Los meses comenzaron a pasar sin poder detenerlos. Así era la vida por mucho que eso incomodara o doliera, lo cierto era que cada uno debía seguir su camino y dejar atrás de alguna manera la atrocidad de lo vivido.
A los pocos días de que Andrea abandonara todo dejando aquellas notas, Matías regresó a la hacienda y sus padres junto con él. Duraron un par de semanas nada más, ellos eran de ciudad y a pesar del evidente dolor que traía a cuestas su hijo, ahora sí estaban seguros de que no se dejaría vencer, ese hombre que ahora era, mostraba todo el empeño que tenía por salir adelante, a pesar de traer cargando un saco enorme de dolor y soledad.
Cristóbal solicitó el divorcio de inmediato. Gracias a los causales no tuvo ningún problema para obtenerlo, casi enseguida. Esa mujer, como ahora la nombraba en su cabeza para evitar decir su nombre, quiso verlo durante el proceso, pero se negó terminantemente. Nunca más quería siquiera escucharla mencionar; para él, desde el momento en que se había enterado de todo, estaba completa y absolutamente muerta.
Vendió la casa donde ambos vivieron, donde creció con sus padres, donde Andrea fue la pequeña y luego adolescente más infeliz del mundo y se mudó a un lugar más adecuado, lejos de recuerdos y fantasmas, que lo atormentaban sin piedad cada vez que cruzaba la puerta principal. Mantenía contacto constante con Matías. Su relación, después de todo aquello, se había afianzado nuevamente; se necesitaban, de alguna forma verse los hacía sentir cerca de aquella mujer que se había ido sin mirar atrás. Ambos pasaban el día a día intentado sobrevivir, buscando motivos para ocupar la cabeza y no pensar, de diferentes formas, en esa chica.
Nuevamente junio. Más de un año de todo aquello…
—Andrea… si seguimos así tendremos que mudarnos a un lugar más grande —la chica asintió sonriendo, ahora lo hacía a menudo.
A las semanas de su regreso, había buscado ayuda psicológica y era evidente que estaba funcionando. Cada día se sentía más ligera, más fuerte y más orgullosa de sí misma. Comprendía que había enfrentado todo su pasado con valentía, aunque no siempre con madurez; sin embargo, para esos momentos ya no se exigía tanto. Ahora se veía a diario en el espejo y se regalaba una sonrisa reconociéndose en cada momento sin miedo ni temor, aceptándose y entendiendo que era mucho más fuerte de lo que había llegado a creer.
Entre Sean y ella, pese a que seguían manteniéndose en contacto, después de su divorcio, y de una dolorosa declaratoria de amor, las cosas se complicaron irremediablemente. Sean le suplicó dejarlo todo atrás, empezar una vida junto a él, sin el pasado ahí, en medio, le juró que podía hacerla feliz. Andrea, que todavía no estaba tan bien emocionalmente, encontró la forma para no herirlo por completo, fue tierna, sutil; no obstante, muy clara. El que había sido su esposo, la confrontó preguntándole si Matías tenía que ver en ello. Andrea no lo negó, ya que, si algo tenía claro, era que si algún día decidía rehacer su vida, con el único que podía hacerlo sería con él; de otra forma no le interesaba llegar a más con quien fuera. Sean terminó comprendiendo que no solo se trataba del amor que ella sentía hacia aquel hombre, sino de su propio ser, necesitaba estar sola, sanarse, rehacerse y él no obstaculizaría eso, la quería demasiado como para no permitírselo. Por todo eso, no se veían tan a menudo. Era lo mejor para los dos, sobre todo para él.
Por otro lado, seguía sin usar un solo peso de su dinero. No le interesaba ni lo quería, además sabía que su hermano debía estarlo cuidando muy bien, siempre había sido impresionante en cuestión de negocios. A los pocos días de llegar a San Diego, le habló a Gregorio, le dijo dónde estaba y le pidió por favor que se lo comunicara a Cristóbal, solicitándole que le informara que deseaba que asumiera el control de todo lo suyo.
Durante las terapias había aprendido que nunca olvidaría, pero que sí podía perdonar. Se dio cuenta de que Cristóbal había cometido un error; sin embargo, eso era: un error que jamás había intentado lastimarla, mucho menos buscar todo lo sucedido. Él mismo debía de estar sufriendo todavía. Su hermano había sido muy joven cuando quedó a cargo de todas esas obligaciones, incluida ella. Comprendió, con mucha dificultad y muchas sesiones, que era una niña cuando le había dado aquella pastilla a su padre y que ella no era en absoluto responsable de su muerte. Entendió, después de todo, que no fue cobarde al no denunciar a Mayra, eligió a su hermano por encima de todo y ahora estaba segura de que lo volvería a hacer.
En cuanto a Matías, él… él siempre sería el amor de su vida sin lugar a dudas. Muchas veces se había arrepentido de haberlo dejado, pero cuando venían sus crisis, como las llamaba, recordaba el porqué de su proceder. Esos episodios eran terribles, las emociones se desbordaban de tal manera que le era imposible siquiera hacer contacto consigo misma. Ansiedad acompañada de momentos de odio e infinito rencor se apoderaban de su razón, convirtiéndola en algo que se hubiera reprochado si él viera o tuviera que aguantar. Ahí, en esos momentos, comprendía que esa decisión, por muy fuerte y dolorosa que fuera, había sido la mejor. De hecho, Jean tuvo que pasar por bastantes dificultades a su lado ya que su volatilidad y volubilidad no fueron nada sencillas los primeros meses. Ella misma no se entendía y aunque intentó controlar toda la ira contenida, esta salía de una forma abrupta y sin medida, y momentos después pasaba a una absoluta depresión y aislamiento total. Verla en medio de ese desequilibrio, estaba consciente, era aterrador. Pero con el tiempo y ayuda de su terapeuta, las crisis fueron espaciándose hasta desaparecer. Ahora era momento de enfrentar su vida. Esa misma mañana su doctor se lo dijo sonriente al ver los resultados de largas sesiones y un asombroso trabajo de su parte.