Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 26 (2)

Unas horas más tarde, María tocó a la puerta, Andrea despertó, desorientada.

—Lamento interrumpir tu descanso, pero no es posible que continúes sin hacerlo, necesitas comer y así me tenga que quedar aquí para que lo hagas, comerás —la joven asintió sintiendo los ojos vidriosos. Ingirió hasta dejar limpio el plato.

—Gracias…

—De nada… vendré más tarde para ver si se te ofrece algo —asintió volviéndose a acurrucar. María era consciente de que algo había sucedido entre ellos. Matías no había regresado y nadie sabía nada de él, mientras que ella parecía haber vuelto a llorar. Se sentía mal por ambos, era evidente que las cosas no se estaban dando y estaban resultando demasiado lastimados.

Anabella y Eduardo llegaron a la hora prometida. Matías seguía sin aparecer… Nadie tenía idea de dónde estaba. María los recibió, sonriente, para que no percibieran lo que en realidad ocurría.

—¿Y Matías?… No nos estaba esperando.

—Hablamos con él por la mañana.

Eduardo se percató de que algo no andaba bien, el ambiente del lugar era lúgubre, cargado de tristeza. Algo había sucedido ya hacía algún tiempo con su hijo y era el momento de averiguarlo todo. ¡Con un demonio!, él debía ser feliz y en los últimos años eso era lo último que había visto.

—Salió… —los tres anduvieron hasta la cocina al tiempo que Lorenzo llevaba el equipaje a la habitación que les pertenecían.

—¿A dónde? —quiso saber Anabella, dejando su chalina púrpura de lado. Hacía un calor húmedo, infernal.

—No lo sé… probablemente no tarda. —Eduardo sacó su móvil y marcó mirándola con la ceja enarcada. María fingió demencia y comenzó a limpiar una repisa.

—No contesta… está apagado —la encargada de la casa asintió, despreocupada.

—¿Quieren que les sirva algo de comer?, deben venir, hambrientos —negaron serios. Siempre se llevaron muy bien y la conocían de toda la vida. Algo ocurría, por eso estaban ahí. Su hijo les había dicho que necesitaban volar lo más pronto posible y ahora resultaba que no estaba para recibirlos. Cuando lo vieron, hacía unos meses, estaba aún más melancólico que cuando su esposa había fallecido; sin embargo, ya no parecía estar amargado, sino dolido y decepcionado.

—María… siéntate… —ordenó el padre de Matías. Ella obedeció mientras ellos hacían lo mismo—. Te conozco casi desde muchacho… ¿qué pasa? Y no quiero mentiras… ¿qué pasa con nuestro hijo? Con solo entrar en esta casa se puede percibir que algo sucede y quiero saberlo ahora —ambos esperaron interrogantes e inquietos.

—Eduardo, creo que no me concierne a mí decirte lo que sucede…Esperen a Matías, él se los dirá… —Negó firmemente.

—No, quiero que me lo digas ahora… no viajé más de dieciséis horas para esto… Matías me preocupa, por Dios, parece que no hay manera de que sea feliz… Quiero saber lo que pasa ya.

—Yo se los diré… —Los tres giraron asombrados al escuchar aquella voz.

—¿Andrea? —Anabella se levantó, asombrada. No la veía desde pequeña, pero era ella definitivamente, esos ojos eran inconfundibles.

—Hola, Anabella…, Eduardo —se acercó decidida con los puños cerrados a los costados, encajándose las uñas en la palma sin poder evitarlo.

—No sabía que tú… ¿No habías ya terminado tu tiempo?... ¿Era un año? —Eduardo la miró sin poder articular palabra, hacía años que no la veía y se asombró al darse cuenta de lo hermosa y llamativa que ahora era; la recordaba juguetona, intranquila hostigando sin parar a su hijo y a Cristóbal cuando se visitaban. Era la adoración de sus padres, mimada, siempre sonriente, voluntariosa y demasiado tierna; no obstante, en esos momentos ya no parecía existir rastro de todo aquello, su mirada era algo desconfiada, llena de dolor, parecía abatida y muy cansada.

—Sí, Anabella, ya acabó, pero todo es parte de lo mismo y yo… puedo decirles el porqué de mi presencia aquí.

—Ya no comprendo nada… ¿Tú nos dirás qué pasa? —Andrea asintió observando a María, que la evaluaba con preocupación. Se sentó frente a ellos, respirando profundo. Los padres del único hombre al que amaría, habían sido los mejores amigos de sus padres, verlos así de cerca solo logró hacerla evocar y extrañar lo que hubiera podido ser si ella no le hubiera dado aquella pastilla a su papá aquel día. Ambos esperaron con una enorme interrogante pintada en el rostro.

—Anabella, Eduardo, siento mucho de verdad encontrarnos en estas circunstancias, pero… lo que voy a contarles es… mi vida y no miento. Necesito que me escuchen y que comprendan. Matías y Cristóbal pueden corroborarles todo lo que les diré.

—Hija, nos asustas… —Andrea llenó de aire sus pulmones y comenzó a relatarles desde el inicio hasta la llegada a la hacienda; era la primera vez que decía todo sin importarle lo que pudiera pasar y sin omitir nada. Los tres la escucharon sin decir nada, sus expresiones variaban como las de un río en plena tormenta. Anabella incluso tenía los ojos rasados.

—Cuando llegué aquí… todo fue muy rápido, fueron los mejores meses de mi vida. Pude olvidar lo que en realidad sucedía, y eso fue un grave error… Mayra llegó a mí poco antes de que me fuera y me amenazó, ahora no solo con la vida de Cristóbal sino… también con la reputación de Matías…

—¿Reputación? —Eduardo no comprendía.




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