Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 27 (2)

Los padres de Matías presenciaron todo a lo lejos, sin que ellos se percataran. Se despedían, eso era evidente y ambos sufrían, no sabían de qué habían hablado, pero fue lo suficientemente doloroso. Recordaron lo que María les dijo en la cocina hacía unas horas. Su intención no era espiarlos, pero al verlos a unos cuantos metros no pudieron evitar detenerse y observar. Era cierto, había algo especial en su forma de verse, de estar juntos.

—María tenía razón. —Anabella asintió conmovida.

—Andrea tiene el corazón de nuestro hijo —Eduardo lo decía serio y un tanto desconcertado, jamás habría imaginado que algo así podría ocurrir—. ¿Quién iba a decirlo?… La hija de mi mejor amigo y el nuestro, enamorados, si aún la recuerdo con dos coletas, jugando con muñecas...

—Era tan dulce, es una lástima que la vida la tratara de esta manera y por lo mismo espero que algún día superen todo esto… Los dos han sufrido mucho y aunque jamás imaginé que algo sucedería entre ellos, la verdad es que no me desagrada, mi amor. Andrea, con todo esto, me parece que ha forjado un carácter fuerte y Matías necesita a alguien así a su lado —la acercó más a él dándole un beso en la base de la cabeza.

—Sí, también lo creo.

Matías aspiraba su esencia por última vez. La separó lentamente, tenerla tan cerca era demasiado.

—Andrea… estaré ahí para lo que necesites… Mucha suerte.

—Lo sé… cuídate, ¿sí? —besó su frente por última vez.

—Sí, no te preocupes por mí, yo estaré bien… Gracias a ti sé lo que es ser fuerte y te juro que por mucho que duela, no me dejaré vencer —ella mostró una sonrisa torcida.

—Debo terminar de empacar… —susurró alejándose. Matías asintió, serio—. Cuídate.

Anduvo hacia la casa, dudosa, las palmas le sudaban, le cosquilleaban, su cuerpo la traicionaba; como siempre cuando se trataba de ese inigualable hombre. Un segundo después giró y él ya iba rumbo a otra dirección. Sintió un agujero que consumía todo a su alrededor sin detenerse. Ese era un adiós, el final de un cuento que no había terminado como algún día pudo soñar.

Empacó lo poco que se había llevado. Cuando María le subió la cena, estaba sentada mirando por la ventana como ya era su costumbre; encontraba una extraña paz perdiendo la vista en ese asombroso jardín. Observando los rosales rojos, tan grandes, tan vigorosos, tan soberbios que incluso los envidiaba y los admiraba. Esa flor era su preferida, nunca se lo había dicho, jamás volvió a preguntar, por lo que observarlo cada cierto tiempo e intentar de alguna manera averiguarlo la divertía, se había convertido en una adicción, en algo que gozaba como tantas cosas en esa dulce época. Y es que la rosa era tan hermosa como dolorosa, llegar a los pétalos espinaba; su color rojo podía simbolizar sangre, heridas, aflicción, también amor y pasión; era salvaje su belleza, no dulce, no tierna, sino dura, imponente cuando esa era su tonalidad; por eso le gustaba, por eso podía pasar horas admirándola, porque esa planta había sido bendecida por la naturaleza con aquellas espinas para que no fuera tan fácil arrancarla, para que no fuese tan fácil doblegarla.

—¿Te lo dejo ahí? —Andrea asintió intentando sonreír. La mujer caminó hacia donde ella estaba y puso la charola sobre la mesa.

—María… —la mujer volteó desconcertada—. Siento mucho mi comportamiento últimamente…María se acercó estudiándola dulcemente.

—No pasa nada, Andrea… sé que no es fácil todo esto.

—No, no lo es, aun así, siento ser tan indiferente.

—No te preocupes, te comprendo.

—María… cuídalo, por favor —asintió acunando su barbilla, cariñosa.

—Lo haré hasta que tú regreses y entonces volverás a ser tú quien lo haga.

—Gracias por siempre creer en mí… no imaginas lo que eso significa —la mujer depositó un beso sobre su frente y se alejó sonriendo sin decir más. Esa era la jovencita que conocía y le daba gusto comprender que ahí seguía, por lo que la esperanza aún seguía viva.

A la mañana siguiente, Andrea y Anabella partieron temprano de Las Santas, Eduardo y María se despidieron; sin embargo, Matías no apareció. Andrea lo entendía, de todos modos en unos días se verían.

Cuando llegaron a la ciudad lo primero que hizo Anabella fue llamar a un médico de su confianza, este revisó a Andrea y concluyó que estaba bien, baja de peso, pero nada que no se solucionara con alimentación sana y buenos hábitos. En cuanto a su cabeza, le hizo varias preguntas y no daba signos de tener algún problema.

Esos días Andrea parecía concentrada y ecuánime, nada parecía perturbarla ni sacarla de su centro. Anabella la observaba comprendiendo que lo que hacía era poner toda su energía en lo que en unos días vendría. Por la tarde Gregorio llamó, tenía que hablar con la joven antes de poner la denuncia el lunes. Al anochecer llegó y después de un par de horas encerrados, ella ya sabía muy bien qué decir y cómo. El fin de semana pasó relativamente rápido, Cristóbal había pedido verla pero se negó sin posibilidad a réplica, lo vería hasta el día convenido, no antes.

El domingo por la noche no podía conciliar el sueño, se tomó una pastilla para dormir, sabía que no podía estar mal para el día siguiente y esperó con paciencia a que surtiera el efecto prometido.

Gregorio pasó por ella a la hora acordada.




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