Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 24 (2)

—Hijo… ¿qué pasó? —Era María, que estaba aún agitada y conmocionada. Matías se hallaba hincado al lado del cuerpo laxo de Andrea, tomándola de la mano, con el rostro escondido a un lado de su cadera y dejando salir las lágrimas, sollozos llenos de dolor e impotencia. Cristóbal observó todo recargado a un lado de la puerta, con las mejillas también humedecidas después de ser testigo de aquel lastimoso episodio.

—Perdió el conocimiento… Esto es una maldita pesadilla. —María giró hacia Cristóbal al escucharlo, ya que Matías no se movía. Los tres permanecieron quietos intentando procesar lo que acababa de suceder. Esa niña de sonrisa fácil, de mirada limpia, de palabras dulces, había perdido la razón.

Andrea empezó a sacudir levemente el rostro, estaba despertando. Eso puso en alerta enseguida a todos. El hombre que tenía a un lado se preparó para un nuevo embate. Se enderezó a su lado esperando que su cuerpo adolorido tuviera las fuerzas suficientes para otro ataque.

—¿Andrea? —susurró. No quería alterarla más. Ella al escucharlo giró hacia su voz. Un llanto convulso se apoderó de la joven de inmediato. Se sentó y sin que él pudiera siquiera adivinarlo, se colgó de su cuello y continuó dejando salir de esa forma todo lo que la acongojaba y consumía, escondida en el hueco de su hombro. No reaccionó por unos segundos, pero al hacerlo la abrazó sin perder el tiempo. No se atrevía a hablar.

—Yo… lo siento… Yo lo quería, te lo juro que lo quería. No te lo dije porque no sabía. Perdóname…

—Shh… —le acarició la espalda, angustiado, Andrea continuaba temblando como una hoja y no paraba de llorar.

—Era tuyo y mío, te juro que no sabía… —sollozaba aferrando su camisa con ansiedad, con tristeza.

—Tranquila… lo sé… No debí reclamar nada —no parecía tener intenciones de parar, lo abrazaba con fuerza, pegándolo a su cuerpo, desesperada.

—Perdóname… —escucharla lo estaba aniquilando lentamente y haciéndolo sentir más miserable que nunca.

—No, Belleza… no hay nada que perdonar, tranquilízate por favor.

No sabía qué decirle, él mismo ya estaba en shock; llevaba varias noches sin dormir bien y la anterior ni eso. Su cabeza daba vueltas, la información que había recibido ya era demasiada y ni siquiera había podido procesarla, por eso la provocó deliberadamente de esa forma. Pero ella lo necesitaba y jamás la dejaría, pasara lo que pasara. Él siempre estaría a su lado, porque Andrea era todo y ahora que la tenía tan cerca después de tanto tiempo se daba cuenta de que sin esa belleza de ojos verdes nada tendría sentido, esa mujer era su razón de vivir.

—Ya no quiero lastimar a nadie, ya no quiero lastimarte… —susurró atormentada.

—No lo harás… —su llanto fuera de ir cediendo se volvía cada vez más angustioso e intenso.

—Sí… sé que sí… ya no queda nada dentro de mí —al escucharla hablar así sintió que la perdía de nuevo, sus nervios podían estar alterados, pero hablaba con plena conciencia.

—Tienes que tranquilizarte. Te lo suplico, mi amor —ella negaba moviendo su rostro sobre su pecho y su cuello. Sentía su aliento, su calidez y no podía evitar querer amarla. Nunca había deseado tanto a una mujer. Andrea despertaba todos sus sentidos con una sola caricia, con una sola mirada… era suya y él definitivamente de ella, sin remedio y para siempre.

—¿Matías? —No se movió ni un milímetro. Percibiendo cómo Andrea enseguida se ponía en tensión por lo que la presionó aún más cerca de su cuerpo—. Matías, permíteme examinarla… —era Ramiro. Este le puso una mano en el hombro, logrando así que volteara.

—No me sueltes… no me dejes, Matías —no podía con eso, no con su súplica, con su ruego, con su nombre en esos dulces labios. Estaba bien enganchada a él.

—Belleza, deja que te revisen, no estás bien.

—No, no… no —la acunó como si fuera un bebé sobre sus piernas, de ese modo logró ver su rostro, al hacerlo sintió un hueco enorme en el estómago; sus bellas facciones estaban transformadas por el llanto y el sufrimiento. Un dolor agudo se instaló en su pecho—. Matías… —lo miraba suplicante negando con vehemencia mientras lloraba. Él asintió con determinación, la cargó sin esfuerzo y la colocó de forma que quedara expuesta al médico pero que solo lo viera a él. Acarició su mejilla con infinita paciencia, mientras ella seguía derramando ese líquido salado sin poder contenerlo. Pegada ahí, a su pecho, aferrada a su cuerpo, no sintió alivio, ni tampoco la dicha que se suponía, sino que fue aún más consciente de la tristeza que ella, su alma, su mujer, su… Belleza, llevaba en su interior. No pudo evitar que lágrimas resbalaran mientras besaba su frente una y otra vez. Ramiro aprovechó el momento y acercó una jeringa hasta su brazo con lentitud.

—Debe tranquilizarse… —Andrea ni siquiera parecía escucharlo, continuaba llorando de forma asombrosa, desbordada.

—Andrea, por favor… necesitas calmarte…

—No, no puedo… no —gemía temblorosa. Matías elevó su rostro con ternura para que lo mirara, ese gesto la desconcertó pues de pronto se encontró perdida en aquellos ojos con los que había soñado cada noche tras dejarlo. Ramiro reaccionó de inmediato y le suministró la sustancia.

Apenas unos segundos después, Andrea comenzó a dejar de temblar. Esperó a que el medicamento surtiera efecto ahí, con ella entre sus brazos. La sintió relajarse, serenarse poco a poco. Lucía más tranquila y los ojos se empezaban a cerrar. Acarició su rostro, esperando a que cayera en el sueño por fin. Un minuto después así fue. Limpió sus lágrimas con dedos trémulos y luego las propias. Tenía miedo, mucho miedo de que ella no lograra salir de ese estado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.