—Traje cuatro diferentes, creo que con eso te bastará. —Andrea lo miró, incrédula y al ver que no mentía, se echó a reír.
Al día siguiente era la boda, ya muchos invitados se encontraban hospedados en la casa y otros llegarían por la mañana. En fin, todo estaba bajo control gracias a la eficiencia de María, la practicidad de Matías y los detalles de Anabella. La recepción no sería muy grande: amigos, familia y trabajadores de él, gente del conglomerado que era imposible eludir por parte de ella y su hermano, por supuesto.
Esos tres meses habían pasado como agua. Tan maravillosos, tan increíbles, tan intensos, que aún no se podía convencer de que esa fuera su vida, su eternidad. Aquel día, cuando al fin lo recuperó… Dios, parecía que tan solo pasaron dos minutos; regresaron a la hacienda envueltos en aquel halo de felicidad que era prácticamente imposible no notarlo. No podían separar sus miradas, sus manos, sus cuerpos.
Al entrar entre risas y caricias ella se percató de que ahí Cristóbal ya no se encontraba. Juraba que los estaría esperando ansioso, moría por hacerlo partícipe de su felicidad. Así que le rogó, al que ahora era su marido por lo legal desde hacía un par de días, que regresaran de inmediato sin decirle el motivo, quería sorprenderlo.
María, al verlos llegar sonriendo, con sus dedos entrelazados, con esas miradas enamoradas que solían tener ya hacía tanto tiempo, se llevó una mano a la boca con los ojos empañados por las lágrimas. Y es que después de saber todo lo que habían pasado, todo lo que dolió amarse, al fin los podía ver juntos, con un futuro tal y como se lo merecían, tal y como llegó a pensar que jamás pasaría.
—No, no te pongas así… —pidió Andrea conmovida al verla. De inmediato se acercó y la abrazó.
Ella, esa mujer dura como el hierro, había sido la primera persona que se mostró considerada; que pudo ver a través de su alma y eso jamás lo olvidaría. Era por eso que tenía un lugar bastante grande en su corazón, al igual que Pedro, ese chiquillo que le dio la oportunidad de sentirse joven, normal, una chica cualquiera, despreocupada, incluso traviesa.
Al recordarlo, aún pegada a esa mujer, cerró fuertemente los ojos, lo tenía que buscar y explicarle todo, no podía permitir que siguiera pensando que lo había olvidado, que lo hizo a un lado.
María la separó y tomó su hermoso rostro entre sus manos importándole muy poco la enorme muestra de cariño que implicaba. Andrea era Andrea, siempre sería así y se sentía realmente feliz de ver de nuevo en sus ojos a aquella chica vital y entusiasta de antes.
—Ahora les toca a ustedes cuidarse mutuamente —al recordar esas palabras, justo las últimas aquel día que se fue, no pudo evitar que su mirada se tornara vidriosa.
—Gracias, de verdad gracias, María —susurró observándola fijamente. La mujer le dio un beso en la frente y se separó, regresando a su envergadura. La joven se percató y sacudió la cabeza con franca alegría—. ¿Dónde está? —Le preguntó, curiosa. Ya le parecía raro que no apareciera por ahí.
—¿Quién, Belleza? —se pegó de nuevo a él rozando sus labios fugazmente.
—Ya verás. —Matías al notar su mirada pícara solo pudo besar la punta de su nariz. Aún le parecía increíble tenerla ahí, entre sus brazos, frente a él.
—Andrea, te dejó esto… —anunció María, tendiéndole un pedazo de papel cuidadosamente doblado. Lo tomó frunciendo el ceño.
La curiosidad de Matías aumentó. No comprendía a quién se refería, qué sucedía. Abrió la nota entristecida, ¿dónde estaba?
Pulga:
Sé que a su lado serás muy feliz, ambos se lo merecen, han luchado tanto que no veo cómo pueda ser de otro modo y debes saber que no hay nada que desee más en el mundo que verte sonreír cada día.
Te amo y espero saber pronto de ti, pero me voy porque este momento es solo suyo y así deben vivirlo.
Salúdame a mi cuñado y dile que le confío lo que más me importa en la vida: tú.
Cristo.
Matías, al percatarse de sus ojos llorosos, no pudo más y tomó la nota de sus manos laxas. La leyó con asombro. Cristóbal…
—¿Se… reconciliaron? —asintió refugiándose en su pecho. Besó su cabeza más orgulloso que nunca—. Dios, eres… impresionante. —Andrea se apartó solo un poco para poder mirarlo con una sonrisa torcida, algo triste.
—Eso tiene su razón… y esa eres tú, tu llegada a mi vida, Matías… sin ti nada hubiera sido igual. A tu lado me siento… invencible, completa y satisfecha.
—Y así será siempre, Belleza, lo juro y comparto la sensación. —La chica sonrió ahora sin recelo besándolo ansiosa.
Era hora de comenzar a vivir.
Entraron en la habitación uno al lado del otro observándose de reojo. Solo sus manos se tocaban; no obstante, las chispas de deseo, de expectación, casi se podían ver. María, hacía unos momentos, al igual que cualquier otra persona que se pudiera encontrar a su alrededor, desapareció sin que ellos se percataran. Se miraron sonriendo, ese era el momento. Él entrelazó sus dedos y avanzó lentamente mientras ella lo seguía sin decir media palabra.
—Nada cambió —susurró al ver todo como solía estar. Las manos de Matías rodearon su cintura por detrás. De inmediato sintió que los vellos se erizaban, que su pulso cabalgaba y que todas sus terminaciones nerviosas se encendían al mismo tiempo. Soltó un suspiro placentero al percibir su aliento en su oreja. Dios, eso era mejor de lo que su memoria se atrevió a rememorar.