Diez minutos después, se hallaban en un pub que estaba a medio ocupar. Se sentaron en una mesa y ordenaron una cerveza. Sean parecía nervioso, mientras Matías lo evaluaba sin reflejar ninguna expresión. En cuanto llegaron las bebidas, el muchacho le dio un largo trago y aspiró con fuerza, parecía más relajado ahora.
—De acuerdo… Ya me quedó claro lo que esa mujer hizo y de lo que es capaz… Pero todavía no comprendo muchas cosas. Como por ejemplo… ¿Tú qué papel juegas en todo esto? ¿Y esa mujer la está buscando a pesar de que le cedió todo?... Discúlpame, todo esto… Dios… —el chico estaba fuera de sí, sus manos temblaban ligeramente y a pesar de que no hacía calor, sudaba. Entendía su reacción, él mismo cuando lo supo sintió que se ahogaba.
—Sean, intentaré ser breve… Andrea cometió un error hace casi dos años y por cosas de la vida terminó en mi hacienda, en Veracruz, México. Soy el mejor amigo de su hermano, la conozco desde que nació… La relación entre nuestros padres siempre fue muy buena y… cuando vivió conmigo ese tiempo… tuvimos mucho más que una amistad —los ojos de Sean se abrieron, desorbitados—. Siento tener que decirte las cosas así, pero es la verdad. Intenté ayudarla, pero no sé cómo esa mujer llegó a ella y la amenazó con sacar cosas sobre mi vida que podrían terminar con mi imagen y reputación. Andrea cambió repentinamente y me dejó por miedo a que cumpliera su promesa, luego… desapareció. —Sean se frotó el rostro perdiendo la mirada unos minutos por el bar.
—Muy bien y… ahora dime… ¿Por qué hasta ahora la buscaron? ¿Qué cambió? —Matías le dio un trago a su cerveza y cuando la dejó en la mesa, se concentró en el líquido color ámbar.
—Que ahora su hermano sabe toda la verdad y está dispuesto a llegar a las últimas consecuencias de todo esto. Pero esa mujer, como te darás cuenta, es demasiado astuta y Cristóbal no va a comenzar el proceso legal sin estar seguro de que Andrea se encuentra fuera de peligro, no tenemos idea de qué contactos tenga, así que... vine para llevarla a México, conmigo. —Sean ahora era el que lo evaluaba. Ese hombre aún la quería, se adivinaba en su forma de hablar.
—¿Y se puede saber a qué sitio? Digo, en el caso de que acepte ir.
—A la hacienda donde vivo, ahí podremos tenerla segura.
—Si es así… ¿cómo es que esa mujer se acercó a ella?... Andrea estaba ahí cuando la volvió a chantajear, ¿no es cierto? —Matías notó su cambio de actitud, era evidente que no le gustó enterarse de la relación que Andrea y él habían mantenido.
—Así es, pero en ese momento no vigilábamos, no creí que hubiera necesidad. Ahora ya tengo todo preparado para que nadie pueda acercarse —y era cierto. Había contratado un equipo especializado de seguridad que había entrenado a varios de los que colaboraban en la hacienda y además que se quedarían el tiempo que se necesitara.
—Dime una cosa… Aún la quieres, ¿no es así? —Matías lo evaluó y asintió un segundo después. Sean sintió que el mundo se le venía abajo.
—Pero sé que es tu esposa y… eso lo cambia todo. —Por un momento, Sean contempló la idea de dejarlo con esa impresión, pero no era verdad y ese hombre estaba siendo sincero. Además, se trataba de la vida de Andrea y no iba a complicársela más.
—Sé que no tengo por qué darte explicaciones, pero tú fuiste honesto, así que yo lo seré. Andrea y yo nos conocemos desde hace muchos años… —Matías no podía escuchar, pero permaneció en silencio. Sean le narró toda su historia y aunque los celos lo tenían completamente hecho su presa, saber lo que ella había hecho por él no pudo más que doblarle el alma. Se daba cuenta de que Andrea siempre había sido así, sonriente, humilde y noble, muy noble, una mujer buena desde el centro de su ser—. Cuando llegó a Toronto me dijo que la ayudara a cambiarse el nombre… —sintió que las cosas comenzaban a encajar, ¿su sospecha sería cierta?—, le dije que no, eso es demasiado arriesgado y… no me perdonaría si algo le sucediera… así que… le propuse que nos casáramos, era una forma de perder su apellido y de esa manera nos evitaríamos los peligros que lo otro implicaba —comprender el porqué de su matrimonio le devolvió en parte la paz; sin embargo, era obvio que ese joven sentía algo por ella y, por si fuera poco, era su marido, a pesar de no serlo en las mejores condiciones—. La tuve que convencer y en cuanto obtuvo sus papeles… se mudó para acá… No obstante, aunque las cosas se dieron así, tienes que saber algo: yo la amo… —Matías sintió cómo todo su cuerpo se tensaba, moría por dejarle en el rostro más de una huella de su puño. Andrea era suya, su cuerpo y su mente la reclamaban; pero ¡mierda!, debía controlarse, no era momento para sus arrebatos de posesividad, muchas cosas más importantes estaban en juego—, y aunque por ahora no es ni el asomo de aquella chica que solía ser, sé que, si todo esto termina y lo logra superar, volverá a ser la misma y yo… lucharé por ella. Siempre la he querido y no estoy dispuesto a que se me vaya de las manos sin siquiera intentar darle una oportunidad a nuestro matrimonio —el castaño tuvo que cerrar los ojos fuertemente y hacer un monumental uso de su autocontrol para no partirle la cara. Estaba hablando de su belleza, ¡maldito hijo de perra!
—¿Por qué me dices esto? —Sean lo miró, serio. Ahora parecía mayor y era evidente que no bromeaba.
—Porque me acabas de decir que tú sientes lo mismo y ambos debemos saber qué terreno estamos pisando. Te ayudaré a que se vaya contigo, es su única oportunidad para recuperar su vida y lo haré a pesar de sentir que hiervo de celos de pensarla lejos y a tu lado, pero te pediré una cosa… si decide regresar cuando todo termine, no interferirás…—ahora sí lo golpearía, estaba parloteando una serie de estupideces que, por supuesto, no pasarían, o bueno, esperaba que no. Lo decía en serio, no se rendiría, lo veía en sus ojos, en su determinación, en su maldita postura. Ese chico tenía agallas, demasiadas a decir verdad—. Sé que puedes decidir no hacerlo, pero no voy a ser quien la haga sufrir ahora con una guerra entre nosotros. La decisión será suya y ambos deberíamos respetarla.