Vio el sol salir sintiéndose impotente. Andrea no había despertado en toda la noche. María, al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, decidió quedarse en la casa.
Se duchó, tomó un café bien cargado y decidió salir un rato a montar. Al llegar a aquel árbol, que lo consideraba su compañero pues recurrió a él en casi todos los momentos de su vida, se sintió un poco más tranquilo. Tenía que hablar con los padres de Tania, no podía permitir que se enteraran de todo de esa forma, también debía informar a los propios y sus abogados, no quería dejar nada al azar.
Cada día entendía mejor a Andrea y admiraba más sus agallas y nobleza. Le había confesado sobre la muerte de su esposa aquel día en el que ella también se sinceró, gracias a sus presiones, por supuesto. Andrea, como era de imaginarse, se percató de lo mucho que el tema le dolía y de la culpa que cargaba, así que cuando Mayra la amenazó con sacar esa información a la luz cedió sin dudarlo. ¿Cómo era posible que esas cosas ocurrieran, que personas como Mayra pudieran existir e hicieran tanto daño? Ahora no sabía lo que sucedería. Su vida, la de Cristóbal, la de los padres de Tania, la de Inés y su hermana, la de Andrea sobre todo, y la de quién sabía cuánta gente más, estaba en peligro de diferentes formas. Atrapar a Mayra iba a ser como destapar una caja de Pandora, muchas cosas saldrían a la luz y más de uno sufriría por aquello.
Regresó entrada la mañana. Andrea ya se había levantado, pero no bajó, por lo que María le subió su desayuno. La joven le agradeció educadamente; sin embargo, la trató como si fuera una extraña. Se lo comió en silencio y con la vista perdida en aquella ventana donde varias veces la había visto leer o escribir sin parar sobre sus flores.
Qué lejanos eran esos momentos ahora. María no la quiso presionar y se lo informó a Matías. Ambos decidieron darle su espacio, no querían alterarla, lo que venía iba a ser aún peor y Andrea tenía que estar fuerte y preparada para encarar su pasado de esa forma.
Trabajó el resto de la mañana fuera de casa. El ambiente ahí lo sofocaba, saberla tan cerca y a la vez tan lejos lo enloquecía. A mediodía ya iba de regreso cuando le avisaron que Cristóbal estaba aterrizando. Desde que había instaurado la vigilancia, todo se lo reportaban a él personalmente. Y a la casa nadie tenía acceso a menos de que lo autorizara. En cuanto supo que se encontraba ahí se alertó, algo debía estar ocurriendo para que se presentara así, de improviso. Cabalgó lo más rápido que pudo, deseaba con toda su alma que no fueran malas noticias.
Llegó unos minutos antes de que él entrara. Fue a la cocina esperando ver a María, pero recordó que la mujer le había mencionado, en algún momento de la noche anterior, que iba a ir personalmente al mandado para comprar lo que sabía que a Andrea le gustaba de comer. Indira era de su absoluta confianza; sin embargo, se le dieron órdenes de no ir a la recámara de Andrea hasta que Matías o ella llegaran. No podía arriesgarse a que esa mujer, por algún motivo, supiera dónde estaba e hiciera contacto con ella encontrando una nueva forma de manipularla. Se tomó de un trago el enorme vaso con agua y salió para recibir a su amigo. Cristóbal abrió la puerta casi en el mismo instante en el que Matías iba a hacerlo.
—Matías… siento no avisar —se dieron un fuerte apretón de manos y un abrazo.
—Sabes que no necesitas hacerlo, pero me tomaste por sorpresa. Ayer ya no me devolviste la llamada. —Cristóbal parecía varios años mayor, se veía decaído y fatigado, incluso ojeroso.
—Matías… quiero verla, necesito verla y además ya supe lo de la chica que ayudó a Mayra, hoy hablé con ella en la mañana en casa de Gregorio —el dueño de aquel hermoso lugar asintió, haciéndolo pasar al estudio donde cerró una vez que estuvieron dentro.
—Siéntate, te ves cansado. —Cristóbal hizo presión sobre el puente de su nariz con sus dedos una vez que se hubo acomodado—. ¿Quieres algo de tomar? —Negó aún con los ojos cerrados.
—Esto es una pesadilla, no sé cuánto tiempo más lo soporte… —Matías lo observó comprendiéndolo. Cristóbal alzó el rostro y le devolvió la mirada—. No sabes lo que es tener que fingir día y noche. Ahora que sé de lo que ha sido capaz, cada cosa que hace me repugna y más de una vez he pensado en terminar con ella yo mismo. Mayra es una excelente actriz, en serio muy buena —permaneció en silencio unos minutos y se puso de pie—. Me da asco, la odio con toda mi alma, se acerca y me da náusea. Ya no sé qué pretexto inventar, pero no soporto ni compartir la casa… ¡Mierda!, esto es mi puto castigo por estúpido.
—Cristóbal, debes tener paciencia y tranquilizarte. Hay muchas cosas en juego… lo sabes. Por otro lado, no será eterno. Lo que haces tendrá buenos resultados, ya verás.
—Sí, lo sé, solo por eso soporto este maldito infierno, por mi hermana, por mis padres, por verla en prisión el resto de su jodida existencia —volvió a sentarse frente a él—. Llegaré hasta el final, porque lo que esa malnacida ha hecho es imperdonable… ¿Sabes que al parecer también mató a la nana de Andrea? —Su amigo absorbió la nueva noticia intentando mantenerse tranquilo—. Aún están buscando pruebas, pero todo indica que lo tenía planeado… ¿De qué más me enteraré? Te juro que tengo miedo de seguir escarbando, solo sale porquería y más porquería. Temo por la vida de Gregorio, por la tuya y obviamente por la de Andrea… Yo los arrastré a esto. No tiendes idea de lo mal que me siento. Que pasara esta asquerosidad bajo mis narices, que fuera un total y absoluto imbécil.