba lo dicho.
—¿Dónde está… ella? —El detective meneó su café y luego le dio un sorbo. Parecía estar acostumbrado a cualquier tipo de reacción.
—En eso estamos, al parecer se desplazó vía terrestre por el territorio Norteamericano y, siendo así, es mucho más complicado dar con ella ya que no necesita dar su nombre para eso. Podría estar en cualquier parte de los Estados Unidos. Hace unas horas uno de mis colegas me informó que van sobre una pista y, si esta es verdadera, me parece que en unos días sabrá en dónde encontrarla. —Matías se levantó mareado.
—Entonces espero las nuevas noticias, buen día —el hombre asintió y volvió a sorber de su taza como si nada hubiera ocurrido.
Llegó a Las Santas casi cuando oscurecía. Sabía que María aguardaba ansiosa en la cocina, pero se dirigió directo a su estudio sintiendo que la furia y el dolor lo consumían. En cuanto entró aventó los papeles con odio y se recargó bufando sobre los respaldos de una silla.
Después de todo sí lo había usado, ella sí había dicho la verdad sobre ese tema. No encontraba otra explicación, ¿por qué otra razón se habría casado con alguien más y en tan poco tiempo? Ya no pudo más y lanzó la silla golpeando así varios objetos a su paso. Colocó ambas manos en el escritorio sintiendo cómo su mundo se acababa y la rabia viajaba por su cuerpo quemándolo todo.
—¿Matías? —El ruido se escuchó hasta la cocina—. ¿Qué pasó?... ¿Ella está bien? —parecía un león herido. La mujer juntó sus manos, nerviosa.
—Debe estarlo —la forma en la que lo decía la desconcertó, pero no habló más. Volteó, tenía el rostro rojo de furia, los ojos rasados y ya un par de lágrimas viajando silenciosas por sus mejillas—. Andrea se casó. —María se cubrió la boca estupefacta—. Necesito estar solo… —Pasó a su lado desapareciendo escaleras arriba. La mujer se sentó en la otra silla aún con los ojos abiertos de par en par.
Cristóbal logró comunicarse al día siguiente con él. Al enterarse se quedó completamente mudo. Sabía lo que eso implicaba para su amigo, por otro lado, jamás había pensado que esa podía ser una opción. No había podido estar a su lado y mucho menos conocer el hombre elegido; sin embargo, algo no encajaba. Si su hermana quería a Matías como este le había dicho y lo quiso proteger, no era posible que hubiera hecho algo así. Lo único que le restó fue decirle que comprendería si no quería continuar. Pero Matías declaró que seguiría hasta que todo terminara, después de todo también estaba implicado y si las cosas con Andrea no salieron como deseaba, eso no quería decir que iba a permitir que ella se la pasara huyendo. Cristóbal admiró sus agallas, entereza y se lo agradeció sintiendo profunda pena por lo que debía estar sintiendo.
Los días posteriores a la noticia, Matías echaba fuego. Le hervía la sangre sin poder evitarlo. Ella lo había aniquilado y él había creído como un idiota en cada una de sus actitudes, de sus palabras. Con todo y ese maldito dolor la ayudaría pues comprendía que todo era, de alguna manera, su responsabilidad, por no comportarse como un hombre maduro, frente a una joven que desde pequeña llevaba cargando una losa. Andrea era diez años menor y enamorarse de alguien con tantos problemas solo podía desembocar en eso, en aflicción, pena y una nueva pérdida.