Bienvenida a nuestra nueva casita lectora. Esta historia estará aquí completamente gratis para ti como agreadecimiento a todo tu cariño y apoyo. Es el libro 1 de la bilogía Atromentados. Pero es autoconclusivo, el siguiente es la historia del hermano de Andrea y se llama Atromentado deseo. En mi página web puedes ver donde se adquiere, aunque estará aquí en un futuro.
¡Feliz lectura!
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Observaba por la ventana ese paisaje que ya se había vuelto monótono y aburrido un par de horas atrás. Sin embargo, no tenía otra cosa que hacer, ahí, dentro de ese vehículo. Hablar con Cristóbal era inútil y, por otro lado, tampoco lo deseaba. Hacía mucho tiempo que la relación se había roto; ya no quedaba más que decir. Al principio eso había dolido mucho, pero a esas alturas ya estaba acostumbrada a vivir así.
Las últimas semanas, en especial, se convirtieron en una pesadilla. Recordaba cada momento mientras perdía la vista en el exterior: el desastre en aquella tienda, en parte causado por ella, las acusaciones de Mayra. De solo evocarla se le revolvía el estómago. Las circunstancias la estaban obligando nuevamente a no ser dueña de su destino, a pesar de haber cumplido los veintidós años hacía poco y lograr concluir una carrera que no le gustaba en lo absoluto, pero a la que accedió entrar presa de las presiones de Cristóbal y chantajes de esa mujer.
La música de fondo la hacía caer aún más hondo en sus pensamientos. La vida que le deparaba no le sonaba en lo absoluto atractiva, al contrario. Aun así, no podía ser peor de lo que ya era.
Varias veces escuchó decir que el mejor amigo de su hermano, dueño de aquel sitio al que se dirigían, se convirtió en un hombre amargado y duro después de la muerte de su esposa. Lo recordaba bastante de su niñez y vagamente en la boda de Cristóbal. Sin embargo, eso no le decía nada sobre él. Por otro lado, ese día fue, después de la muerte de sus padres, uno de los peores de su vida.
El nudo en el estómago de aquel momento regresó de pronto. Volteó hacia Cristóbal sintiendo pena y coraje. Si no fuera tan ciego, todo en ese momento sería muy diferente y ella no tendría constantemente esas ganas de gritar para que alguien la escuchara, para que a alguien le importara.
—Ni se te ocurra mirarme así, tú sola te metiste en todo esto.
Andrea volcó los ojos harta de oír siempre lo mismo. El tono de Cristóbal le dejaba ver que hablaba en serio. Llevaban más de dos semanas sin poder comunicarse educadamente. Todo eran gritos y reclamos por parte de los dos. Lo cierto era que alcanzaba a ver el lado positivo de la situación: no estaría más en aquella casa ni tendría que aguantarlos por un año y, cuando el plazo terminara, haría su vida en otra parte lejos, muy lejos de ese par.
Una hora después se desviaron de la carretera central para tomar una pequeña brecha. Al parecer, el lugar de verdad estaba en el fin del mundo. La hacienda quedaba a unas cinco horas de la capital de Veracruz, donde habían aterrizado un día antes, por la noche, en un vuelo privado. No obstante, Cristóbal había decidido no ir hasta allá por aire, ya que Mayra no tenía interés de acompañarlos a ese sitio tan aislado, y decidió instalarse en la comodidad de un hotel mientras aguardaba a que él regresara. Así eran las cosas… con ella siempre se hacía lo que deseaba.
Intentó perderse de nuevo en el camino. Por lo que había escuchado a lo largo de su infancia, en ese lugar al que se dirigían se cosechaba café y caña de azúcar, que surtía a casi todo el país y el extranjero, por lo que su ubicación era clave, así que el lugar debía ser templado y contar con todas las condiciones para que su enorme producción fuera de la más alta calidad.
Recordaba que Cristóbal solía pasar muchas vacaciones ahí y que ella, incluso, había ido algunas veces con sus padres, pero de eso ya hacía mucho tiempo. Los padres de Matías y los suyos mantuvieron una entrañable amistad, por lo que la relación siempre fue muy fuerte entre ellos. Ahora sus progenitores residían en Europa. Desde allá se manejaba la industrialización del producto y él decidió quedarse al mando de la producción, enterrándose en ese lugar tan apartado de todo.
Después de una hora por fin llegaron a lo que al parecer era la entrada del sitio. Una reja enorme e imponente, custodiada por varios hombres que iban armados, se levantaba frente a ellos. Cristóbal bajó el vidrio una vez que detuvo la camioneta que le habían proporcionado en Córdoba, cerciorándose a su vez de que, quienes lo seguían, hicieran lo mismo.
Uno de los guardias de aquel paraje se acercó tranquilamente.
—Buenos días, soy Cristóbal Garza. Tu patrón me espera.
—Por supuesto, señor. Solamente debo pedirle una identificación.
Su hermano sacó de la billetera lo que le pedían y la mostró.
—Bienvenido, señor Garza. Adelante.
—Gracias, ellos vienen conmigo —señaló al otro auto. Los hombres asintieron abriendo el gigante portón permitiéndoles el ingreso, no sin antes observar con discreta curiosidad a Andrea.
El camino continuó por quince minutos más. La joven miraba todo con notoria indiferencia. Kilómetros y kilómetros de sembradíos, hombres a caballo por doquier. Comprendió que estaría completamente aislada del mundo. Allí el tiempo parecía haberse detenido, todo era naturaleza, verdor, animales…