—Matías, esto es… Dios… No pensé que algo así fuera la razón de todo esto, jamás me lo imaginé, de verdad está loca… —se sentó a su lado de nuevo, buscando su mano, parecía abatida y muy confundida. En cuanto la tocó, ella se quitó delicadamente.
—Andrea, sí, y rogamos por que no usen eso a su favor en el juicio, que su orgullo no le permita ver que esa es una posibilidad, de ser así, terminaría en un psiquiátrico y ella debe estar en prisión, en ningún otro sitio.
—¿En un psiquiátrico? —repitió un tanto ansiosa. Matías resopló, asintiendo. No le mentiría por mucho que lo deseara.
—Sí, pero debes saber que, si eso sucede, cosa muy improbable porque tu hermano dará golpes letales y certeros, ahí viviría recluida por siempre. Cristóbal hará que eso suceda, eso no debe preocuparte —murmuró observando su reacción. La joven aspiró con fuerza asintiendo.
—Escucha, el tiempo que dure todo esto no será fácil, y debes saber que me preocupas… —lo miró, mordiendo sus labios internamente, sintiéndose aún mal por lo ocurrido.
—Matías, lo del otro día… no era yo, y siento mucho lo que te dije… Sé que estaré bien, lograré salir de todo esto por muy doloroso que sea el proceso… Cree en mí —acunó su barbilla, tierno, tomándola por sorpresa. Su rostro estaba tan cerca que pudo oler su aliento.
—Eso no lo dudes… siempre lo he hecho —la soltó comprendiendo que eso solo los dejaba en peor estado.
—Espero que todo salga bien con los padres de Tania… —la joven se puso de pie para agregar distancia entre ella y su delicioso olor. Él asintió derrotado.
—Regresaré mañana mismo si todo sale bien.
—Ojalá que así sea y gracias por decirme todo esto…
—Tenía que hacerlo… —ambos se miraron tristemente. Andrea, un segundo después, desapareció dentro de la casa. Matías contempló el lugar, perdido en las luces que reflejaban cada flor, cada planta. ¿Cómo era posible que todo terminara así?
Recordó su imagen la primera vez que la había visto, era igual que ahora, solo que disfrazada. No mostraba emoción y parecía estar ajena a todo y a todos. Andrea con el tiempo había aprendido a protegerse de esa forma y le daba rabia y mucha impotencia pensar en cuán lastimada debía de estar para comportarse de aquella manera tan indiferente y lejana.
Evocó, con arrepentimiento, aquel comportamiento prepotente que tuvo con ella la primera semana y cómo le demostró con su fortaleza de lo que era capaz. Andrea era fuerte, más fuerte de lo que todos pensaban y lograría salir de lo que estaba por venir, sin embargo, no sabía muy bien cómo ni a qué precio.
Su memoria no paraba de jugar con su cabeza, el día que le dio el primer beso, sus palabras… en ese momento no les hizo caso… En ese momento hacía eco en su interior: «yo no soy la mujer ideal para ti», porque era evidente que aún lo pensaba y después de todo lo que pasado no sería fácil hacerla cambiar de ideas. Aún no habían hablado sobre su hijo, sobre lo que sucedió ese día que se separaron; creía que para que eso ocurriera pasaría mucho tiempo más.
Al día siguiente, al amanecer, salió de Las Santas. Llegó a México poco antes de las ocho. Los padres de Tania lo verían en su casa a las nueve, por lo que apenas si tenía tiempo con el tránsito que solía tener esa ciudad. Llegó sintiéndose muy nervioso, hacía más de tres años que no los veía, aunque de vez en cuando hablaban por teléfono y se ponían al día en lo concerniente a sus vidas. Guillermo y Lourdes habían sido muy cariñosos con él siempre, los recordaba de toda su juventud y parte de su adolescencia. Una mujer del servicio, que no conocía, lo hizo pasar hasta el comedor. Ahí ya estaban ambos tomando café y esperándolo.
Narrarles la verdad de lo que su hija había hecho no fue tarea sencilla, al contrario, abrió nuevas heridas que al mismo tiempo, curiosamente, cerró. Pues ambos señores, aunque se mostraron conmocionados, comprendieron su silencio, incluso lo justificaron, y la madre de Tania también le ofreció una disculpa por dejarlo solo cuando sabía lo mimada y difícil que era su hija. No obstante, siempre lo vieron fuerte y creyeron que podía con lo que vendría, evidentemente no había sido así.
Matías salió de ahí poco antes del mediodía, sintiéndose verdaderamente en paz consigo y con el recuerdo de la mujer con la que se había casado hacía años. El capítulo al fin estaba completamente cerrado en su alma y la dejaría ir como lo que fue: alguien importante que en su momento había amado. Ahora su vida era otra y continuaría, pasase lo que pasara.
Condujo directo al despacho de Gregorio. Comieron juntos y se pusieron al corriente de los detalles. El siguiente lunes Andrea debía estar ahí y entonces comenzaría todo. El caso ya estaba armado, contaban con pruebas, testimonios y con un equipo impresionante de abogados para enfrentar lo que vendría. Lo único que faltaba por verificar era la necropsia del cuerpo del padre de Andrea, que se había mandado a estudiar con especialistas para que pudieran hacer un informe pericial sobre la verdadera causa de muerte.
Andrea observaba absorta a Almendra. Recordaba la primera vez que la había visto y cómo poco a poco fue perdiendo el miedo. Él… él había hecho milagros en su vida y sabía bien que si ahora estaba a punto de librarse de esa mujer para siempre, se lo debía en gran parte a ese hombre excepcional que la vida, por alguna razón, puso en su camino. Desde que el amanecer no dejó de pensar en que vería a los padres de Tania y moría por saber cómo habían reaccionado; recibir una noticia como esa no debía ser en lo absoluto agradable y sí muy doloroso.