Por la mañana, Andrea salió de su recámara al mismo tiempo que él. Ambos se miraron sin saber qué hacer, como dos chiquillos que se atraen y que no tienen la menor idea de cómo enfrentar ese evidente hecho.
—Hola… —susurró ella con esa vocecilla tierna y débil que solía emplear al despertar a su lado cada mañana. Apretó los puños conteniendo su deseo, intentando tatuar en su alma aquella mirada que le derretía el corazón.
—Hola —respondió apenas logrando respirar. Ninguno de los dos se movía.
—¿Te fue bien ayer?
Logró preguntar después de agarrar coraje para hacerlo.
—Sí, todo salió muy bien… Gracias —su escueta respuesta le dolió; sin embargo, entendía que esa era una forma de protegerse. Perdió el contacto visual al agachar los ojos.
—Me alegro…
—Andrea… —alzó la vista nuevamente—, hoy llegarán mis padres a mediodía, quería que lo supieras —asintió sin preguntar más.
Se daban cuenta de que había miles de temas que necesitaban aclarar y hablar. Pese a ello, ambos necesitaban también la distancia por mucho que, al verse, al sentirse así de cerca, su amor absurdamente incrementara; sus corazones se reclamaran el uno al otro, se anhelaran, se exigieran.
—¿Bajas?... —preguntó él después de esos segundos de extraño silencio.
—Sí —caminaron uno al lado del otro sin tocarse. No era necesario, podían sentirse. Llegaron al último escalón ya con la descarga que despertaba en sus cuerpos, al máximo, con la piel erizada, con el ritmo cardíaco a mil, con la ansiedad a tope.
—Dios… no puedo… —la sujetó del brazo haciéndola girar hacia él sin que le diera tiempo de oponer resistencia. Cuando menos se dio cuenta tenía su cintura bien aferrada por esa mano que adoraba y su nuca apresada con firmeza, con desespero. Andrea abrió los ojos impresionada por el gesto y sin poder quitarse sintió sus labios cálidos sobre ella.
Al principio intentó zafarse, pero no parecía tener la menor intención de dejarla ir. Poco a poco, fue sintiendo su calor entrar por su cuerpo como esa brisa delicada que viaja por la piel inundándolo todo, permeándolo todo, su aliento dulce, agradable, envolvente, evocó su sabor y su tacto y sin poder evitarlo comenzó a responderle. Lo acercó más a ella pasando también una mano por su cuello y aferrándose a su camisa con la otra. Gimió de placer al sentirla de nuevo así, esa era ella, era su Andrea, su Belleza.
Invadía su boca ávida y ansiosa mientras él contestaba a sus exigencias, deleitándose con su sabor, con sus delgados dedos adentrándose en su cabeza, reconociéndolo, tocándolo como antaño. Ninguno de los dos se dio cuenta de cuánto tiempo estuvieron así, ahí, al pie de la escalera. La espalda de ella recargada en el barandal de forma atrevida, mientras él seducía su boca con pericia, con deleite. No existía ni una mínima separación entre sus labios, entre sus cuerpos. Sentirse después de tantos meses y con tanto deseo contenido, estaba siendo casi una reacción instintiva, animal.
Un pequeño jadeo salió de la garganta de esa mujer que adoraba y, sin poder pensarlo, la tomó en brazos caminando hacia el estudio. Andrea no lo soltaba, ni siquiera parecía percatarse de que la elevaba y caminaba con su peso a cuestas. Unos segundos después ya se encontraba sobre su delgado cuerpo, en un enorme sillón de piel. Tocaba su cadera, su pecho, sus brazos, sus piernas, con esas enormes manos, de esa forma que la hacía perder toda proporción, con posesividad, con lujuria, con amor, mientras con su lengua la embestía sin reparos.
—Te deseo —soltó Matías junto a su oído, succionándolo ansioso. Escucharlo fue como si de repente un interruptor hubiera encendido, como si miles de hielos se vertieran sobre su cabeza convirtiéndose en agua congelada en el mismo momento de hablar. Se detuvo abruptamente mirándolo, aterrorizada, por permitir que las cosas llegaran hasta ese punto. Él se dio cuenta enseguida de su reacción sintiendo cómo la lava que corría por sus venas se convertía en piedra inmediatamente. Andrea lo observaba recelosa, confundida. La joven comenzó a negarse haciéndolo a un lado para levantarse.
—No, Matías… no puedo… no ahora —se quedó petrificado en el mismo lugar—. Lo siento… —murmuró afligida. Se dirigió hacia la puerta, mientras la impotencia de él aumentaba tan rápido como el deseo había desaparecido.
—¿Lo sientes? —Se detuvo al escucharlo.
—Sí, yo… no debí dejarme llevar… Perdón… —acercó su mano hasta la perilla, pero él fue más veloz y cuando menos se dio cuenta, ya estaba a su lado evitando que saliera. Andrea lo miró sin saber qué hacer. No quería confundirlo, no quería lastimarlo, lo deseaba, claro que lo deseaba, era el amor de su vida y el hombre más maravilloso que hubiera podido conocer, pero la batalla que se libraba en su interior le decía que debía esperar. Nada era seguro en esos momentos, no sabía qué era lo que sucedería y no podía vivir más así.
—Andrea… no vuelvas a decir que lo sientes cuando no es así —bramó con los dientes apretados. La joven pestañeó varias veces sin entender—. No más mentiras, no tienes idea de cómo duele darme cuenta de que no confiaste en mí y no me refiero a lo de Mayra. Tú tenías tu vida planeada, venías trabajando en ella aun antes de conocernos. Jamás me lo dijiste, nunca creíste en mí; jamás pensaste que de verdad te pudiera ayudar, viviste todos esos meses haciéndome sentir lo contrario… fui ingenuo…